Dibujo: Smilton Roa Klaassen

A mis catorce años vi Walker por primera vez y quedé deslumbrado. Ya conocía bien el conflicto entre contras y sandinistas que había tenido lugar en Nicaragua, así como las nefastas consecuencias del apoyo a los contras por parte de los Estados Unidos.

A quien no conocía era a William Walker, un militar estadounidense que en 1856 se autoproclamó presidente de Nicaragua. La película elabora un paralelismo entre su historia y el intervencionismo norteamericano de la década de 1980. En el film un grupo de mercenarios locos liderados por Walker destruye un país en nombre de la democracia.

Los anacronismos llenan la película de un surrealismo irreverente. Así, en plena época colonial un helicóptero desciende para rescatar a los ciudadanos norteamericanos, y los personajes leen la revista Time donde se ve una foto a todo color de William Walker bajo el título Freedom Figther. La crítica social en forma de ironía es sublime, y la actuación de Ed Harris como un hombre sumido en la locura es perfecta.

El film está repleto de cameos; artistas punk como Joe Strummer y Edward Tudor-Pole hacen su aparición. Hasta hay un pequeño homenaje a Sam Peckinpah.

Motivado por estas particularidades quise averiguar quién estaba detrás de aquella obra maestra. Es así que llegué al director, guionista y actor Alex Cox.

Mientras espero que se hagan las tres, acomodo mi cuaderno y mi lapicera. Me aseguro de que las conexiones estén listas: temo que no haya buena señal y que no podamos conversar de manera fluida. Con Skype sería más fácil, pienso, pero Alex no usa productos Microsoft.

Él me había ofrecido hacer la entrevista por mail, pero preferí el calor de una amena charla. En realidad, yo hubiese preferido tomar un café en un bar ―como suelo hacer―, ya que las conversaciones telefónicas me ponen nervioso. Había preparado miles de preguntas, pero para no atosigarlo con mi curiosidad por los detalles, busqué el equilibrio entre una charla y un reportaje formal.

Me atiende y lo saludo de manera cordial. El tono de Alex es informal y relajado. Pese al marcado acento inglés, tiene un impecable manejo del español. Eso tiene sentido, ya que vivió mucho tiempo en países de habla hispana, entre los que se destacan México, Nicaragua y España.

Alex, un artista puro, utiliza su pasión por el cine para luchar contra las injusticias sociales. Es alguien que, como afirmó su colega y amigo Nicanor Loreti, la luchó en Hollywood para hacer escuchar su voz. También es un aventurero que viaja por el mundo en busca de nuevos proyectos en los que involucrarse.

Actualmente reside en Oregón, Estados Unidos, junto a su esposa Tod Davies, con quien comparte su vida desde hace más tres décadas. “A ella no le gusta tanto el cine, prefiere la literatura. Por eso nos llevamos bien”, comenta entre risas.

Tienen una mascota, una perrita miedosa llamada Shadow. A él le preocupan mucho los animales. Cuando vino a la Argentina le llamó la atención lo bien que se trata a los perros callejeros. “En Estados Unidos y en Inglaterra suelen matarlos”, cuenta.

Alex nació en 1954 en Bebigton, Inglaterra, y según cuenta la leyenda, su pasión por el cine comenzó cuando de niño vio la película Trono de sangre de Akira Kurosawa. Su amor por el director japonés sería plasmado décadas más tarde en el documental para la televisión Kurosawa: el último emperador.

Con el tiempo encontró su segundo amor: los spaghetti western, a los que también rendiría homenaje en el libro 10.000 formas de morir, traducido al español por Nicanor Loreti. Cuando estudió en la UCLA, presentó su tesis sobre este género. Por entonces, su mirada sobre la temática era más académica; hoy en día le apasiona más como realizador. Le intriga saber cómo se financiaron aquellos filmes y cuáles eran los detalles de la producción. Le llama la atención el éxito del movimiento.

En uno de sus últimos films, Tombstone Rashumon, utiliza el estilo de múltiples perspectivas aplicado por Kurosawa para narrar el más famoso duelo en la historia del lejano oeste norteamericano.

También fue seducido por surrealistas como Luis Buñuel y Salvador Dalí, así como por el escritor argentino Jorge Luis Borges. Fiel en su tradición de homenajear a sus maestros, nombró a su productora como una de las célebres películas de Buñuel: El ángel exterminador.

También adaptó el cuento La muerte y la brújula de Borges, y aún sueña con llevar a la pantalla grande nada menos que el cuento El Aleph. “Borges es uno de los grandes maestros. Cuando se hizo el ciclo de los cuentos de Borges quise hacer el Aleph pero no se podían conseguir los derechos, así que elegí el cuento La muerte y la brújula porque era muy cinematográfico”.

Sus primeros estudios estuvieron alejados del cine; sin embargo no tardó mucho en darse cuenta de cuál era su verdadera pasión. “Como vi que el derecho no era para mí, me puse a estudiar teatro y cine. Pero luego comprendí que para poder filmar tenía que ir a los Estados Unidos. Gané una beca Fullbright y fui la UCLA. Fue así como llegué al corazón del monstruo”.  

Su primer cortometraje, Sleep is for Sissies, se convertiría en su mantra: el film narra la historia de un artista que lucha contra la sociedad. También marcaría su amor por el cine independiente, ya que en aquella época creó una productora destinada a financiar películas de bajo presupuesto. En ese momento de su vida entró en contacto con la cultura punk, en especial con la música, que también se convertiría en una marca registrada de sus películas.

Todos los elementos mencionados se combinaron en su primer largometraje, Repo Man, en el que trabajó la temática del miedo hacia el holocausto nuclear. Allí incluye su amor por la música punk y por lo surrealista, así como sus inquietudes sociales.

“Como punks queríamos destruir el sistema y volver a hacerlo. Así también fueron en su época los maestros del surrealismo como Salvador Dalí y Luis Buñuel. En su libro Mi último suspiro, Buñuel dijo que la idea era cambiar la sociedad. El surrealismo no fue un movimiento artístico sino un movimiento social y revolucionario. Y al igual que el surrealismo, el punk ha fracasado pero por suerte nos quedamos con la música”, comenta Alex entre risas.

Recuerdo que el personaje interpretado por Tracey Walter menciona que en Sudamérica la gente desaparece y nadie sabe a dónde van. Y como el personaje está medio loco o es medio ingenuo, piensa que en realidad viajan al pasado.

Sí, fue una forma de mostrar la ignorancia de los gringos con respecto a ciertos temas. Como la temática de la película no era algo que los grandes estudios consideraran entretenimiento, tuve que disfrazar la historia del miedo nuclear con la historia de este chico que consigue un trabajo de recuperador de mercaderías impagas. En esa época estuve metido en el mundo punk de los Estados Unidos. Iba mucho a los conciertos. En esos años llegaron los grandes grupos ingleses: The Clash, Talking heads, etc…. Y pusimos todo eso en el film. 

Los guiños antisistema, las críticas a las corporaciones y las denuncias sociales están en cada detalle del film. Supe que el final fue reescrito.

Sí, en uno de los finales la bomba explotaba y volaba todo Los Ángeles. Después se reescribió y quedó el que todo el mundo conoce, que la verdad me gusta mucho. Todos los que participaron en la película éramos estudiantes en la UCLA y fue gracias a la solidaridad de todos que pudimos hacerla. Si alguien quiere ser cineasta va a necesitar muchos amigos, porque es un camino largo donde se debe trabajar mucho. 

Como Alex se movía mucho en el mundo de la música punk, le pidió a sus bandas favoritas que le cedieran los derechos de algunas de sus canciones, o bien que hicieran algún tema para la película. Entre las bandas que lo ayudaron encontramos a Suicidal Tendencies, Circle Jerks y hasta Iggy Pop, quien en una entrevista dijo:

“Alex vino a mi muy humilde departamento en 1984. Era un tipo británico muy alto que no se caracterizaba por tener modales británicos (risas). Me explicó de qué trataba el film y luego me dijo que quería que hiciera una canción, que podía hacer lo que quisiese. Era muy raro que para una película te dieran carta blanca para hacer lo que vos quieras, y para mí fue un regalo del cielo para expresar lo que sentía. Fue maravilloso”.

De hecho uno de los factores del éxito de Repo Man fue la banda de sonido, y a lo largo de su carrera como director Alex continuaría la tradición de convocar artistas, entre los que se destacan la banda Pray for Rain. Creo que a los músicos les gusta trabajar conmigo porque los dejo hacer lo que quieran”, comenta Alex. 

En un momento, uno de los productores del film recurrió a uno de los grandes estudios de Hollywood para completar el financiamiento, lo que si bien fue una ventaja de corto plazo, hizo que Alex perdiera los derechos sobre la película, los cuales recién pudo recuperar este año. “Si podés, no vayas a los grandes financieros. Hacé tu película barata así no perdés los derechos y después podés hacer otras cosas: remakes, segundas partes, etc.…”.

Su siguiente película, Sid and Nancy, representó sin duda un homenaje puro a la música punk al retratar la vida del vocalista de la banda británica Sex Pistols, Sid Vicious, y la relación de éste con su novia Nancy Spungen. Uno de los motivos que lo llevó a realizar esa película fue que se había enterado de que los norteamericanos planeaban hacer una versión con Rupert Everett y Madonna como protagonistas. Como amante del movimiento punk no podía permitir que hicieran eso, y entonces escribí el guión de la película”, aclara con picardía. Al final fue un muy joven y aún desconocido Gary Oldman el encargado de representar al legendario roquero.

Luego apareció su primer western spaghetti, Directos al infierno, el cual contó con la colaboración de muchos músicos punk ingleses, incluyendo a Joe Strummer, quien compondría la música de Walker. Allí trabajó con Dennis Hopper, con quien Alex desarrollaría una gran amistad.

De hecho, en 2012 realizó un documental sobre The Last Movie, una película de Dennis Hopper que durante décadas fue imposible de ver porque Universal se rehusaba a distribuirla. Por eso Hopper debió encargarse de recuperar los derechos y lanzar su propia versión.

Cox considera a la piratería como una forma de rebelarse ante el poderío de los grandes estudios. Afirma de manera categórica que las grandes corporaciones pelean por su propio beneficio y no por los del artista. Dijo que para él es un placer pensar que la gente mira sus películas y que se forma una opinión, ya sea desde una sala de cine o con una copia pirateada. “Lo triste es cuando nadie ve tus películas, comenta.

En la película 27 El club de los malditos, de Nicanor Loreti, Cox escribió las escenas de los asesinatos de los rock stars, las cuales incluyen el de su amigo Joe Strummer. En la escena ficticia de su muerte, Joe es asesinado al consumir té con veneno. Antes de morir intenta dejar un mensaje en una contestadora automática: “Ve a mi caja fuerte. Hay una cinta. Llévala a The Guardian, no mejor al Melody maker. Toda mi obra secreta en la que estuve trabajando los últimos veinte años está allí. Quiero que la publiquen con una licencia de Creative Commons, totalmente gratuita. Desafío a todos mis compañeros leyendas del rock a que hagan lo mismo por los pibes”, exclama Joe.  

Pero no logra alcanzar a oprimir el botón de ‘guardar’ y el mensaje es eliminado. Si uno piensa en los conflictos que tuvo Cox con Universal por los derechos de Repo Man, la escena resulta aún más esclarecedora.

Así como él ha homenajeado a sus maestros, muchos lo han homenajeado a él. El director Paul Thomas Anderson dijo: Alex es increíble. Si lo conocés, genial, y si no, averiguá sobre él. Buscá todo lo que ha hecho. Es maravilloso, y en lo que a mí concierne es un director que merece mucho más reconocimiento. No se puede hablar suficiente sobre él. Es un héroe. Un adelantado a su tiempo”.

Al comienzo de la película 27 El club de los malditos, aparece un pequeño epígrafe dejado allí por Nicanor Loreti: “Para Alex, mi héroe y mentor”.

¿Por qué te interesaste por lo que ocurría en Nicaragua? 

Sucedió que al principio la prensa decía cosas buenas de los sandinistas, pero de pronto comenzaron a hablar mal. Todo sonaba raro, como si se tratara de una operación de prensa. Y luego comenzó el apoyo a los contras por parte del gobierno de Reagan. Fue cuando decidí ir a ver en persona lo que realmente sucedía en Nicaragua. En 1986 fui en un ‘tour de izquierda’ y conocí las ciudades principales: Managua y Granada. Como eran ciudades coloniales, daba mucho para una película de época. Quería utilizar mi arte para apoyar al gobierno sandinista. La idea era hacer una película en Nicaragua con el apoyo del Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE) y de la gente, como un acto de solidaridad. Con un amigo mío, Lorenzo O’Brien, investigamos la historia de Walker y decidimos contratar a un talentoso guionista llamado Rudy Wurlitzer, quien trabajó con Sam Peckinpah y con Bertolucci. A su vez, Victoria Thomas con quien yo había trabajado en Repo Man― nos presentó a Ed Harris, que era ideal para el papel porque había algo en su forma de ser y en su fisicalidad que encajaba perfecto con el personaje. Supe de inmediato que era el actor ideal para el papel. 

¿Sabía Ed Harris que se metía en un proyecto controversial?

Sí, aceptó el rol muy consciente del proyecto y estuvo muy comprometido. 

Durante la preproducción de Walker, Alex recorrió México y se enamoró de otra historia que se convertiría en su siguiente film: El patrullero. Luego de estrenar Walker, quedó exiliado de los grandes estudios de Hollywood, por lo que decidió filmar en México. El financiamiento de El Patrullero provino de productores japoneses que consideraban el film como una especie de historia de Samurais en otro contexto. Fue la experiencia que lo sumergió al idioma español, ya que todos los actores y el equipo de producción eran de Latinoamérica. Hasta el día de hoy considera que aquella fue, a nivel técnico, su mejor película.

También tiene una prolífica carrera como actor: ha participado en más de treinta producciones en las que se incluyen películas y series, muchas de ellas en español. En 1997 tuvo un rol de reparto en Pedrita Durango de Álex de la Iglesia, y en 1998 dirigió y protagonizó el film Tres empresarios junto a Miguel Sandoval, con quien trabajó en numerosas ocasiones.

¿Cómo llegaste a Los crímenes de Oxford

Alex de la Iglesia me llamó porque quería para su película el teléfono de Laurence Olivier y Michael Caine. Yo le dije que Lawrence Olivier ya estaba muerto y que Michael Caine le saldría muy caro, y que además no tenía el teléfono. Pero le sugerí que yo podría actuar. ‘También soy actor’, le dije. 

¿Leíste la novela de Guillermo Martínez

Sí, tiene algo de “La muerte y la brújula” de Borges.

También estás en la serie mexicana Un extraño enemigo en un papel bastante siniestro. 

Sí, hago de jefe de la CIA. Es divertido interpretar a esos personajes. Me llamaron porque necesitaban a alguien que hiciera de gringo (risas).

Fuiste profesor de la UCLA y de la Universidad de Colorado. ¿Te gustó la experiencia?

Tuve la suerte de tener alumnos excelentes. Puede ser frustrante ser profesor si tenés alumnos que son burros (risas), pero en mi caso tuve una generación increíble. Ahora estoy en contacto con artistas de una nueva camada y eso me produce mucha felicidad. 

¿Qué planes tenés para el futuro? 

Quiero contar la historia de Billy the Kid y hacer un ciclo de Repo Man. 

¿Vendrías a filmar a la Argentina? 

Por supuesto. Cuando quieras. ¿Qué propuestas hay? Si me traen un buen guión siempre estoy abierto. 

En una escena de la película Walker, el protagonista y sus hombres se cruzan con un pintor británico que está retratando el paisaje de Nicaragua. El pintor les pregunta: “¿Por qué están aquí?”, y los hombres responden: “Estamos liberando el país en nombre de la democracia”. “Son muy peculiares”, dice el pintor, “deben ser norteamericanos”. Al final de la película el pintor es uno de los pocos que se salva al subir al helicóptero. Quizás el artista pueda contar lo que ocurrió allí y transformar la realidad. Que el arte es revolucionario y provocador es algo que, sin duda, Alex Cox sabe mejor que nadie.

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