El pasado es la historia que nos contamos y si podemos contarnos otra historia podremos cambiar nuestro pasado. Somos seres narrativos y es a través de los relatos que damos sentido a nuestra existencia. El arte de la narración oral se remonta a los orígenes de la humanidad y es desde aquellos comienzos que las historias se trasmiten de boca en boca transformándose una y otra vez para inspirar a incontables oyentes. Ana María Bovo continúa esta tradición enseñando una profesión con historia propia. Nacida en 1951, en San Francisco, provincia de Córdoba, descubrió en el oficio de cuentista una pasión que la llevó a trasmitir infinidad de historias y, además, a enseñar el fino arte de la narrativa oral. Recibió el Premio Konex de Platino por su trayectoria en Unipersonal (2001-2011). Además, se desempeña como actriz, escritora, docente, dramaturga y directora teatral. Hoy la entrevistamos para develar sus secretos.

¿Cómo empezaste?

Desprevenida y atenta al mismo tiempo, escuchando, porque de chica no sabía que era posible convertir la narrativa oral en una carrera, pensá que recién a lo treinta y ocho años lo concebí como una profesión. De pequeña cultivé una curiosidad genuina por las historias de los otros. Sabía hacer las preguntas adecuadas para generar relatos y me interesaba mucho saber qué había detrás del silencio de los mayores. Había un cierto desarraigo en ellos porque eran todos inmigrantes. Como no exteriorizaban el dolor de extrañar su tierra natal, aquel silencio me generaba intriga. Yo les preguntaba de qué pueblo venían y si habían vuelto a ver a sus padres. Eran inquietudes de una chica de diez años que tenía el temor de perder a sus afectos, por eso me preguntaba cómo hacían ellos para sobrellevarlo. El inmigrante calla el dolor, lo anestesia. Un día una anciana española vino a casa y comencé a hacerle preguntas. Al responderme fue muy parca, parecía que no recordaba nada. Al día siguiente, ella tomó un lápiz y escribió en el dorso de unas boletas de luz miles de coplas sobre su pueblo. Recuerdo una de ellas, una escrita con una letra característica de alguien que hace mucho que no escribe: “No te fíes de los hombres que, aunque los veas llorar, cuando las lágrimas dan las calabazas quedan”. Yo en aquel entonces no sabía que se usaba la expresión “dar de calabazas” para describir cuando alguien abandona a una persona o cuando te separás. Siempre me impresionó lo que yo había provocado, quizás de un modo irresponsable, al liberar con mis preguntas ese borbotón de recuerdos. Ya nadie se hacia esas preguntas porque todos querían seguir adelante. Con mi padre narrábamos en la mesa y mejorábamos las historias, pero todo era un juego. Aprender de esa manera es lo mejor que te puede pasar porque estas desprevenida y no te ponés a pensar si es útil o no. Era algo lúdico que hacíamos: mejorar el relato para generar un mayor efecto sobre los demás. Sobre todo para hacer reír porque el humor era muy importante.

¿Y después como seguiste?

Me fui para Santa Fe a realizar un profesorado en jardín de infantes. Estaba a treinta kilómetros de mi pueblo pero para mí era una gran distancia. La despedida fue muy fuerte. Una de las condiciones para ingresar a la carrera era tener sentido musical y sentido narrativo. Nos pedían inventar un cuento y narrarlo. Lo conté y mi profesora escribió: “condiciones de narradora avezada”. Fue el primer espacio profesional donde conté un cuento, y me dio un placer enorme. Igual lo veía como algo circunscripto a mi actividad laboral. Luego de trabajar en un jardín de infantes me fui a Córdoba a estudiar ciencias de la información. Si bien seguía trabajando en la salitas de jardín yo quería ser periodista. En 1976 tuvo lugar el golpe de estado y fue terrible porque arrasaron con mi facultad. Sobreviví a muchos de mis amigos íntimos. Teníamos una militancia bastante informal pero no hubo discriminación en la represión y por eso tuve que exiliarme en Buenos Aires donde trabajé como secretaria en distintas oficinas. Al regresar la democracia comencé a estudiar teatro y flamenco. Todavía no asomaba en el horizonte mi pasión.

¿Cuál fue el punto de inflexión?

Cuando fui a Europa por primera vez y visité el pueblo de mi abuelo. Allí me encontré con una sobrina de él que era la narradora del pueblo. La gente iba a su casa a escucharla. No me di cuenta en el momento pero fue una musa para mí. Se llamaba como yo: Ana María. Al volver, un profesor de teatro me sugirió que hiciera narrativa oral. No le vi mucho sentido hasta que empecé con los castings. Ahí me di cuenta que si no me gustaba lo que me tocaba decir no iba a poder hacerlo. Si no me gustaba el texto no lo podía hacer. Más tarde me llamaron de un colegio para armar una obra de teatro pero como no tenía ninguna preparada les sugerí que podía contar algún cuento de autores prominentes. Era todo un desafío porque se trataba de adolescentes, encima eran textos complejos. Lo hice y me volvieron a llamar porque los chicos lo pedían. Entonces se armó una cadena de profesionalización y me di cuenta que la literatura te da muchísima libertad porque no te tiene que elegir un director o un productor. Además, sentía la necesidad de contar, sobre todo después de pasar tantos años en silencio durante la dictadura. Fue un alivio poder expresarme estéticamente como yo quería y narrar a los autores que yo admiraba. Fue un espacio extraordinario de expresión y libertad que no pude abandonar. Me hubiese encantado trabajar en cine pero no sé si hubiese entendido las reglas. No sé si hubiera sido una buena actriz. Ahora sé que mi oficio era ese. Tardó en madurar pero era ése.

La gente no quiere la verdad sólo quieren que les cuenten una historia.

Yo siento la paradoja de que cada cosa que cuento es verdadero, aunque se trate de un cuento de ficción. Como dice Machado: “Se miente más de la cuenta por falta de fantasía, también la verdad se inventa”. Respeto mucho la verdad de la ficción. Otra cosa es el uso en el marketing, donde se trata de narraciones funcionales a un objetivo de venta. A mí no me interesa que sea útil, me interesa el hechizo, la trasmisión de experiencia, lo inspirador que pueda llegar a ser, trasmitir emociones. Ahí hay un lugar de bifurcación. De lo que me he defendido es de ser funcional a algo. Cuando la historia se vuelve práctica, cuando tiene una aparente utilidad, a mí deja de interesarme. Irónicamente, cuando las historias no son funcionales a un objetivo es cuando son más útiles porque te dejan algo. La paradoja de la utilidad.

Recuerdo un cuento de Stanislaw Lem en donde crean una computadora que escribe cuentos perfectos. ¿Crees que los relatos dejarán de ser útiles?

La narración tiene sentido en su función estética que, como el ocio, los viajes y los juegos, no tiene utilidad aparente. Es cuando se toma un camino impensado cuando se puede llegar a un lugar desconocido con funcionalidad, porque te permite comprender algo, resolver algo. Hay muchos libros de autoayuda que han utilizado, e incluso sacrificado, algunos cuentos en función ilustrar un punto. Es un recurso. Para mí la imaginación de las personas no tienen límites. El cuento me parece genial pero yo insisto en la falta de funcionalidad, la cual es la razón del arte: estar ahí para ser disfrutado. La misma historia según quien la cuenta y según para que fines se utilice va a adoptar una forma determinada. No digo que sea algo malo utilizar las historias para un fin específico, pero yo prefiero escaparle al asunto porque deja de divertirme cuando eso pasa. Yo utilizo la narración para hacer conocer las cosas que yo hago y cuido mucho cómo lo digo o qué digo. Es verdad que yo uso estrategias de marketing basadas en historias para hacer conocer mi cursos, pero porque son el núcleo de lo que hago. No es que uso las historias para vender otros tipos de productos, sino que uso historias para vender historias. Pero igual no quiero emitir un juicio de valor sobre ese tema. Cada cual usa las herramientas que prefiere y que valora. Ahora bien yo no haría un cuento para vender un producto que no esté ligado al relato. No sabría cómo hacerlo.

¿Dirías que apuntás más a la transmisión de experiencias? 

Me interesa rescatar el relato como lo que fue en el origen, un lugar de trasmisión de experiencias. Cuando contás algo en primera persona, estás irradiando una experiencia. Incluso si el relato es autobiográfico se debe evitar ser auto referencial. Si yo pensara que el cuento solo me pasa a mí y no a otros, algo de la trasmisión se caería. Lo que me interesa es una democratización de la experiencia. Hay que estar consciente de que estás en una red y que ocasionalmente tenés la palabra. Cuando estoy narrando una historia la gente se queda en silencio porque se está contando sus propios relatos. Yo estoy habilitando los relatos y recuerdos de los otros. Si yo pongo mi experiencia como paradigma dominante o si yo creo que lo que me pasa es más interesante que lo que le pasa a otros, no funciona. Celebro haber habilitado esos recuerdos y la clave es contar las historias sin abandonar la escucha. La idea es construir un lugar amable en donde la gente se pueda sentir recibida y en donde yo también tenga ganas de compartir, porque me interesa tanto la literatura que me pertenece como la que no me pertenece. No me siento más auténtica si cuento algo mío o si narro un cuento de Saer. Lo que sí, trato es de zambullirme en la estética del autor y reflejarlo lo mejor que puedo a partir mi propia interpretación.

A la hora de elegir géneros ¿Tenés alguna predilección?

Hay géneros que a mí me atraen menos pero no como lectora sino como narradora. Como lectora me gusta la ciencia ficción pero no tanto como narradora. Para mí la ciencia ficción es un espacio de mucha intimidad entre quién lee y quién escribe que no necesita un intermediario. En mi último espectáculo narré el cuento “Ojos belgas”, una historia romántica a la que no le tenía mucha fe para la oralidad cuando decidí trabajarla. Después me sorprendí del efecto que tuvo, del humor y de la emoción que genera. Cuando narro oralmente un cuento que yo escribí trato de no hacer concesiones o de ser facilista. Por ejemplo, cuando trabajás el romántico es una tentación caer en ciertos clichés y agregar edulcorante. Trato de cuidarme con eso pero tampoco puedo substraerme del todo porque me encanta el territorio. Igual, más allá del género, es el cuento el que tiene que impactarme para que lo pueda trasmitir. Cuento cosas muy variadas, tengo un  repertorio muy ecléctico y hay cierta identidad en ese repertorio. Trato también de contar cosas que están de moda. Por ejemplo ahora se puso de moda el terror para chicos, pero yo siento que literatura actual de terror para chicos es muy ligth. Bornemann, en cambio, era más oscura, no hacía concesiones. Hoy en día las cosas cambiaron, se producen cosas muy banales en el terror para chicos. Cuando narro una historia de misterio o terror en serio tengo que saber si el público está preparado para escucharlo porque cuando narrás algo, para el que escucha eso está sucediendo, y más aún para un chico. 

¿Hay distintas técnicas de narración por géneros?

He construido un sistema de adaptación de textos. Fui mezclando elementos del cine, del teatro y de la literatura para adaptar textos literarios a la oralidad, y lo sensorial tiene un peso enorme. Lo que narres debe tener un alto grado de sensorialidad para que la gente pueda entrar en el universo de lo que se narra. Eso se aplica a todos los géneros. Luego está el tono y el ritmo, que son fundamentales. Los utilizás de acuerdo al cuento, puede haber dos cuentos del mismo género que requieran tonos distintos. Hay una cantidad de técnicas enorme que utilizo según como la historia me lo demande. Nunca es una réplica en voz alta sino una travesía en diagonal que va al meollo de la historia y de su sentido.

¿Qué reacción tienen los autores al escuchar su cuento narrado?

Por suerte recibo una enorme aceptación de los autores y están complacidos con las adaptaciones. Me confían sus obras y eso para mí es lo más importante. Es un honor haber entendido la experiencia que cuentan. Tengo también la humildad de reconocer cuando no puedo adaptar un cuento porque no me sale o debido a su complejidad. Es otro lenguaje, otro soporte. Es como adaptar una novela al cine. Mucha gente se engaña y hace replicas en voz alta que no es lo mismo. La adaptación a la oralidad es compleja porque requiere una edición y la elección de ritmos, tonos y recursos ajenos a la literatura. Tengo que conservar en la oralidad un sentido dramatúrgico. Hay cuentos que son más lineales y no por eso son más fáciles de contar. Cuanto más lineal es la trama, más se te exige en el tono, en el ritmo y en el tempo porque no hay tanta intriga y el conflicto es más un estado que atraviesan los personajes. Todo está puesto en una construcción de la oralidad que realce la experiencia del texto. Otros textos están abigarrados de vicisitudes y conflictos, pero eso no quiere decir que con eso se pueda mantener la atención del público, para ello debe estar bien construido oralmente. Es un arte muy delicado y muy hermoso. Con operaciones mentales y expresivas puedo operar tranquilamente sin el presupuesto que requiere el cine. Esa austeridad la puedo ostentar con orgullo, con una silla y una luz puedo contar varias películas.

¿Adaptarías cuentos de Lovecraft?

A Lovecraft lo leía mucho pero no lo he intentado adaptar. Cuando comencé mi carrera de narradora oral ya no leía tanto. Pero podría intentarlo. El tema es que tampoco quiero generar miedo en el público. Vos pensá que pasé mucho miedo durante la dictadura. Es una sensación que prefiero no cultivarla en escena.

¿Alguna vez una de las historias que contaste fue retrasmitida al punto de que la gente la empezara a creer?

Yo trabajo el camino inverso. Tomo historias que escucho y las recreo, las cubro de sentido. Hay historias que ya he contado pero ahora las cuento con otro sentido. A veces les doy más protagonismo a personajes de reparto. Uno cambia a la gente del lugar, cambia el valor de las cosas. Igual sé que las personas que me escuchan hacen cosas con mis historias. Siempre sucede algo inesperado.

A los alumnos de narrativa oral les hacés preguntas que habilitan cosas nuevas en sus relatos pero también les preguntás las cosas de maneras distintas, y cuando eso ocurre, ellos lo piensan distinto. Al cambiar la narrativa del relato cambia la persona. El pasado es una historia que nos contamos.

Yo hago la trasformación de una realidad que una persona cree haber habitado. Al contarla de forma diferente la realidad se trasforma y eso es maravilloso. Por eso es liberador y terapéutico. A veces sólo es necesario una pregunta para detonar todo. Es un trabajo que me conmueve porque el pasado se vuelve impredecible, barajás las cartas de nuevo. El poder trasformador del relato es enorme, siempre y cuando no esté la funcionalidad de por medio. Debe hacerse por el placer de hacerlo, y a veces para generar un impacto sólo se requiere un tono, una pausa, un silencio, o un cambio en la posición del cuerpo. A veces la pausa en una enunciación te permite un nivel de subtexto que es absolutamente transformador. En la escritura es más difícil generar ese tipo de efectos. Al contener el aliento, el oyente debe esperar y en esa espera sucede algo extraordinario. Cuando enseño la técnica mi rol es análoga a la de una directora de actuación. Cada vez que repito un espectáculo lo voy puliendo y analizo donde colocar las pausas y los silencios, donde acentuar los tonos. Hay un trabajo de constante mejora y eso implica que nunca estás seguro de que lo hiciste perfecto. La certeza es enemiga de los descubrimientos. También me alimento mucho de los comentarios de la gente. Con las herramientas más sencillas, que también son las más sofisticadas, se puede jugar mucho en el escenario. Se trabaja mucho con la micro gestualidad.

¿Tiene que ver con la actuación?

Sí, pero cada vez que un personaje se sustrae con la gestualidad abandona el peramente trabajo de la interpelación, la locución produce un efecto magnético. Trato que los gestos sean orgánicos con las narraciones. El gesto acude cuando tiene que acudir. La gestualidad del que narra tiene un simbolismo poderoso. Lo maravilloso es que cada persona tiene sus universos, sus historias y se debe encontrar la forma correcta de expresar cada una.

¿Tuviste la oportunidad de trabajar con el medio audiovisual?  

No he tenido mucha suerte con eso. He grabado pilotos o me han llamado para castings de publicidad. El tema es que al final no me toman porque buscan lo más convencional dentro de lo que es la narración. También hay un prejuicio enorme de que el relato puede ser aburrido en cámara. Para mí es al revés, el rostro de una persona narrando puede ser lo más poderoso que existe. Lo que si sucede es que hay grandes actores que no saben narrar, así como hay grandes narradores que no saben actuar. Son artes sutilmente diferentes. El narrador muchas veces siente la necesidad de contarte que te está contando algo. Eso ocurre porque siente la necesidad de justificar su rol. El trabajo del narrador es crear climas. Cuando logro que un alumno trasmita la narración en forma óptima es un momento de celebración mutua porque ambos estamos descubriendo algo. Hay mucha experimentación durante el proceso de enseñanza.

Tu novela “La mujer del tiempo” tuvo mucho éxito, ¿cómo te sentís con respecto a ella?

He recibido devoluciones muy buenas. Es una historia de amor en un contexto muy serio. La gente lo vivía como si fuera un thriller. Fue interesante que generara ese interés sin haber un cadáver de por medio. La trama es guiada por los personajes. Me propusieron armar la historia por personajes lo que me permitió compactarla. Creo que quedó bien y es una novela muy cinematográfica.

¿Quiénes fueron tus maestros?

Mi estilo es muy eclético. Por ejemplo, me encanto la adaptación que hizo Clint Eastwood de la novela “Los puentes de Madison”. Como maestros del suspenso tengo a los clásicos. A mí me gusta mucho el cine realista y neo realista. Me gustó mucho Vittorio de Sica, Lubitsch, Wilder. El refinamiento con la ironía del humor (el toque Lubitsch) es una clave estética tremenda.

¿Qué opinás sobre la moda de lo políticamente correcto?

Yo trato de ser respetuosa, entonces me cuido a la hora de tratar los textos. Posiblemente me esté auto censurando pero no tengo problemas con eso. Entonces si un texto es irónico me aseguro de que lo sea. Todo es un tema de tratamiento. Y por supuesto también soy muy respetuosa con mi estilo y con mi tipo de humor. En este sentido, no voy a tratar ciertos temas para congraciarme con un determinado público. Eso es demagógico. Lo que sí, debe evitarse la condescendencia a la hora de hacer humor. La idea es no subestimar a nadie, el humor sirve para sanar.

 

Se agradece la colaboración en esta entrevista a Claudio Des Champs

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