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¿Existe un extraño vínculo entre la enfermedad y la literatura? En alguna ocasión hemos hablado en La piedra de Sísifo de esa relación con respecto a la tuberculosis, una de las enfermedades más estrechamente unida a los escritores no ya solo como tema de infinidad de libros sino como resorte secreto de la creatividad, como explica Leopoldo Cortejoso en La enfermera en la lucha antituberculosa. No se puede negar, por ejemplo, lo que la tuberculosis hizo por 1984 de George Orwell y, por extensión, por la grandeza literaria del autor británico. Aunque además de tuberculosis Orwell padeció tos ferina y dengue. También una salud extremadamente delicada le permitió a Vicente Aleixandre tener una vida tranquila en la que pudo volcarse de lleno a la escritura. Eso sí, a un precio alto: en 1925 se le diagnosticó una nefritis tuberculosa, que acabó con la extirpación de un riñón, operación realizada en 1932.

Algo parecido vemos en el caso de Jack London. El tiempo que pasó en Klondike hizo que su salud se resintiera y, como pasó con muchos otros que trabajaban mal alimentados en los yacimientos de oro, desarrolló escorbuto. Como consecuencia, sus encías se hincharon, provocando la pérdida de sus cuatro dientes frontales, además de llagas en la cara y constantes dolores en la cadera y en las piernas. Por suerte, el padre William Judge, «el santo de Dawson», había abierto un refugio en Dawson que en el que se le facilitó abrigo, comida y algunas medicinas. London sobrevivió a las duras condiciones de Klondike, y esta lucha contra la muerte inspiró la que se suele considerar como su mejor historia corta: «To Build a Fire». Queda la duda sobre si su muerte fue un simple suicidio o el producto de una serie de desventuras médicas.

¿Acaso la preocupación de Jonathan Swift hacia el sexo y la suciedad sea el resultado de una condición neurológica que también podría explicar su alta creatividad? No sorprende que el autor de Los viajes de Gulliver tuviera problemas, a juzgar por el hecho de que se entregaba a una orgía de comer manzanas. El pobre Swift tuvo un TOC relacionado limpieza, vértigos y tinnitus ‒que es el término médico para el hecho de escuchar ruidos en los oídos‒, que probablemente sería la enfermedad de Ménière. El autor tomó una variedad de medicamentos inútiles para su vértigo, incluyendo asafétida, una hierba tan maloliente que se conoce como estiércol del diablo, así como ‘desagradables gotas de acero’ ‒un crudo suplemento de hierro‒. Swift también tomó algo que llamó ‘vómito’, un tratamiento basado en la antigua teoría galénica de librar al cuerpo de humores malignos. Si hubiera tomado arsénico o antimonio de forma puntual probablemente no habría tenido efectos secundarios a largo plazo, ya que la mayoría de la dosis habría salido del cuerpo en la orina y desde ambos extremos del tracto gastrointestinal. Su médico, John Arbuthnot, le prescribió la confección de alkermes ‒un jarabe escarlata en el que el ingrediente activo era insectos parásitos triturados‒, un vigoroso aceite de ricino laxante y el cinabrio de antimonio ‒sulfuro de mercurio‒.

El tratamiento para curar la enfermedad mental de Virginia Woolf tampoco fue mucho mejor. Uno de sus doctores, George Savage, era partidario de una singular hipótesis médica conocida como «teoría de la infección focal», una creencia que afirmaba que las enfermedades mentales y otros problemas de salud eran causados por infecciones en los dientes. Así que para tratar sus problemas de depresión y de trastorno bipolar en junio de 1922 Savage recomendó a la escritora que se arrancara tres dientes. En una especie de dos por uno, Savage pensaba que al quitarse los dientes Virginia también superaría unas fiebres que se habían propagado en los meses anteriores y que según algunos médicos estaba produciendo casos mortales de enfermedades cardíacas y pulmonares. Evidentemente, eso no curó a la autora, que acabaría suicidándose llevada por la desesperación.

Algo parecido le ocurrió a Ernest Hemingway, que padecía una combinación de depresión maníaca ‒trastorno bipolar‒ y acoholismo ‒posiblemente como consecuencia de sus problemas mentales‒. Es la explicación que recoge, por ejemplo, Chris Martin en Ernest Hemingway: a psychological autopsy of a suicide. La enfermedad fue diagnosticada en sus últimos años de vida, pero todo parece indicar que la sufrió toda su vida. Se podría hablar también de negligencia médica, porque el tratamiento que recibió, terapia de electrochoque, solo hizo agravar su situación. En sus últimos días pasó de pesar 120 a 50 kilos y además le produjo pérdidas de memoria, algo terrible para cualquier escritor pero especialmente devastador en el caso de Hemingway, que le llevó a verse a sí mismo como un guerrero vencido. En una de sus últimas cartas afirmaba que no soportaba vivir en este mundo convertido en un estorbo y fueron esos problemas los que le llevaron al suicidio.

Son muchos los ejemplos que confirman que a menudo era peor el remedio que la enfermedad. Que se lo digan a Nathaniel Hawthorne, que se rompió una pierna a los nueve años y tuvo que soportar un tratamiento en el que le echaban agua fría desde la ventana de un segundo piso en un intento bastante burdo por reducir la inflamación. La causa de su muerte en 1864, después de una enfermedad fulminante, suele achacarse a un cáncer de estómago. Más incierta es la muerte de Edgar Allan Poe. La enfermedad suele mencionarse como uno de los posibles motivos, sin que se tenga constancia cierta de ello. Se ha hablado de un tumor cerebral, de una gripe, de envenenamiento por monóxido de carbono o por metales pesados. Lo que está claro es que, aunque no fuera determinante, su alcoholismo exagerado hizo una buena contribución a la causa.

A principios del siglo XIX el arsénico era una sustancia fácil de conseguir que se utilizaba como tratamiento para una gran cantidad de enfermedades, desde la sífilis hasta el reumatismo. Es muy probable que Jane Austen, que padecía de reumatismo, lo usara en altas dosis y, de hecho, recientemente se ha confirmado que murió envenenada a causa de esta sustancia. El envenenamiento también ha sido una de las posibles causas de la muerte de los cuatro hermanos Brontë, que no sobrevivieron más allá de los 30 años. La causa oficial de su muerte es que murieron por tuberculosis. Además es posible que Emily Brontë padeciera síndrome de Asperger ‒algo que también se ha dicho de Milton‒.

W.B. Yeats también fue tratado con cantidades tóxicas de arsénico. Parece que el poeta irlandés sufría de prosopagnosia, un extraño trastorno que impide recordar y reconocer caras conocidas, algo que le podría haber venido muy bien cuando, en su lecho de muerte, tenía junto a su cama a su esposa y a dos amantes. Además el escritor fue disléxico, al igual otros autores como Agatha Christie o Roberto Bolaño. También los hubo con TDAH, generalmente asociado a malos resultados académicos, como Julio Verne o George Bernard Shaw. Aunque la dolencia más curiosa podría ser la del síndrome de Tourette, un transtorno neurológico caracterizado por la existencia de tics ‒uno o varios, transitorios o crónicos‒ que se repiten una y otra vez, ya sean movimientos incontrolables o sonidos involuntarios. Parece ser que lo tuvieron Samuel Johnson, Molière, Hans Christian Andersen y André Malraux.

Muchas de las complicaciones en la salud están relacionadas con la vista. En 1652, Milton perdió la visión, probablemente a causa de glaucoma, lo que le llevó a componer el soneto «When I Consider How My Light is Spent» y a generar la admiración del también ciego Jorge Luis Borges. El autor argentino probablemente padecía una miopía degenerativa, un problema hereditario que ni siquiera pudo solventarse con tratamiento oftalmológico especial en Europa. En 1907, cuando James Joyce publicaba su primer libro, el volumen de poemas de amor Música de cámara, empezó a quedarse ciego. Hay quien dice que se debió a una extraña enfermedad autoinmune adquirida de una prostituta de Dublín, pero lo cierto es que fue el resultado de iritis. Como resultado, el autor de Ulises tuvo que viajar con frecuencia a Suiza para operarse ‒y también para tratar a su hija Lucia, quien padecía una enfermedad mental, la esquizofrenia‒. Herman Melville también sufría ataques incapacitantes de dolor ocular ‒además de lumbar‒, algo que tanto sus médicos como su familia achacaron a «afecciones nerviosas». Eso sí, el autor de Moby Dick también era alcohólico y reumático y probablemente padecía un trastorno por estrés postraumático y era bipolar; las grandes cantidades de opio que tomaba desde luego no parecían ayudar mucho en sus afecciones.

La lista es interminable y podría alargarse durante páginas y páginas. En algunos casos se puede afirmar que la enfermedad que precipita la muerte acaba con una prometedora carrera literaria privándonos de libros que podrían haberse escrito, pero en otras ocasiones hay que admitir que es la propia enfermedad, por motivos muy diferentes, la que sirve como acicate de la creación literaria. Para entrar más de lleno en el tema, recomiendo Shakespeare’s Tremor and Orwell’s Cough del doctor John J. Ross, en el que recoge y analiza muchos de estos cuadros médicos.

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