Herman Hesse (Fuente).

En el género que los historiadores y críticos de la literatura denominaron Bildungsroman (vocablo alemán que podría traducirse por novela de aprendizaje, de crecimiento o de formación), Hermann Hesse ocupa un lugar destacado. Sus novelas se centran en el trabajoso, contradictorio, y muchas veces doloroso proceso de desarrollo personal de los protagonistas. “Quien quiere nacer tiene que destruir un mundo”, es una muy mencionada frase de Demian, quizá la obra más conocida del autor alemán.

En la narrativa de Hesse dos mundos se muestran en permanente tensión. Por un lado, un mundo burgués del dinero, el trabajo, las especulaciones y los compromisos sociales; por el otro, un mundo espiritual, más sereno, dedicado al perfeccionamiento intelectual, más atento a las dimensiones internas de los seres humanos y más conectado con la naturaleza. Al mismo tiempo esos mundos se intersectan, se espían, se mantienen pendientes uno del otro. En Demian, Franz Kromer observa, con resentimiento pero también con intriga, la vida de Emile Sinclair, mientras éste alardea de hazañas callejeras para impactar a su contrincante. En El juego de abalorios el espiritual y estudioso Josef Knecht, y el burgués y mundano Plinio Designori, discuten con apasionamiento pero al mismo tiempo con mutua admiración. En Narciso y Goldmundo, los protagonistas tejen una rica amistad, aún cuando el primero busca el recogimiento y la soledad de la vida monástica, en tanto que el segundo desea vagar sin rumbo. Cada uno de los mundos tiene aspectos que seducen y atraen a los atribulados personajes de Hesse, quienes muchas veces intentan conciliar, compaginar, esos mundos contrapuestos.

Amigos, compañeros, amantes o rivales ponen a prueba las convicciones de los personajes de Hesse, quienes enfrentan circunstancias angustiosas mientras avanzan con pasos inseguros a través de caminos brumosos. El desalmado Kromer atormenta al tímido Sinclair; el huraño Harry Haller (protagonista de la célebre El lobo estepario) se ve seducido por Amanda; el intelectual Knecht encuentra en el mundano Designori un rival de fuste. Al mismo tiempo, esos personajes hallan mentores que los ayudan, los rescatan o les proporcionan nuevos puntos de vista: es lo que hacen, por ejemplo, el Magister Musicae con Knecht, y Demian con Sinclair.

La transformación de los personajes, intensa, dolorosa y a menudo angustiante, no consiste en una adaptación a un orden de cosas, sino que se expresa como un desarrollo interior, evidenciado en el despliegue de nuevas capacidades adquiridas a través del conflicto con el mundo exterior. Más que redescubrirse, lo que los personajes hacen es reinventarse. De allí que esta clase de novelas sean consideradas Bildungsromane.

Pero la evolución que experimentan, por ejemplo, Emile Sinclair o Josef Knecht, no parece estar al alcance de cualquiera. La vida o el destino depositan un aura de elegidos en los personajes de Hesse, claramente distintos del resto del mundo. Si el maestro de música elige a Knecht como discípulo, si la Orden del Juego de Abalorios le encarga misiones diplomáticas más adelante, es por las singulares cualidades que distinguen al protagonista. Por momentos, la escritura de Hesse deja entrever un apenas velado desprecio hacia la sociedad de masas que ha producido el capitalismo industrial.

Extraños en el mundo puramente sensorial de los placeres mundanos, provistos de tareas que cumplir, los personajes de Hesse repudian el hedonismo y la despreocupación. En ocasiones, aceptan la muerte y el sacrificio, emulando héroes románticos. Tal el caso de Max Demian, quien entiende que debe enrolarse en el ejército para participar de una guerra que se perfila como la más mortífera de las que se tenga memoria.

Como Henri Barbusse con su novela El fuego, Hesse es uno más de los escritores que pone en escena la crisis del ideal de progreso que había atravesado casi todo el siglo XIX, y que la guerra mundial de 1914-1918 convierte en escombros. Para ello, Hesse recurre a un orientalismo que de ninguna manera debe confundirse con la mirada de superioridad racial que acompañó al colonialismo europeo decimonónico. Se trata más bien del recurso de un escritor que, horrorizado ante la barbarie en que ha caído la civilización occidental, vuelve su mirada hacia otras tradiciones intelectuales y culturales. Así por ejemplo, en El juego de abalorios su protagonista consulta el I Ching mientras estudia el idioma chino. En Demian aparece Abraxas, una poco conocida divinidad del Cercano Oriente, que representaba la conjunción del bien y el mal. El orientalismo de Hesse no puede atribuirse a sus viajes por India y China en 1911, pues el escritor ya estaba en contacto con las filosofías orientales antes de hacer ese periplo.

El apoliticismo que algunos encuentran en Hesse quizá sea sólo aparente. Ciertamente, el escritor alemán consideraba que la política y la preocupación por la humanidad eran antitéticas e inconciliables. Pero su rechazo tanto al nazismo como al comunismo de su época constituía ya una toma de posición. Se ha dicho que era pacifista, pero quizá sería más justo decir que siempre se mostró visiblemente preocupado, cuando no atormentado, por la capacidad destructiva de los seres humanos. En la década de los sesenta del siglo XX la popularidad de Hesse creció, cuando el movimiento hippie por entonces en boga encontró en él un inspirador para su impugnación de las pautas de vida de la sociedad industrializada de la segunda posguerra.

Hay quienes han querido ver en Hermann Hesse un escritor para jóvenes confundidos, melancólicos o introspectivos. Esa perspectiva quizá no le haga justicia. Lo que Hesse escribió resultará perenne, y aún insoslayable, en tanto subsista una sociedad mercantilizada, competitiva, destructiva, que no deje espacio para la serenidad, la paz, el recogimiento, el diálogo interno y los vínculos sanos con el prójimo.

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