La sabiduría de quebrar huesos de Pablo Matilla

«Es más difícil escribir un buen cuento que una novela decente», escribió William Faulkner, y García Márquez, otro grande sobre el que se proyectó la sombra del autor de El ruido y la furia, profundizó todavía más en la cuestión en una entrevista a Jacobo Zabludovsky, en la que declaró que es más difícil escribir cuentos que novelas porque «un libro de cuentos se empieza dieciséis veces y una novela una sola vez. Además, escribir cuentos es como vaciar en concreto y escribir novelas es como pegar ladrillos, o sea, dos procedimientos distintos: el cuento se vacía de una vez y si se falla, se falló y no hay nada más que hacer, sino volverlo a hacer». Es por eso, y no solo por profesar una suerte de religión borgiana, que encontrar un buen libro de cuentos es un hallazgo casi más valioso que encontrar una buena novela. Y es por eso que libros como La sabiduría de quebrar huesos de Pablo Matilla hay que celebrarlos.

Los libros de relatos generalmente suelen organizarse de dos maneras: o bien existe un eje conductor claro, lo que hace que el conjunto casi pueda equipararse a una especie de novela fragmentaria, o bien carece de hilo más allá de los caprichos del autor, que decide agrupar un conjunto heterogéneo de relatos bajo un mismo título. En el caso de Pablo Matilla una primera lectura nos llevaría a pensar ante el segundo tipo de libros. Los relatos que conforman La sabiduría de quebrar huesos son muy diferentes entre sí en todos los sentidos, en lo que respecta al tema, al tono, al punto de vista del narrador, a los personajes al lenguaje o al imaginario al que hacen referencia. Los hay más realistas, como «Ruina» o «Sacrificio» ‒que tienen en común la presencia de la muerte‒, o más fantásticos, como «Una sola condición», «Iceberg» o «Caimán». Así que, como en previsión de esa clase de lectura, Pablo advierte al final del libro cuál es el cemento que todo el entramado: el miedo.

Razón no le faltaba a Lovecraft cuando dijo que «la emoción humana más antigua y poderosa es el miedo». Pero quien se acerque a La sabiduría de quebrar huesos que no espere un terror cósmico a lo Lovecraft, ni a lo Stephen King. Si acaso hay algo de Edgar Allan Poe. El miedo de estos relatos es mucho más prosaico y si cabe mucho más terrible, porque está más a la orden del día. No es necesario recurrir a lo desconocido, aquello que conocemos bien puede sumirnos en esta emoción antigua y poderosa. Al fin y al cabo, la sociedad occidental vive bajo una especie de dictadura del miedo, en la que está dispuesta a sacrificar ciertas libertades a cambio de seguridad. Pablo Matilla hace una inteligente combinación de estos miedos modernos con otros universales. Es el miedo a haber malgastado la vida, el miedo a la muerte, a los demás, al futuro, a las arañas, al pasado o al presente, a uno mismo y al otro, al amor, a la imaginación, a saber, a los padres y a los hijos, y al poder. Quince relatos en los que el miedo se convierte en una forma de aprendizaje, de hacernos más sabios. Quizá por eso el conjunto toma como título el nombre de uno de sus relatos, La sabiduría de quebrar huesos, que habla sobre la fascinación que ejerce el mal.

Hay otro detalle que le da cohesión al libro y que solo puede percibirse una vez que se ha leído todo, algo que nos dice mucho sobre su arquitectura: existe un vínculo entre el primer y el último relato, quizá el único que haya en todo el conjunto. Lo curioso es que cronológicamente la última historia tiene lugar antes de la primera, lo que de alguna manera nos lleva a obligar casi a una segunda lectura. La sabiduría de quebrar huesos es un libro de segundas lecturas. Y tal vez hasta terceras. Porque o bien se sitúa al lector en una especie de territorio desconcertante, como pasa en «Canciones cíngaras», o bien no se llega a decirlo todo, como esperando que sea el lector el que complete los sentidos que faltan. Esta técnica se lleva al extremo en el relato «Pequeña hereje», de influencia navokoviana, en el que el acontecimiento más importante de todos no se muestra, pero al lector no le cabe ninguna duda de lo que ocurre.

Especialmente interesantes son los dos relatos que están dedicados a la escritura: «El visitante de San Rafael» y «Deseo de nieve entre tus manos». El primero es quizá uno de los mejores cuentos del libro, y no solo porque sea un tributo a la tríada formada por Poe, Cortázar y Borges, sino por el tratamiento que hace, tremendamente original, sobre el tema de la imposibilidad de escribir y de la circunstancia de que la carrera del genio que se ve truncada. El segundo lo leí pensando en todo momento que el protagonista era el marqués de Sade, aunque ignoro si es así, pero igualmente es de una exquisitez sublime. Dos formas de mostrar que los escritores tampoco están al margen del miedo como camino de aprendizaje.

Pablo Matilla es uno de esos escritores a los que no hay que perderles la pista. En su página, Historias minimalistas, se describe como un autor especializado en el relato corto. Se nota que cada uno de los que componen La sabiduría de quebrar huesos ha sido trabajado cuidadosamente, con esmero, experimentando técnicas narrativas muy diferentes y seleccionando una a una cada palabra. Su formación filosófica explica su interés por traducir, decodificar e intentar aprehender la realidad. Al fin y al cabo, ambas disciplinas tratan de buscar la verdad o y de dar respuesta sobre lo que existe y lo que no existe, sobre el sentido de la vida, sobre cómo esta puede hacernos más sabios, aunque sea a palos. Solo queda esperar que siga iluminando el mundo con buenos libros.

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