Nicanor Loreti es un verdadero fan del cine de terror under y exploró durante su adolescencia las cavernas de esté sub género despreciado por las pretenciosas élites del cine. Como lo haría un antropólogo, recorrió los vídeos clubes especializados en terror tales como el célebre Mondo Macabro de la Avenida Corrientes. Tal era su pasión por las películas que fue contratado por la reconocida revista de cine La cosa donde se convirtió en un prolífico periodista y entrevistador. Así tuvo la oportunidad de entrevistar a actores, directores y guionistas de fama internacional, lo que le permitió incorporar valiosos consejos que más tarde utilizaría.

Su primera película, Diablo, estrenada en el año 2012, rompió los esquemas del cine de género en la Argentina y sentó un precedente para que otros cineastas pudieran explorar territorios desconocidos. Premiada en el Festival de Mar del Plata, el film le dio a Loreti la confianza para emprender proyectos más ambiciosos.

En 2014 dirigió junto a Fabián Forte la taquillera Socios por accidente. Así en 2015 tuvo la oportunidad de llevar al cine la exitosa novela Kryptonita de Leonardo Oyola, protagonizada por Pablo Rago, Nicolás Vázquez, Juan Palomino, Diego Velázquez y Diego Capusotto. Al final en 2018 dirigió 27 el club de los malditos, escrita por Loreti junto al célebre guionista y director británico Alex Cox.

Su cine es un género en sí mismo que combina la acción, el gore, el absurdo y la comedia. Un estilo único que vale la pena explorar.

¿Cuál fue la primera película que viste?

“El regreso del Jedi” a los cinco años. Mi papá me llevó a verla y como estaba en inglés tuvo que traducírmela porque no llegaba a ver bien los subtítulos. La gente se quejaba un montón porque mi viejo hablaba todo el tiempo (risas). La película me marcó mucho porque sentí una gran extrañeza. Imaginate las imágenes: un sapo gigante, un monstruo en la arena, chicas en peligro. De ahí en más seguí con las películas de Sábados de súper acción. No distinguía mucho a los directores pero sí a los actores y a los personajes, como en el caso de las de Hércules. Me encantaban y lo bueno era que, al ser chico, no me daba cuenta si los efectos especiales eran berretas. Después comencé a grabar en casetes el audio de las películas que veía para escucharlas como si fueran canciones. Un año más tarde llegó mi primera vídeo casetera y comencé a mirar de todo. Iba mucho a Mondo Macabro. En 1988 vi Duna de David Lynch y fue increíble, era una especie de Star Wars lisérgica. Ahí me di cuenta que Lynch era un genio. Unos años más tarde vi Corazón salvaje y me pareció impresionante, tenía tan sólo doce años. A partir de ahí busqué las otras que había filmado y exploré a otros directores extraños. Hoy en día mi favorita de él es Carretera perdida. Para esa época comencé a comprar revistas de cine de terror y me volví un experto en el tema.

¿Cómo fue que entraste a trabajar a la Revista La cosa?

Durante un año hice reseñas de películas como redactor externo. Ximena Battista, una amiga que trabajaba en la redacción, se estaba por ir y su novio de aquel entonces, Pablo Parés, le dijo que yo era un enfermo enciclopédico conocedor de películas. Ahí lo conocí a Axel Kuschevatzky que me pidió que consiguiera entrevistas extrañas en ambientes bien under. Así conseguí mi primer trabajo serio y llegué a ser jefe de redacción.

¿Cómo llegaste al mundo del cine?

Luego de realizar un documental sobre la banda de Rock Hermética me ofrecieron trabajar en la película Aballay de Fernando Spiner. Así pude pasar del periodismo al cine que era lo que más me gustaba. Al año siguiente Diablo ganó el concurso de ópera prima y pude dedicarme full time a mi pasión.

¿Cómo lo conociste a Alex Cox?

A Alex lo conocí en el festival de Mar del Plata. Como había traducido al español el libro que él había escrito sobre Spagetti Westerns me lo presentaron. Me dijo que le había gustado mucho la traducción y fue ahí cuando lo invité a ver Diablo. Como le gustó mucho seguimos en contacto y nos hicimos amigos. Mantuvimos contacto por mail y en un momento me ofreció un guion para que hiciera la película acá. El tema es que era muy caro realizarla pero quedamos en contacto y más adelante escribimos juntos una película que terminé filmando: 27 el club de los malditos. A él le gusta mucho Borges, siempre quiso adaptar el Aleph.

¿Cuál fue tu primer cortometraje?

Lo hice en el 97 para la facultad y lo filmé en VHS. Era una especie de historia de Hitchcock media ultra violenta. Se trataba de un tipo que llega a su departamento y encuentra ropa que no es suya y se da cuenta que su mujer esta con otro hombre en el cuarto. Al final los mata a todos. Duraba un minuto. Como todavía no sabía dirigir actores no tenía dialogo, todo pasaba muy rápido para evitar que los actores hablaran. En aquel momento el ayudante de la cátedra de dirección era Pablo Trapero y recuerdo hasta el día de hoy lo que me dijo: “la puesta de cámara está muy bien pero cuidado con esas sobre actuaciones” (risas). Con los años seguí manteniendo esa puesta de cámara que era muy cercana al estilo de Orson Welles (abuso de los grandes angulares), el estilo Terry Gilliam.

¿Y porque te fuiste para el lado del periodismo?

Con el corto quedé muy contento pero en aquel entonces pensaba que hacer películas era algo muy lejano y el periodismo era mucho más concreto. Disfruté mucho ese periodo de periodista. Llegué a ser corresponsal de revistas extranjeras como Fangoria. Aun así, ganando bien y todo, sentía que ya había tocado techo. En el medio seguí haciendo cortos hasta que decidí dedicarme profesionalmente al cine.

¿Nunca pensaste en ser actor?

Antes había actuado en cortos de amigos pero siempre fui pésimo actor (risas).

¿El trabajo de periodista aportó algo a tu formación como narrador de historias?

El periodismo te da la oportunidad de conocer a personas que de otra forma seria imposible. Lo conocí a Luc Besson, por ejemplo. Recuerdo que al principio era bastante seco a la hora de responder pero después comenzamos a hablar de películas muy específicas y se dio cuenta que yo sabía mucho del tema, y la charla se volvió más amena. Aprovechaba las entrevistas para preguntarles a los directores sobre detalles de las filmaciones. Más adelante toda esa información me serviría mucho. Aprendí un montón a través de entrevistas, sobretodo hablando con gente que hacía películas de bajo presupuesto. Descubría como hacían sus carreras las personas que trabajan en cine de bajo presupuesto. Nunca me voy a olvidar de un consejo que me dio Jeff Lieberman, el director de Blue Sunshine: “nunca pongas tu propia plata en una película. Tené menos porcentaje pero que la plata sea de otro”.

¿Cómo definirías tu estilo?

Aún no he alcanzado el estilo ideal al que quiero llegar. Creo que eso tiene que ver con temas presupuestarios que afectan a las películas que se filman en la Argentina. Siempre tenés la película que está en tu cabeza y la que sale. Supongo que “Kryptonita” tiene una influencia de Michael Mann, Zach Snyder y Robert Rodríguez. La película tiene una magia especial porque tuve mucho tiempo para poder construirla. El tema es que como tiene mucho diálogo, en otros países les costó entenderla por los guiños a la cultura local. Por otro lado “27” es más libre en eso pero es una película más técnica. Lo que se planteaba en la historia era tan grande que no se pudo llegar al máximo potencial porque requería ser una película de alto presupuesto. Funciona bien gracias al guion. Filmar cosas grandes a veces te desgasta un poco por eso ahora estoy escribiendo cosas más minimalistas. A medida que avanzaba en la carrera lo técnico me fue importando más. Cuando empezás le das más importancia a la magia de las escenas, a las actuaciones. Después vas comprendiendo que la puesta de cámara es clave, más allá del dramatismo y las actuaciones que también son muy importantes para trasmitir emociones. Es cuestión de encontrar un equilibrio entre las dos cosas. Hoy en día escribo pensando en un presupuesto posible y si sobra la plata la hacemos lo mejor que se puede. En otros países, donde la industria del cine es distinta, podés evolucionar más rápidamente.

¿Qué te atrajo de la novela Kryptonita?

Después de Diablo tenía varias ideas para mi próxima película pero quería hacer algo con un tono distinto. A Leonardo lo leía mucho y un día leí una crítica que escribió  sobre “Diablo” para la Rolling Stone donde decía que le había gustado mucho. Ahí me di cuenta que teníamos muchas cosas en común. Justo estaba leyendo la novela y mi mujer me sugirió contactarlo. Lo hice y luego contacté a la editorial para resolver el tema de los derechos. Nos juntamos a tomar un café con Leo y le propuse que Camilo De Cabo y yo adaptáramos su novela. Después pensamos en qué tipo de película queríamos hacer. No teníamos presupuesto para una de súper acción y si la hacíamos demasiado dramática no iba a respetar la esencia de la novela. Entonces escribimos un policial con elementos de parodia, de comedia y de drama. Una vez que decidimos el tono, tomamos los elementos de la novela que acompasaban la historia. Un momento antes de comenzar a filmar le di el guion a Leonardo y le pedí que lo leyera. Le gustó mucho y agregó una cositas que aportaron a la adaptación. Cuando adaptás una novela tiene que existir un equilibro importante entre el motivo personal por el que decidiste adaptarla y la esencia de la obra original. Finalmente la presentamos ante la productora de Ximena Monteolivia.

¿Cómo vivís la experiencia de trabajar el género del terror?

Y, no es fácil: estás haciendo un género al que la gente está acostumbrada a escuchar en inglés y encima hecho con millones de dólares. Y vos lo querés hacer con nada. Se pueden hacer buenas películas de género con bajo presupuesto pero para el público general barato es sinónimo de malo, por eso se quedan con Hollywood. Igual ese prejuicio se está empezando a romper. Creo que el terror argentino tiene que encontrar una voz como ocurrió, por ejemplo, con el cine coreano. Hay buenas películas pero todavía está todo en proceso. Afuera hay interés por lo que se está haciendo acá pero ese interés hay que sostenerlo con películas y la crisis económica no ayuda. En el mundo del cine de terror hay industrias enormes, es difícil competir. Si bien están saliendo buenas películas cada vez con mayor frecuencia, el público se tiene que reeducar, y también las distribuidoras. Hay que tener paciencia y nosotros los realizadores tenemos que aprender a cuidar nuestras películas, tenemos que aprender a promocionarlas. Con “Kriptonita” tuvimos la suerte que se sumaron varios públicos: el de la novela y el de los actores.

¿Cómo fueron tus épocas de crítico de cine?

Nunca me gustó agarrar algo y hacerlo pelota, sobre todo sabiendo lo difícil que es hacerlo. Una mala película para mí, es una film hecho sin ganas y cuando pasa eso te das cuenta. Después hay muchos casos de películas que tienen fallas o que no salen bien pero por problemas técnicos o presupuestarios. Tenés que saber ver la diferencia cuando ves una película. Criticar es fácil, lo que tenés que hacer es ponerte en el lugar del que hace la película. El punto es que cumpla con su cometido. Una película puede gustar o no, pero hay que ver otras cosas: la intención y, por supuesto, los aspectos técnicos. Por eso yo no me considero un crítico sino un amante del cine. Tenés que saber distinguir todos los factores y muy pocos críticos saben hacer eso. Sobre todo acá. Cuando se pide amor al género y el crítico no lo conoce la tenés difícil. Yo sigo montajistas y directores de fotografías. Hay que apreciar lo bueno de cada cosa. Hay personas que piensan que las películas de Hollywood son técnicamente perfectas y eso no es verdad, muchas no los son. Con poco también podés hacer mucho.

¿Alguna vez consideraste que una película no tenía redención?

La única vez que realmente sentí que una película era muy mala, fue cuando vi The Brown Bunny de Vincent Gallo. Había visto “Buffalo 66” y me había parecido buena pero después vi la otra y era tan mala que le escribí un mail al tipo diciéndole que la detestaba. Nunca me contestó. Igual en esa época era muy pendejo (risas). Salvo esa excepción trato de sacarle solemnidad a la crítica de cine. Es la pasión de mi vida pero hay cosas más importantes en el mundo. No hay que tomarse las cosas tan en serio. Se tiene que disfrutar de una pasión.

¿Qué te gusta del cine?

Me gusta hacer y ver cine. Cuando veo obras maestras puedo aprender mucho e incluso detectar fallas que te permiten decir: “ellos también son humanos”. Y hay cosas que me apasionan mucho más que la dirección, como por ejemplo el montaje. Es mi segunda profesión y la disfruto al cien por ciento porque la dirección tiene un peso por el título del cargo. Cuando me siento a realizar el montaje me siento Messi. Sentirte Messi como director es más difícil. Cuanto más lúdico se vuelve algo más lo disfrutas. Igual tenés que saber separarte de tu obra porque hay gente a la que no le puede gustar, y está bien. Si todos quieren creer que algo que hiciste es una obra maestra genial pero vos nos sos esa obra, sos un ente distinto a tu creación. En tu carrera vas hacer muchas cosas, algunas buenas y otras no tanto. Y si tenés suerte podés hacer algo de lo que te sientas orgulloso y que la gente aprecie.

¿Sabés cuando una película va a gustar?  

Cuando hicimos Socios por accidente con Fabián Forte, Daniel de la Vega nos dijo: “esta película va a ser como la de Súper agentes pero para los chicos de ahora”. Pero cuando la filmábamos no teníamos ni idea de que sería así. Uno nunca sabe por lo que será recordado o por lo que será reconocido. Cuando filmaba Kriptonita me sucedió algo parecido. Yo pensaba que como máximo íbamos a llegar a los treinta mil espectadores porque no teníamos presupuesto y no teníamos plata para la campaña de prensa. Pero después funcionó por hechos ajenos a nosotros. Subestimamos al público que leía comics y al de la novela. Uno no tiene conciencia de lo que hace en el momento y si la tenés es peor. Cuando la filmábamos simplemente disfrutaba el proceso de hacerla, disfrutaba de que Capussoto fuera el Guasón, de que Nico Vázquez fuera linterna verde. Cuando leía la novela lo primero que pensé fue: “Palomino es Superman”. Lo pensaba como un juego. Si hubiese pensado: “estamos adaptando la mejor novela de los últimos años”, la presión hubiera sido terrible porque se hubiera hecho difícil disfrutar del proceso. Las películas te salen bien cuando no querés probar nada, cuando tienen corazón. Podés hacerla bien a nivel técnico pero sin alma, sin pasión, una película no llega a la gente. La película Clerks de Kevin Smith es muy básica a nivel técnico pero hasta el día de hoy es un hito porque tiene corazón. Tiene grandes personajes y chistes que funcionan muy bien. Hoy él filma mejor pero sus películas son peores.

¿Para un artista el ego es un problema?  

El cine tiene mucho de narcisista. Si es buena es de todos: tanto el productor como el director van a querer decir que es de ellos, pero si es mala es del director. De alguna forma el cine tiene eso de que uno asocia la película con el director y a la larga creo que los directores se terminan creyendo su propio cuento. A mí me ha pasado también. Es como “Rocky 3”: en el momento en el que sos el campeón ahí te tiran abajo. Es bueno llegar a la cima y que te caguen a piñas un poco para que bajes a la realidad. El arte es narcisista en general pero hay que tenerle respeto. Cuando te creíste tu propia leyenda perdiste. David Lynch es lo contrario, nunca se creyó su propia leyenda y por eso es quien es. Tim Burton es al revés, se nota que últimamente se manda la parte y sus películas son peores que cuando arrancaba. Mucho de mis directores favoritos no tienen una carrera perfecta. Sam Peckinpah es un genio pero tiene diez películas: un obra maestra, unas buenas, otras más o menos y otras malas. Pero no importa, La pandilla salvaje es una película impresionante pocas veces igualada. Inventó una forma de filmar. El cine te aburguesa, vas a los festivales y es todo re careta. Te vas achanchando. En una entrevista le preguntaron a John Carpenter como fue que no se vendió al sistema. Y el responde que eso no es para nada así y que, de hecho, había hecho películas por encargo y dijo algo interesante: que si bien tenés que plasmar lo que sentís en tus entrañas, no tenés que olvidarte que el nombre del negocio es “show business”.  Ser Lynch es mucho más difícil que ser Carpenter o Shyamalan que fue víctima de su propio éxito. El equilibrio complejo consiste en encontrar la forma de volver popular lo que vos hacés con el corazón. Lo que hace Lynch es lo correcto, eso sí, tuvo suerte. Hacer eso mismo en la Argentina es complicado. Pensá que las películas que hago no tienen un género especifico, lo que complica la cosa, ya que eso puede hacer que no venga tanto público. Cuando con Diablo ganamos en Mar del Plata creí que la íbamos a estrenar en todos lados pero después me di cuenta de cómo funcionan las cosas. Si no sabés como vender la película antes de filmarla después no la vas a poder vender. El artista tiene que saber que existe el marketing. Hoy en día la gente quiere todo el paquete.

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