¿Qué implica ser un gestor cultural? ¿Cuál es su rol en la difusión y en el acceso a la cultura? En estas preguntas se involucran diferentes paradigmas. Gracias a Valeria Escolar tuve la oportunidad de conocer a Demián Adler, alguien que ha hecho del desarrollo cultural una parte fundamental de su vida. La gestión cultural involucra un enfoque académico que se centra el rol de la cultura como creadora de identidad y factor de cambio social. Sin embargo también abarca un lado práctico y en este sentido Demián la ha transformado en un oficio complejo y multidisciplinario.

Desde sus comienzos hasta la actualidad ha coordinado decenas de proyectos. A su vez fue miembro fundador de las organizaciones MECA (Movimiento de Espacios Culturales y Artísticos) y Cultura Unida, con las que llevó adelante la campaña por la promulgación de la Ley de Centros Culturales en la Ciudad de Buenos Aires.

También ha participado de numerosas clases, charlas y mesas debate sobre la industria creativa y la gestión independiente. Su pasión por la docencia y por la materialización de proyectos se fusionan en la Clínica de Emprendimientos Culturales.

Nos juntamos con él para charlar de su trayectoria y de lo que significa ser un gestor cultural.

¿Cómo comenzaste? 

Podría ubicar el inicio en el taller de radio de Susana Jarabroviski al que me mandaron mis viejos cuando era chico. Tuvo lugar en un club al que solíamos ir. La magia de la radio y la comunicación me fueron seduciendo. La radio me planteaba un ambiente que variaba entre lo serio y lo lúdico. Hubo algo de la comunicación que me atrajo mucho y creo que me convertí en un apasionado por comunicar, por atravesar la mayor cantidad de formas que puede adoptar la comunicación. En el secundario me junté con unos amigos e hicimos un diario el cual nos demandó un montón de trabajo. Éramos muy inexpertos: hicimos un sólo número y le quedé debiendo a mi viejo cuarenta pesos que nunca le devolví (risas). Me había prestado plata para la imprenta.

¿Y de ahí te fuiste para el periodismo?

Al finalizar el secundario estudié periodismo en TEA. El primer año me resultó genial pero el segundo me aburrí. No era el periodismo lo que quería. Algo no me terminaba de cerrar. Había una sensación como de querer salir a la cancha. Justo en ese momento aparece la posibilidad de entrar como pasante en Promofilm, una de las productoras de televisión más prestigiosas del momento. Allí comencé a trabajar en el programa Sorpresa y media de Julián Weich. En ese momento era uno de los programas más visto de la televisión y lo pasaban el domingo a la noche. Todavía no había contenidos digitales por lo que la televisión era una cosa importante. Al ser el período de la convertibilidad la producción contaba con una enorme cantidad de recursos. Al principio leía las cartas que la gente mandaba para cumplir el sueño de alguien que conocía y las clasificaba. Éramos como los enanos de Santa Claus leyendo una bolsa de cartas (risas). Nos la pasábamos todo el día leyendo historias de todo color y calibre, desde historias desgarradoras y maravillosas, hasta personas que querían conocer a Ricky Martin. Fue en ese entonces cuando lo audiovisual me cautivó por completo y cuando decidí alejarme del periodismo. Me gustaba participar en la creación de historias y me fascinaba “hacer que las cosas pasen”. La productora fue una gran universidad para mí. Tenía diecinueve años y trabajaba con gente muy grosa, aprendí una barbaridad de cosas en un lugar donde abundaban los recursos. Paradójicamente era todo muy artesanal: se producía consultando las páginas amarillas y llamando con las páginas blancas. Una mega producción artesanal, la era antes de internet. Había cuatro computadoras conectadas y nos turnábamos para usarlas. Después de cinco años me fui como creador de contenidos a otra productora y durante un período también trabajé en México, en Televisa

¿Y qué ocurrió luego?

En un momento me cansé de ese tipo de tarea audiovisual. Al mismo tiempo creo que los contenidos de la televisión empezaban a no responder a lo que yo quería hacer. Fue una etapa hermosa. Viajé por muchos lugares trabajando, aprendí mucho, me hice muchos amigos. Pasé varios meses en México haciendo un proyecto para Televisa. De algún modo siento que cerré esa etapa trabajando en los primeros años de Canal Encuentro. El contenido del canal era un lujo y había objetivos muy interesantes. En ese momento surgió, de la mano de amigos, la posibilidad de participar de dos proyectos personales e independientes: La Linterna Mágica (un club de cine para chicos) que trajimos desde Suiza a la Argentina y un centro cultural al que le dimos el nombre de Vuela el Pez. Esto me alejó definitivamente del mundo audiovisual porque los proyectos empezaron a demandar tiempo real y, además, estaba el desafío de apostar verdaderamente a algo para que creciera. Ahí empezó otra etapa de mi vida. En la gestión cultural encontré un amor muy poderoso por la construcción y gestión de proyectos con impactos socio-culturales, por el armado de redes colaborativas de trabajo, por los procesos en donde el “cómo” es tanto o más importante que el “qué”. A través de La Linterna Mágica recibí una beca para la formación en empresas sociales que brindó la fundación internacional Nesst en Buenos Aires. Esto reforzó ideas y conceptos sobre la parte más técnica de la gestión, relacionada con el impacto social.

¿Qué es la gestión cultural para vos? 

Hay tantas definiciones escritas y por escribir que a veces me pierdo. Siento que la gestión cultural se ilumina como tal al entrar en contacto directo con el campo, con las personas, con las sociedades y con sus consumos y comportamientos. Creo que la gestión cultural podría ser una de las puertas de entrada hacia una convivencia más equitativa, democrática y hasta elevada. Una sociedad con igualdad en el derecho de acceso a sus bienes culturales, tanto tangibles como intangibles, puede volverse una sociedad más amable y más sana. Cuando empecé en gestión cultural casi no existían carreras sobre el tema en Argentina. Para mí era como hacer producción de manera independiente. Pero se me fueron abriendo los ojos de a poco al transitar el camino, conocer personas y proyectos que me mostraban nuevas maneras de hacer y pensar. La gestión cultural también es hoy la ciencia que articula agentes privados, públicos y audiencias en pos de generar hechos y contenidos culturales, como mecanismo para expresar y redefinir las identidades de un territorio.

¿Cómo surgió la clínica de emprendimientos culturales? 

En marzo de 2016 me fui de “Vuela el pez” y me tomé unos meses sabáticos hasta que me comenzaron a picar las ganas y la necesidad de trabajar. Al principio estaba bastante perdido sobre qué hacer. Encima el país entraba en este período tan complejo. En un momento de desesperación total me senté y armé un evento de Facebook anunciando un taller experimental que se llamaba “Entrar en tus ideas”. A las tres semanas estaba agotado. Esa primera experiencia me sirvió para probar y corregir cosas. Mis etapas anteriores comenzaron con decisiones muy claras pero esta vez fue distinto: comenzó en la desesperación de estar en mi casa sin saber cómo arrancar de nuevo. Luego de esa primera experiencia fue el apoyo de mis amigos lo que me impulsó a avanzar en esa nueva dirección. Así nació la Clínica emprendimientos culturales y de ahí no paró de crecer. Gracias al proyecto encontré también el amor por la docencia y me vi acompañando muchos proyectos de la industria cultural y conociendo personas inspiradoras. Con casos de mayor y menor éxito pero con un feedback muy hermoso. También se abrió la puerta al área de las consultorías personalizadas donde tengo la oportunidad de acompañar más en profundidad el desarrollo de un proyecto.

¿Cómo se acompaña un proyecto cultural? 

Eso es muy complejo de responder porque cada proyecto es un universo y tiene una idiosincrasia particular. Entonces, si bien hay métodos, herramientas y etapas similares, el modo de entrar en cada uno de esos lugares depende por completo de cómo está conformado el equipo de trabajo: cuáles son sus horizontes, intereses, áreas de experiencia y hasta cómo se vinculan entre sí las personas que lo componen. Me animo a decir que la mejor forma de comenzar el acompañamiento de un proyecto es conociendo y analizando a fondo quiénes son las personas que lo llevan adelante. Sin un equipo de trabajo, no hay nada. Un músculo que creo poco ejercitado en este área es el del diagnóstico. El día a día te come. No es nada fácil la gestión cultural en Argentina. Parar la pelota para entenderse en el contexto y planificar hacia adelante es clave para la toma de decisiones.

¿Cómo evolucionó la clínica? 

Está evolucionando. Ahora entró un poco en pausa. Resulta que el año pasado fui convocado por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires para formar parte de un programa que se llama Barrios creativos. Es un programa basado en una iniciativa británica que le propone a cada barrio presentar un programa cultural anual. Una de las condiciones fue que el proyecto lo presentara un colectivo, una red formada por agentes culturales de cada barrio. Lo que hizo el Ministerio en Buenos Aires, a diferencia de Londres, fue crear la figura de mentores barriales cuya función era formar la red y guiar los procesos de desarrollo para que los programas se puedan presentar en tiempo y forma. A mí me tocó ser el mentor de Villa Crespo. El trabajo duró cinco meses y se armó un grupo hermoso con el que ganamos el primer premio para financiar el programa que habíamos presentado. El proceso hizo que se generara un vínculo profundo con las personas del colectivo y me quedé en el equipo para la implementación. El proyecto se llama CLIC. Estoy viviendo un sueño con esto. Se armó un equipo multidisciplinario súper potente.

¿En qué consiste el proyecto? 

CLIC es el Circuito Local de Intervenciones Culturales. Son diecinueve hechos artístico-culturales en el barrio de Villa Crespo pero abiertos a toda la comunidad en forma libre y gratuita. La idea fue armar un programa que trabaje con los patrimonios culturales del barrio pero que también proponga la creación de nuevos patrimonios. Sobre todo poniendo en valor las diferentes identidades que contiene el barrio. CLIC está también atravesado por la época, por la fuerza del movimiento feminista, de hecho son muchas más mujeres que hombres en el colectivo.

Luego de La tragedia de Cromañón en 2004 el contexto legal se volvió muy hostil para las actividades culturales independientes ¿Cómo lo viviste como gestor cultural?  

Cuando pasó el desastre de Cromañón yo no era gestor cultural. Pero sí era un gran consumidor de música y fue un shock. A partir de ese hecho cambió todo el paradigma de legislación frente a las ofertas culturales y las cosas que vinculaban el arte y la noche. Incluso, años más tarde, en 2009, habilitar Vuela el Pez fue muy complejo. No había información. No había una habilitación que contenga lo que queríamos hacer. Finalmente lo habilitamos como Teatro Independiente, pero éramos otra cosa. El Gobierno de la Ciudad clausuraba este tipo de espacios por cualquier motivo, con inspectores que no conocían las propias disposiciones que en teoría controlaban. Estábamos desarticulados los espacios. Pensá que recién se lanzaba Facebook. No te enterabas tan rápido de lo que pasaba. MECA fue el hecho que nos hizo encontrar con pares que estaban en la misma: Atravesando los mismos problemas, reflexionando sobre las mismas cosas. Abrir un centro cultural no era negocio. Y cada vez se abrían más. Ese fenómeno desafiaba al sistema: muchas personas inaugurando espacios de expresión artística, planteando diferentes modelos de construcción, de gestión y de toma de decisiones donde la lógica comercial, si bien importante y fundamental, no estaba por delante de la misión cultural. El proceso que se atravesó para darle visibilidad pública a este asunto y lograr la aprobación de la Ley de Centros Culturales fue de un aprendizaje infinito. Los espacios culturales generan comunidades, sentidos de pertenencia real, usinas de pensamiento.

¿Los centros culturales plantean nuevas lógicas?

Los centros culturales plantean nuevas lógicas tanto como cualquier construcción colectiva lo hace. La lógica de la época pareciera ser el individualismo, la meritocracia y el ansia de likes. Creo que los formatos que se llaman «independientes» son formatos orgánicos, plásticos, disruptivos, que tienen como particularidad lo orgánico, la adaptación al territorio que abarca y también a las características y necesidades de su comunidad. Ojo, no digo esto desde ningún pedestal y tampoco lo catalogo como algo bueno o malo. De hecho, estas construcciones muchas veces presentan desafíos realmente difíciles… Pero apasionantes.

¿Te gustaría armar un producto audiovisual? 

El documental es un género que me encanta. Participé hace muchos años en algunos y me fascinó. Pero me encantaría algún hacer algo de ese género. En realidad quiero hacer todo lo que esté bueno (risas). A donde haya un equipo de gente interesante con el que pueda construir y me pueda nutrir. Donde se impacte positivamente. Ahora, por ejemplo, estoy participando de una iniciativa de la cooperativa del Teatro Mandril. Es una plataforma de financiamiento colectivo para crear el Fondo de Soberanía Cultural, una comunidad que todos los años financie una misión: La primera es comprar el espacio donde funciona el teatro y se pueden hacer donaciones desde todas partes del mundo.

Vos también sos un artista

¡Para ser gestor cultural en Argentina hay que ser un poco artista! (risas). Además se podría decir que soy músico amateur. Estudié varias veces pintura y me gusta mucho escribir. Comencé una novela que nunca terminé. Formé parte de bandas y grabé un disco. Es muy gratificante ver como lo que formaba parte de mi espacio de disfrute íntimo y personal se podía integrar a mi desarrollo profesional. Quizás eso sea la vocación, ¿no?

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