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Leer es un proceso mucho más complejo que abrir un libro por su primera página, ir avanzando desde el comienzo hacia adelante palabra a palabra, línea por línea, y repetir esta técnica página tras página, hasta llegar al final. No es suficiente con ir leyendo palabra tras palabra para asimilar su contenido, ni para retenerlo. La memoria es caprichosa y ocurre a menudo que más que el contenido de un libro recordamos su materialidad física ‒el tamaño, el color o la imagen de la cubierta‒, las circunstancias en que lo hemos leído ‒tumbados en la piscina, mientras estábamos de viaje‒ u otros detalles en apariencia insignificantes como quién nos lo regaló, cuánto nos costó o dónde lo compramos. En un artículo de The New Yorker titulado «La maldición de leer y olvidar» Ian Crouch habla de ese desagradable momento en el que, en medio de una conversación, hemos dicho que hemos leído un libro y nuestro interlocutor espera que digamos algo más de él aparte de que lo hemos leído, pero no somos capaces de hacer ningún comentario porque no lo recordamos en absoluto.

Esta embarazosa situación genera toda una serie de preguntas: ¿por qué olvidamos lo que leemos?, ¿es una cuestión de falta de atención?, ¿es que los libros que leo no me gustan?, ¿o es que directamente no me gusta leer? En realidad el olvido no es algo exclusivo de los libros ni del consumo de cultura. Para muchas personas es un suplicio que se repite con películas, series, conversaciones y hasta con personas. En un artículo publicado en The Atlantic Julie Beck, al hablar de esto, hace una comparación con llenar una bañera, sumergirte en ella y ver cómo el agua se escapa por el desagüe hasta no quedar nada.

El olvido, más que una limitación, es una de las claves del funcionamiento de la memoria. Según Faria Sana, profesora de psicología en la Universidad de Athabasca, Canadá, la memoria en general es mucho más limitada de lo que pensamos. Podríamos pensar en ella como si fuera el cuello de una botella. El punto más álgido de la llamada «curva del olvido» se produce durante las primeras veinticuatro horas después de haber aprendido algo. Podemos olvidar más o menos, pero gran parte de eso que se olvida se va durante el primer día, para continuar olvidando pequeños fragmentos de información en los días posteriores, hasta quedarse con la bañera vacía de la que hablaba Julie Beck.

Hasta aquí no hay mucho que objetar, porque este es el funcionamiento normal de la memoria. Sin embargo, para Jared Horvath, investigador de la Universidad de Melbourne, la manera en que la Internet ha hecho que la gente consuma información y entretenimiento ha cambiado en gran medida la forma en la que usan su memoria. En la era digital la capacidad para recordar se ha vuelto algo menos necesario, salvo que se quiera ganar una partida al Trivial o cosas por el estilo. La conciencia que se tiene, dice Horvath, es que «siempre que se sepa dónde está una información y cómo acceder a ella realmente no es necesario recordarla». Como demostró un estudio, cuando las personas saben que tienen acceso a una información en cualquier momento, las tasas de recuperación de esa información son mucho más bajas. Casi se podría decir que Internet funciona como una especie de memoria externa que nos ha permitido vaciar la nuestra. No hay que llevarse las manos a la cabeza por esto. Un simple libro puede funcionar como memoria externa. Cuando sabemos que un dato está en un libro y que podemos acceder a él en cualquier momento no sentimos tanta necesidad de recordarlo. Lo que ha hecho Internet, con servicios como Wikipedia, que ponen una gran cantidad de información al alcance de la mano con enorme facilidad y rapidez, ha sido extremar la sensación de que no es necesario recordar la cultura que consumimos.

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Consciente de ello ya en el siglo IV a.C., Platón se refiere al uso de la palabra escrita en un diálogo entre Sócrates y Fedro en el que advierte que alentará el olvido porque hará que se confíe en caracteres escritos externos y no en la memoria ‒paradójicamente, solo conocemos las palabras de Platón porque fueron escritas‒. Si Sócrates rehuía de la escritura era porque creía que mataba la memoria y aunque en parte tiene razón, comenta Horvath, este es un mal menor si lo ponemos en una balanza junto con todas las cosas que nos ha aportado la escritura. Ahí está precisamente la clave de lo que supone Internet a la memoria: el acceso y consumo de una cantidad de información y entretenimiento sin precedentes debería compensar un uso más deficiente de la memoria.

Para demostrar que en muchas ocasiones tratamos de meternos en la cabeza más información de la que podemos demostrar Horvath y sus equipo de la Universidad de Melbourne llevaron a cabo un estudio en el que descubrieron que aquellos que ven muchos capítulos seguidos de una serie de televisión tienden a olvidarla mucho antes y más rápido que las personas que ven un solo capítulo a la semana. Sí, justo después de terminar la serie las personas que la habían visto de golpe obtenían la puntuación más alta en un cuestionario sobre su contenido, pero ciento cuarenta días más tarde la puntuación tendía a bajar por debajo de los niveles obtenidos por aquellos que veían un capítulo semanal. Así mismo, tendían a comentar que disfrutaban de la serie menos que las personas que la veían una vez a la semana.

Como decía al principio, leer es una experiencia mucho más compleja de lo que podría parecer a primera vista. Incluso aunque no las lea todas, cada persona se encuentra en su día a día decenas de miles de palabras escritas. El tipo de lectura más común es el que hacemos en Internet, ya sea como forma de ocio o para obtener algún tipo de información. El problema es que para que esa información se convierta en conocimiento es necesario que se adhiera. Lo único que conseguimos con la lectura compulsiva y consumista es un chute satisfactorio y momentáneo, y la sensación de que queremos más. Es por eso que, como defiende Nicholas Carr en su ensayo Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, Internet ha cambiado de forma sustancial la manera en la que leemos en general, y leemos libros en particular.

Lo que nos enseña el estudio de Horvath es que los atracones de lectura no son buenos para la memoria. Si se lee un libro a un ritmo de un capítulo diario en lugar de leerlo de golpe se obliga a la memoria cada día a hacer el esfuerzo de volver al punto en que dejó la lectura, a la vez que toda la historia completa se va recordando durante todo ese tiempo. En cambio, si se lee un libro de un tirón no llevaremos a cabo ese acto de volver a procesarlo una y otra vez. A no ser, como dice Crouch, que pongamos en práctica la relectura, otra buena manera de volver a traer a la superficie un libro.

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Faria Sana advierte que cuando leemos tenemos la sensación de que estamos asimilando la información y de que podremos agruparla y colocarla sin problema en alguna de las estanterías de nuestro cerebro. Pero en realidad esa información no perdura a menos que se ponga concentración, esfuerzo, y que se apliquen una serie de estrategias para fomentar el uso de la memoria. Básicamente, los pilares de la memoria son la impresión, la asociación y la repetición. La lectura en voz alta puede ser un buen apoyo para la impresión; también conviene conectar lo que leemos con algo que ya conocemos previamente; por último, la relectura puede ser una buena manera de acabar de fijar detalles. Ese es el tipo de lectura que se hace cuando se estudia o cuando se lee de forma analítica, pero no es la lectura que se suele hacer cuando se lee por ocio. Eso explica por qué desde hace más una década tomo notas sistemáticamente de todos los libros que leo, y por qué culmino su lectura redactando siempre una reseña. Cada una de esas reseñas son la memoria externa que me garantiza que algo del libro, que de otra manera se hubiera perdido o se hubiera vuelto borroso, quede dentro de mí.

En 1940, el filósofo estadounidense Mortimer Adler publicó Cómo leer un libro, donde explicaba cómo sacar el máximo provecho a los Grandes Libros de la historia de la humanidad, un proyecto en el que él participó con Robert Hutchins, de la Universidad de Chicago, y que consistía en la elaboración de un canon de las obras más importantes de la literatura occidental. En su libro, Adler daba varios consejos para hacer una lectura crítica y analítica de los libros, y para recordar buena parte de lo que leyéramos en ellos. Además, el filósofo explicaba que existen cuatro niveles de lectura diferentes y acumulativos, desde lo más general y superficial a lo más profundo: elemental, de inspección, analítico y sintópico. El primer nivel es una toma de contacto con el libro; en el segundo nivel se extrae toda la información fundamental del libro; en el tercer nivel se hace una lectura más sistemática, subrayando pasajes y tomando notas y apuntes; en el último nivel se hace una lectura comparada del libro, se busca ua terminología común con otros libros leídos, buscando todo lo más relevante.

La concentración es clave en los últimos tipos de lectura, y no podemos obviar que esta depende en muchos casos de factores externos y ambientales, desde estar relajados para comprender y memorizar mejor lo que se lee hasta cambiar de habitación o de postura para que nuestro cerebro no se acomode. Tenemos que crear las condiciones ideales para ponernos a leer. Por norma general, la luz natural fatiga menos o se lee mejor sentado, aunque es importante que cada lector busque sus condiciones óptimas ‒hay quien puede leer con un ruido desesperante‒.

Pero incluso aunque no se apliquen esos consejos, no significa que la bañera esté completamente vacía. La memoria es caprichosa e injusta y en muchas ocasiones fragmentos de información deambulan por nuestro cerebro, aparentemente inaccesibles pero al acecho, hasta que una señal inesperada los devuelve a la superficie. Muchos de esos datos emergen por asociación, lo que explica que recordemos más el aspecto físico de un libro o dónde lo leímos que su contenido. «La lectura tiene muchas facetas, una de las cuales puede ser la mezcla de pensamiento y emoción, indescriptible y naturalmente fugaz, y las manipulaciones sensoriales que ocurren en el momento y que luego se desvanecen», comenta Crouch. «¿Cuánto de lectura, entonces, es solo una especie de narcisismo, un marcador de quién eras y de qué estabas pensando cuando te topaste con un texto?», continúa. Sea una cuestión de narcisismo o no, los libros ‒y las películas, las seres o las conversaciones‒ no son archivos que se cargan en una biblioteca en nuestro cerebro y que podemos acceder cuando nos venga bien. Como dice Julie Beck, «son parte del tapiz de la vida, entretejidos con todo lo demás». Es por eso que, aunque hay algunas formas de evitar que ocurra, cuando pasa hay que aceptarlo como parte del funcionamiento de nuestra memoria.

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