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En 1945, el pionero autor de ciencia ficción Arthur C. Clarke redactó un documento en el que proponía que las estaciones espaciales fueran utilizadas para transmitir señales de televisión, una declaración escrita en un momento en el que la televisión todavía no se había empezado a comercializar de forma masiva. Diecisiete años más tarde, en 1962, el satélite de comunicaciones Telestar 1 retransmitió la primera señal de televisión transatlántica de la historia. Clarke no fue ni el primero ni el último autor de ciencia ficción con asombrosas predicciones tecnológicas, sino solo un eslabón más de una cadena que se inicia muy atrás en el tiempo y que llega hasta nuestros días, con Geoff Ryman prediciendo en Aire que para el año 2020 las personas podrían acceder a Internet desde sus propios cerebro o con Ernest Cline planteando un mundo de realidad virtual un año antes de la aparición de Oculus Rift. Volvemos a recopilar otra serie de libros que han hecho predicciones tecnológicas que se han acabado cumpliendo, algo que dice mucho sobre el papel que juega la ficción especulativa, y especialmente la ciencia ficción, en el desarrollo de los futuros avances.

Tarjetas de crédito en Mirando atrás de Edward Bellamy (1888)

Mirando atrás es la novela más conocida de Edward Bellamy. En ella el protagonista, un hombre de clase alta de 1887, despierta en el año 2000 tras un trance hipnótico, encontrándose en una utopía socialista. Un detalle curioso es que en esta utopía futurista existe una tarjeta que permite a las personas pedir prestado dinero de un banco central a crédito, eliminando la necesidad de dinero físico. Aunque hoy en día Mirando atrás es un libro muy olvidado, en su época fue tan popular como La cabaña del tío Tom o Ben-Hur. Erich Fromm lo describió como «uno de los más notables libros jamás publicados en EE.UU.».

Videollamadas en Ralph 124C 41+ de Hugo Gernsback (1911)

Hugo Gernsback fue uno de los pioneros de la ciencia ficción, con contribuciones tan importantes que se le considera como uno de los padres del género. Pero además, su paso por la industria electrónica, le dio conocimientos para diseñar sus propios aparatos, como el pianorad. Otro de sus inventos, pero en el terreno de la ficción, fue el «telephot», un dispositivo de videoteléfono utilizado por Alice 212B423 para pedir ayuda cuando se ve amenazada por una avalancha en su novela Ralph 124C 41+. Con este aparato el personaje puede comunicarse con Ralph a más de seis mil kilómetros de distancia. Por cierto, otra extravagante invención de Gernsback, esta real, fue el «aislador», un casco que le permitía concentrarse.

Ansiolíticos en Un mundo feliz de Aldous Huxley (1931)

En la novela el soma es una droga que todo el mundo toma cuando se encuentra deprimido. Un solo gramo de soma hace que te encuentres mejor anímicamente, con todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, pero sin ninguno de sus efectos secundarios. En la obra de Huxley se puede leer: «Medio gramo para una de asueto, un gramo para fin de semana, dos gramos para viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la Luna». El Estado, además, se encarga del reparto de esta sustancia para controlar las emociones de los miembros de su comunidad y mantenerlos contentos, factor necesario para mantener la estabilidad.

Tablets en 2001: Una odisea espacial de Arthur C. Clarke (1968)

En el libro de Arthur C. Clarke los astronautas usan tablets para realizar comprobaciones de diagnóstico de naves espaciales o cuando necesitan comunicarse con la Tierra. Descritas como si fueran un bloc de notas, se dice: «Aquí estaba, muy lejos en el espacio, alejándose de la Tierra a miles de kilómetros por hora, pero en unos pocos milisegundos podía ver los titulares de cualquier periódico que quisiera». No está del todo claro la fecha, el lugar y las personas involucradas en la invención de la tablet, pero sí se sabe que la primera que se vendió fue la Tablet PC Microsoft de HP, en 2002.

Coches eléctricos en Todos sobre Zanzíbar de John Brunner (1969)

Esta novela se suele considerar una de las obras precursoras de la corriente cyberpunk. En la descripción que hace de América en el año 2010 Brunner incluye vehículos motorizados que funcionan con pilas eléctricas recargables. La publicación de la novela coincidió con una creciente demanda de coches y de construcción de autopistas. Hoy en día la pregunta no es si los coches eléctricos van a llegar o no sino cuánto tiempo les llevará convertirse en el principal medio de transporte.

Miembros biónicos en Cyborg de Martin Caidin (1972)

En el libro el piloto Steve Austin tiene un accidente en vuelo y pierde sus piernas, su brazo izquierdo y un ojo. Tanto sus piernas como su brazo izquierdo son reemplazados por miembros biónicos, convirtiéndolo en un cyborg, parte hombre y parte máquina. El primer transplante de un brazo biónico del mundo tuvo lugar en el Hospital Margaret Rose en Edimburgo, Escocia, y el destinatario fue Robert Campbell Aird, superviviente de un cáncer pero cuyo brazo había sido amputado. Hoy en día los investigadores están consiguiendo órganos artificiales con células humanas vivas. Los avances biónicos en hígados, riñones, pulmones y corazones están listos para poner fin a los trasplantes de órganos vivos.

Internet en Neuromante de William Gibson (1984)

El ciberespacio se describe como una «alucinación consensuada» creada por millones de ordenadores conectados a una red accesible a nivel mundial llamada PAX. Esta red puede ser pirateada ‒y de hecho lo es‒. La palabra «ciberespacio» fue acuñada originalmente por Gibson originalmente en un cuento de 1982 titulado «Quemando cromo», y posteriormente popularizado por Neuromante. Junto el concepto de Internet como red mundial de ordenadores, Gibson también predijo los aspectos negativos de dicho sistema. Además de ser una de las precursoras del género cyberpunk, es una de las pocas que ha obtenido obtenido los tres premios más importantes en la literatura de ciencia ficción: el Premio Nébula, el Premio Hugo y el Premio Philip K. Dick.

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