Biblioteca Pública de Chicago (Fuente).

Hubo una época en la que se consideraba que leer en la cama podía resultar perjudicial para el cuerpo y el alma. Pero no ha sido este el único peligro asociado a los libros a lo largo de la historia. El 12 de septiembre de 1895 murió de tuberculosis en Nebraska una mujer llamada Jessie Allan. Allan trabajaba en la Biblioteca Pública de Omaha y según los informes su muerte se produjo en unas circunstancias un tanto dudosas. Según se empezó a comentar, era posible que su enfermedad pudiera provenir de un libro. A raíz del caso de Allan, el Library Journal, publicado por la American Librarians Association en octubre de 1895, planteó la posibilidad de que se pudieran producir infecciones de enfermedades contagiosas a través de libros de la biblioteca.

La muerte de Allan ocurrió durante lo que se conoció como el «gran pánico del libro». Ese miedo, ahora ya olvidado, se generó a finales del siglo XIX y principios del XX y se basaba en la creencia de que los libros prestados de las bibliotecas contenían gérmenes que podían propagar enfermedades mortales. El propio Library Journal aconsejaba que aunque los bacilos acecharan en los lugares más insospechados, convenía no exagerar el peligro de los libros para que no cundiera el pánico. Pero el pánico sí cundió, especialmente entre bibliotecarios, que temían que el miedo a los libros prestados aumentara y esto afectara a las bibliotecas públicas, en un momento en el que el interés hacia este tipo de instituciones estaba creciendo.

En un artículo de 1988 titulado «Libros como portadores de enfermedades, 1880-1920», el académico Gerald S. Greenberg señalaba a los libros prestados como fuente de epidemias, entre las que se incluían la tuberculosis, la viruela o la escarlatina, en zonas urbanas de Estados Unidos y Gran Bretaña. Cuando las bibliotecas públicas eran todavía una institución relativamente nueva, la posibilidad de que una persona enferma hubiera estado usando un libro que después cayera en manos de alguien sano era algo preocupante. Según Greenberg, simplemente inhalar el polvo de los libros era peligroso. Incluso, añadía, era posible contraer cáncer al entrar en contacto con el tejido maligno de las páginas.

Para una población que ya tenía miedo de las enfermedades mortales, la idea de que los libros de la biblioteca, que pasaban de mano en mano, estuvieran contaminados se convirtió en una importante fuente de ansiedad. El punto álgido del pánico se alcanzó en el verano de 1879. La gente comenzó a consultar a bibliotecarios si era posible que los libros prestados contagiaran enfermedades y empezaron a surgir médicos que defendían esta idea.

En Gran Bretaña se elaboró una Ley de Salud Pública en 1875 que, aunque no se refería específicamente a los libros, sí pretendía afrontar el problema, prohibiendo prestar ropa de cama y otras pertenencias que hubieran estado expuestas a infecciones. En 1907 la ley se actualizó con una referencia explícita a los libros prestados: a las personas sospechosas de tener una enfermedad infecciosa se les prohibió pedir prestado, prestar o devolver libros de cualquier biblioteca, con multas de hasta cuarenta chelines, equivalentes a casi doscientos euros de hoy en día. En Estados Unidos la legislación para prevenir la propagación de epidemias a través del préstamo de libros se dejó a cargo de cada estado.

Como solución, se esperaba que las bibliotecas desinfectaran aquellos libros sospechosos de portar enfermedades. Se usaron numerosos métodos para desinfectar libros, incluyendo mantenerlos en vapor de fenol cristalizado o esterilizarlos con una solución de formaldehído. Para probar el peligro de contraer enfermedades un tal William R. Reinick expuso a cuarenta conejillos de indias a páginas de libros contaminados, un experimento que acabó con la muerte de todos. Incluso se llegó a experimentar con monos a los que se les dio leche en la que se habían disuelto páginas supuestamente contaminadas. Todos estos extravagantes experimentos llegaron a las mismas conclusiones: aunque el peligro de infección fuera pequeño, no podía descartarse por completo.

Sala de lectura de la Biblioteca Pública de Nueva York (Fuente).

La prensa también se hizo eco de esta preocupación. El Chicago Daily Tribune mencionaba la posibilidad de contagiarse con libros prestados el 29 de junio de 1879. El Perrysburg Journal, de Ohio, advertía el 12 de noviembre de 1886 la necesidad de retirar los libros en las habitaciones de los enfermos. Ocho días después, otro periódico de Ohio, The Ohio Democrat, señaló abiertamente a las bibliotecas como las culpables de una infección de escarlatina, por no haber desinfectado los libros de forma adecuada.

Estas noticias hicieron que el miedo se intensificara y que se llegara a una fobia extrema. En enero del año 1900, en Scranton, Pennsylvania, se ordenó a las bibliotecas que dejaran de prestar libros para prevenir la propagación de la escarlatina. El uso de productos químicos para esterilizar libros se hizo más común, a pesar de que también se pensaba que tales prácticas dañaban los ejemplares. Pero a pesar de que esterilizar los libros podía dañarlos, se puso sobre la mesa una solución todavía peor: el Western Massachusetts Library Club recomendó que los libros sospechosos de portar enfermedades debían quemarse en lugar de devolverse a las bibliotecas. Esta recomendación se llevó a cabo tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos y se incineraron libros para prevenir la propagación de enfermedades. Las recomendaciones de los médicos de que se quemen libros contaminados incluso aparecieron en el Library Journal.

Por suerte, triunfó el sentido común. La gente comenzó a preguntarse si, llevados por el pánico, no se había exagerado el peligro de los libros prestados. Al fin y al cabo, los bibliotecarios, que eran quienes más expuestos estaban a los libros, no tenían una tasa de mortalidad especialmente alta.

En Nueva York, los intentos por desinfectar libros en masa durante la primavera de 1914 fueron descartados ante la negativa de la Biblioteca Pública de Nueva York. En otros lugares, el pánico también comenzó a disminuir. En Gran Bretaña, un nuevo experimento demostraba las escasas posibilidad de contraer enfermedades por libros prestados. El pánico iba llegando a su fin y los libros que se pensaba que estaban infectados comenzaron a prestarse de nuevo.

Tras el «gran pánico del libro» no solo había un temor real por las infecciones sino también una aversión hacia el concepto mismo de biblioteca pública. El acceso fácil y rápido a la información, a libros que podían verse como obscenos o subversivos, avivaron el fuego del odio hacia estas instituciones y muchos de sus enemigos no dudaron en alimentar ese miedo. Incluso cuando el pánico disminuyó, la idea de que los libros podían propagar enfermedades persistió algún tiempo. Todavía el 21 de febrero de 1913, el periódico Highland Recorder, de Virginia, declaró que los libros de la biblioteca pública podían contagiar la escarlatina. Al igual que había ocurrido con la idea de que leer en la cama fuera perjudicial, ese pensamiento se basaba en la creencia de que la lectura en sí podía ser dañina tanto para el cuerpo como para el alma.

Fuente: Smithsonian.

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