Homer y Langley de E.L. Doctorow

Los hermanos Collyer se convirtieron en toda una sensación en el Nueva York de la primera mitad del siglo XX. El 21 de marzo de 1947, la policía irrumpió en la vieja casa en ruinas de la Quinta Avenida, donde vivían, y halló el cuerpo sin vida de uno de ellos, Homer. Hijo ciego de un rico ginecólogo de Manhattan, había muerto, a los 70 años, de desnutrición. Vestido solo con una vieja bata, su demacrado cuerpo se sentó encajado en un hueco, rodeado por todos lados de montañas de basura. Fue necesario sacar ciento cincuenta toneladas de deshechos, entre los que se incluían diez relojes, catorce pianos de cola, un coche Modelo-T Ford completo, un esqueleto, o cientos de pilas de libros y periódicos, para encontrar el cadáver del hermano de Homer, Langley, solo a unos metros de distancia, aprisionado en una trampa para intrusos. A pesar de estar relativamente juntos, entre el descubrimiento del primer y del segundo cadáver pasaron dos semanas.

Los Collyer se habían hecho célebres en toda Nueva York no solo por su colección de basuras sino también por sus batallas por negarse a pagar sus facturas. Langley sintía que no podía ser libre si se sometía a presiones externas. Además, se había vuelto paranoico, creyendo que los ladrones entrarían a su casa a robarle su «colección», así que puso trampas por toda la casa. Caer en una de ellas era lo que había precipitado la muerta, y con ella la de su hermano, que completamente sordo y ciego a esas alturas, dependía por completo de él para sobrevivir.

En 2009 E.L. Doctorow decidió tomar esta historia, la de los hermanos Collyer, para reelaborarla en clave de ficción y narrarla desde un punto de vista que suponía un reto, el de Homer, el hermano ciego y sordo. «Soy Homer, el hermano ciego», reza la frase que da comienzo a estas memorias ficticias. La historia sería, entonces, un borrador redactado con una máquina de escribir en braille que Homer utilizó en sus últimos días, mientras analizaba mirando hacia atrás, con cariño y algo de arrepentimiento, los acontecimientos más importantes de su vida.

Después de que sus padres murieron como consecuencia de la gripe española, Langley, que por aquel entonces ya estaba bastante afectado tras haber participado en la Primera Guerra Mundial, se hace cargo del hogar famliar, asumiendo una autoridad que Homer acepta sin cuestionar. El propio Homer reconoce que su hermano tiene una visión muy particular del mundo, una que va incorporando la cleptomanía y el síndrome de Diógenes como forma de vida. Langley va trayendo a casa todo lo que le llama la atención, desde una pila de periódicos hasta un piano, pasando por una estatua de bronce, una tostadora, un ordenador del tamaño de un frigorífico o un coche Modelo T Ford. De esta forma, adquisición tras adquisición, muchas de ellas productos del capricho o de la moda, la casa se va llenando de trastos innecesarios, convirtiéndose en una especie de banco de la memoria de un siglo, el XX, que cambia a una velocidad inusitada. Todo ello en pos del gran proyecto de Langley, que era crear un periódico que contenga toda la variabilidad posible de noticias y eventos y que, por tanto, sea válido para cualquier día ‒se entiende que tal periódico debía contener, sin duda, sus muertes‒.

Los hermanos Collyer aparecen acompañados en su desatino por una galería de personajes que no les van a la zaga: la abuela Robileaux, una ama de llaves negra de Nueva Orleans, y su nieto, músico de jazz; el señor y la señora Hoshiyama, una pareja japonesa que recuerdan a Marie Kondo; un grupo de jóvenes entre hippies y okupas; e incluso un mafioso que llega a usar la casa de los Collyer como escondite. La mayor parte de ellos son caricaturas simples, clichés que sirven como único nexo de unión entre el interior de la casa y el cambiante mundo exterior.

Doctorow muestra cómo cada década deja una huella distinta en los hermanos, convirtiéndolos en reflejo de los tiempos cambiantes que viven los Estados Unidos. Pasarán de relacionarse con bandas de mafiosos durante la época de la prohibición a organizar bailes durante la depresión o a dejarse crecer el pelo y llevar ropas andrajosas en la década de 1960. Es como si patria llamara a sus puertas y sus mensajeros entraran y salieran de la casa de los Collyer, probablemente para no volver.

En su etapa final los Collyers llevan una vida cada vez más impracticable, con la casa llena de basura e invadida por las ratas, Homer ciego y sordo, y Langley cada vez más paranoico. Su negativa a pagar las facturas les lleva a no tener agua corriente, calefacción o electrecidad. Se acaban aislando del mundo, Langley en su locura y Homer dentro de sí mismo. Escribir su historia sería la última forma de comunicarse con el mundo que le queda. Finalmente Doctorow nos empuja hacia el precipicio, con oraciones llenas de tristeza, miedo y melancolía. Homer se da cuenta, aunque no quiera admitirlo, de que su casa se ha convertido en una especie de mausoleo de la locura. La escritura, que tiene mucho de terapéutica, se convierte en la única forma de encontrar algo de orden entre tanto caos.

Al correr pareja la historia de Estados Unidos a la de los hermanos Collyers, se intuye que Doctorow ha querido convertir esta historia en una metáfora del siglo XX estadounidense, dando cuenta de los éxitos y fracasos ‒sobre todo de estos últimos‒ del país. Es como si Doctorow hubiera tomado toda la historia del siglo XX y la hubiera reducido a un montón de recuerdos polvorientos, amontonados unos sobre otros. Y, por qué no, la casa de los Collyers se perfila como una encarnación de la conciencia humana. En ese sentido, la locura de Langley y la incomunicación de Homer tienen más que decir de nosotros mismos de lo que pensamos.

Comentarios

comentarios