Los amores de un bibliómano de Eugene Field

Si bibliófilo es aquel que ama los libros, el bibliómano sobrepasa esa pasión con creces, ya sea haciéndose con los libros más raros y exclusivos o acumulándolos en grandes cantidades. Eso sí, a diferencia de cualquier lector enamorado de los libros, el bibliómano, que en algunos momentos de la historia llegó a considerarse un enfermo, actúa más guiado por una especie de coleccionismo compulsivo que siente los libros como fetiche que por un amor sincero hacia su contenido. Miguel Albero es uno de los que analiza bien ambas categorías de amantes de los libros en su ensayo Enfermos del libro. Hay muchos tipos de coleccionistas de libros, pero pueden agruparse en tres clases: los que coleccionan por vanidad, los que lo hacen para aprender y los que coleccionan por ; veneración y amor por los libros. No es infrecuente que los hombres que comienzan a coleccionar libros simplemente para satisfacer su vanidad personal acaben tan enamorados en la búsqueda que se conviertan en coleccionistas en el mejor sentido.

Hecha esta aclaración previa, después de echar un rápido vistazo a Los amores de un bibliómano de Eugene Field uno no puede dejar de pensar que el hecho de que en el título de un libro aparezcan las palabras «amores» y «bibliómano» parece la combinación ganadora para un amante de los libros. Pero, ¿hasta qué punto lo es?

Eugene Field fue un escritor estadounidense del siglo XVIII, recordado sobre todo por sus ensayos humorísticos y su poesía para niños ‒de hecho, es conocido como «el poeta de la infancia»‒, pero sobre todo es un amante de los libros. Sobre él su hermano escribió: «Era un infatigable coleccionista de libros, y poseía una biblioteca tan valiosa como interesante, que contenía volúmenes obtenidos solo a costa de gran sacrificio personal, así que comprendía perfectamente ese trastorno llamado bibliomanía, y conocía el aspecto medio trágico, medio humorístico de esta incurable enfermedad». Así que sí, este señor sabía sobre lo que escribía. En ese sentido, Los amores de un bibliómano habría que leerlo como una especie de relato autobiográfico en el que el autor nos presenta a un personaje ficticio, un bibliómano, que tiene mucho de sí mismo.

Y cómo no sentir cierta simpatía hacia quien dice algo como «libros, libros, libros, dame cada vez más libros, porque ellos son los ataúdes donde encontramos las expresiones inmortales de la humanidad», o como «en cuanto a mí, nunca me voy de casa y no me llevo un montón de libros, porque la experiencia me ha enseñado que no hay mejor compañía que la de estos amigos». Cómo no sentirse hermanado con alguien que recita estos versos: «Mejores que los hombres y las mujeres, amigo, / que son polvo, aunque amados en lo bueno y en lo malo, / son los libros que sus ingeniosas manos han escrito, / pues aunque ellos se van, los libros permanecen. / A través de ellos nos dan lo mejor que tenían / en el corazón amoroso y la noble mente. / Sus espléndidas almas serenas / para siempre a la humanidad pertenecen. / Cuando otros le fallan, el hombre sabio busca / la segura compañía de los libros». Al leer esto uno siente que está ante un espíritu afín, un compañero bibliómano, o cuanto menos bibliófilo, y lo mismo da que el objeto de su pasión sean los buenos volúmenes, de lujosas encuadernaciones, de siglos de antigüedad o las primeras ediciones de bolsillo de los autores del boom hispanoamericano. Uno siente que todos los bibliómanos están hechos de la misma pasta, aunque haya variaciones sobre el objeto del deseo.

¿Qué podría salir mal, entonces? Al principio, pensé que el libro trataría sobre el propio Field y sobre los libros que había amado durante toda su vida, pero pronto es evidente que el libro es más bien una sátira, supuestamente escrita por un caballero de más de setenta años, que mira hacia atrás a su vida como coleccionista de libros. A partir de ahí trata cuestiones tan variopintas como ¿cómo se inició en el pasatiempo?, ¿qué ha aprendido sobre la gente, específicamente sobre los libreros, durante ese tiempo?, o ¿por qué el hecho de ser calvo es un signo de inteligencia?

Los primeros capítulos no están demasiado mal, porque la colección de ensayos de Field comienza de manera bastante general, con el amor hacia los libros de las frases citadas, pero a medida que avanza, una vez que el narrador crece y se va a Europa después de que su abuela fallezca, el foco de interés va siendo cada vez más específico y es difícil mantener el interés. Pasa de describir cosas como su primer amor hacia un libro ‒un New England Primer cuando tenía siete años‒ o su segundo amor ‒Robinson Crusoe a los trece años‒ a la pesca ‒a través del libro de Walton sobre el tema‒ o a explicar las razones de por qué su hermana pensaba que estaba perdiendo el pelo.

Quizás el mismo Field se dio cuenta de lo aburrido que se estaba volviendo el libro y al comenzar el capítulo X, a la mitad de la obra, dice: «El jardín por el que voy vagando tiene tantos desvíos que me atraen, que captan mi atención y que me inspiran recuerdos, que me resulta muy difícil hablar de sus bondades de forma metódica. Voy deambulando arriba y abajo, acá y acullá de un modo tan irreflexivo que me maravilla que no me hayan abandonado ustedes como al más irracional de los locos». ¡Y cuánta razón tenía Field! Llega un momento en el que la lectura aporta tan poco que se puede hojear el libro sin la sensación de estar perdiéndose algo realmente valioso. Una verdadera pena para un título que prometía tanto.

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