Johannes Kepler, alguien olvidado en la inmensidad del cosmos

A Johannes Kepler, nacido en 1571 en la ciudad alemana de Weil-der-Stadt y muerto en 1630 en la ciudad de Ratisbona, al igual que Nicolás Copérnico, hay que entenderlo más como científico que como filósofo, pues, aunque va a desarrollar un nuevo sistema astronómico que entrará en contradicción con la ontología aristotélica (al derivarse de este la distinción entre realidad y apariencia), no desarrollará una nueva ontología sobre la que asentar sin contradicciones la ciencia moderna.

Sus obras magnas son El secreto del Universo (1596), La nueva astronomía (1609) y La armonía del mundo (1619). Nos centraremos en el tercero de estos textos, escrito con el que Kepler insiste en que debajo de nuestro mundo existen unas causas ocultas que están actuando pero que no vemos, causas que dan lugar a ese mundo que consideramos nuestro, el real pero que en realidad no es más que apariencia. La diferencia entre La armonía del mundo o Harmonices Mundi (título original) con el resto de sus obras se haya en que en esta, la supuesta estructura arquitectónica que subyace bajo nuestro Universo pierde su carácter geométrico para comenzar a abrigar una estructura musical. Ahora, los planetas, cuyo movimiento genera música por su rozamiento con el aire, se mueven como se mueven porque la naturaleza responde a una partitura musical, la cual quiere descubrir Kepler. No obstante, en el fondo, la idea es la misma, pues habla de unidades (ya sean geométricas o musicales) y de que el universo se ha formado con arreglo a unas determinadas proporciones de esa unidad.

En este libro, Kepler no será capaz de escribir la partitura final, es decir, la causa oculta y formal como tal, pero enunciará su tercera ley (descriptiva), la cual dice que para cualquier planeta, el periodo de revolución al cuadrado (tiempo que tarda en dar una vuelta al Sol) partido por el cubo de la longitud de su semieje mayor (distancia media del cuerpo a la fuente central gravitacional) da un número constante.

Es con Harmonices Mundi, formado por cinco libros, como Kepler explicó su teoría de la armonía de las esferas celestes en la música en la música. Se trata de una obra propia de un aventurero teórico, con una carga teológica (y filosófica) considerable. Dice Kepler:

«Ahora ya, (…) nada me retiene ya, y me complazco en permitirme el furor sagrado, y asaltar insolente a los mortales con la franca confesión de haber hurtado los cálices áureos de los egipcios, para construir con ellos el tabernáculo de mi Dios lejos de los confines de Egipto. Si me lo pasáis por alto, me alegraré; si os inflama la ira, lo soportaré. Aquí lanzo los dados, escribo el libro, que lo lean los presentes o los venideros, nada importa; espere a sus lectores cien años, si Dios mismo se ha prestado a esperar seis mil a quien lo contemplara» (Kepler, 1992 [1596], p. 178-179).

Johannes Kepler buscó con todas sus fuerzas la verdad del orden cósmico y la armonía estética de los cuerpos celestes pero su fama nunca alcanzó la de Galileo o Copérnico pero sí su pensamiento, pues fue de gran utilidad para filósofos posteriores como Newton.

Una teoría de la armonía de las esferas celestes

Que los movimientos de los astros que se encuentran en el cielo pudiesen seguir algún tipo de proporción parecida a la que se daba en la música, es una idea que se encuentra por primera vez en los pitagóricos. La teoría de la armonía de las esferas celestes, aunque no conocida ni mencionada como tal, será admitida por distintas astronomías a lo largo de la historia como la de Platón, pero será Kepler, inspirado en las Armónicas de Claudio Ptolomeo, quien profundice en ella y la aplique a la astronomía de su tiempo (el Sol es el centro del mundo, el movimiento cerrado de los planetas traza elipses y no círculos…).

Kepler, como hombre de convicciones religiosas, y por ello, del orden, entiende que su deber es buscar y revelar al mundo lo oculto que hay en el cosmos, la estructura verdadera del Universo. Kepler encontrará en el movimiento de los planetas una condición estructural semejante a la que se da en la música renacentista de su tiempo, lo que le hará pensar que había descubierto el camino para alcanzar el secreto que se esconde tras el mundo aparente, la Creación de Dios como tal.

La música producida por los planetas no se puede oír pues estos no producen un sonido como tal con su movimiento y no solo porque se encuentren a cientos de millones de kilómetros de distancia de la Tierra. Estos no son arcos de violín con crin de caballo que frotados contra unas cuerdas dan nacimiento a un sonido. Lo que realmente producen los distintos movimientos de los planetas es una armonía que se percibe a través del intelecto. La música de las esferas celestes solo puede ser comprendida por la razón, y esta, numerosas veces se encuentra más allá los sentidos del ser humano.

Finalmente la astronomía que sucedió a Kepler, por suerte o por desgracia, depende de para quien, demostró que las razones de que los movimientos planetarios fuesen los que fuesen, se centraban en la teoría de la gravitación universal (Newton) y no en ningún tipo de armonía musical. Sin embargo, esto no quita e impide cualquier tipo de interés en por el pensamiento de Kepler. No es la verdad cosmológica la que uno busca en Kepler sino la unión, incluso simbiosis, que se da entre la música (y también la estética) con la ciencia astronómica.

Lo que no podemos negar es el esfuerzo de Kepler a la hora de conocer el mundo, pues dedica una verdadera pasión al estudio de la (y su) teoría astronómico-musical, de la cual se pueden incluso extraer reflexiones estéticas, filosóficas o teológicas; una teoría que va más allá de una especie de algo así como una romanza celeste metafórica. Dicho esto, merece la pena recordar el bellísimo epitafio que el propio Kepler redactó para su sepultura:

«Medí los cielos; ahora mediré las sombras de la tierra. Mi alma era del cielo, pero la sombra de mi cuerpo reposa aquí» (Hawking, 2005, p. 560).

¿Qué es la armonía de las esferas?

No es sencillo definir algo así como una armonía de las esferas, y más todavía si queremos hacer de ella una teoría. Para ello, se ha de partir de que el movimiento de los cuerpos celestes que podemos ver en el firmamento, obedece a las mismas proporciones armónicas de la música, razón por la que tenemos que manejarnos y desenvolvernos con una metafísica en la que se conecte la música con dicho movimiento. La armonía de las esferas se presenta como aquella que se da en un tipo de cosmos en el que los astros poseen un movimiento que produce unos sonidos y se ajusta a unas proporciones armónicas.

El término y concepto de la armonía de las esferas suena más metafórico que técnico o científico, pues parece ser, más que una armonía, una música o melodía aleatoria de las esferas que podríamos escoger arbitrariamente. No obstante, podemos decir que la armonía en cuestión es una idea que presupone la existencia de ciertas combinaciones sonoras que tienen relaciones de correspondencia a su vez con otras combinaciones, siendo estas aquellas con las que está construido el Universo, lugar donde el movimiento de los astros que hay en él responden a las combinaciones sonoras anteriores.

Bibliografía utilizada.

Hawking, Stephen (2005). A hombros de gigantes. Las grandes obras de la física y la astronomía. Barcelona, España: Crítica.

Kepler, Johannes (1992) [1596]. El secreto del Universo. Madrid, España. Alianza.

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