Cuando di el paso del colegio al instituto (3º de la ESO, por algún motivo) me hicieron elegir entre seguir cursando francés o no hacerlo. Mi perezosa mente eligió la segunda opción, lo que me llevó de bruces a una clase con 11 repetidores (de 25), de los cuales tres eran conflictivos. El primer día quedó patente que dar clase en semejante ambiente iba a ser, como poco, complicado.

La fortuna ha hecho que hoy se hable de segregaciones sociales entre colegios públicos, y heme aquí para aportar un ejemplo más de segregación en el propio centro. Aquella tarde lloré a mi padre para que fuese a reunirse con la directora. Se me iba el futuro en ello. Tres días después me había alejado de la crème de la crème y aprendía, por tercera vez, el verbo être, sin frutos.

El idioma, ¿fractura de clase?

la importancia del idioma segregacion

No diré que aprendí francés. Es más, ni lo hablo ni lo entiendo. Pero sí diré que aquella elección de idiomas dividía en dos las cuatro aulas de 3º de la ESO de aquel instituto público de Carabanchel. De la clase C salté a la A al reconsiderar el idioma, y el cambio de ambiente resultó como poco chocante. En el aula A los alumnos permanecían en sus asientos y escuchaban a los profesores.

Los alumnos de las aulas B, C y D no habían elegido francés, pero estaban absolutamente estratificados, casi como si alguien hubiese ido cribando alumnos en base a su capacidad para prestar atención de más a menos. Algunos conocidos me dicen que en la B se escuchaba al profesor.

En la C había risas, insultos y alumnos levantados cada pocos minutos. Malas notas, poca motivación. La D era harina de otro costal, una suerte de desagüe donde caían aquellos que aún no habían cumplido los 16 años y que no pretenden estudiar. Eran, a falta de una expresión mejor, futuros caldo de cultivo para la pobreza o delincuencia.

Ojalá no hubiese tenido razón, pero con la privilegiada perspectiva que otorga el presente miro atrás y considero la elección del tercer idioma (se suponía que iba encaminado también a inglés, já) me ayudó a evitar caer en la droga, meterme en peleas o incluso perder la vida. Son ejemplos reales.

“Lo hice por la pasta”

Apenas tenía 14 años y poco sabía del sistema educativo o laboral. Pero entendía que quedarme en el aula D iba a ser dilapidar mi futuro o, como poco, ponérmelo muy difícil debido a mis poco colaborativos compañeros. En su lugar tuve la fortuna de admisión de cambio de aula y aterricé en una maravillosa clase.

Lo admito, era una clase repleta de nerds o cerebritos. ¿Qué tipo de alumno renegaba del recreo y robaba la llave del aula para atrincherarse en ella a estudiar? Los del A. También son los mismos que casi dos décadas más tarde tienen un mínimo de formación profesional, universitaria o máster.

Y me atrevo a decir, cotejando algunas experiencias recientes con reuniones a pie de calle, que son los que más ingresan. Me gustaría sacar pecho y decir “Lo hice por la pasta”, como si en aquel momento hubiese tenido una bola de cristal capaz de ver el futuro. No la tenía, pero el ambiente no olía bien.

Un par de años después fui completamente ignorante sobre la publicación del estudio que Albert Sainz y Elena Zoido publicaban acerca del nivel de renta y bilingüismo. Por lo visto estudiar un segundo idioma aumenta está ligado a niveles de ingresos que rondan el 10% y el 20%, según el idioma.

Crítica personal y al sistema educativo

¿Debería haberme quedado en el aula C a costa de mi futuro? En el estupendo reportaje de El País Borja Andrino, Daniele Grasso y Kiko Llaneras hablan de cómo hay barreras de clases entre centros. Ni siquiera todos los públicos son iguales. Los padres eligen y los niños se estratifican en base a sus estudios, y esto se critica porque se forman guetos. Nadie quiere que a sus hijos les vaya mal.

Los padres con estudios eligen centros determinados, aumentando la presión y rodeando a sus hijos de hijos de padres con estudios. Bastan un par de años para que se corra el rumor (esta vez cierto) de que el otro centro es conflictivo. Cuando yo era pequeño no cabía cambiar de colegio, por lo que pasé la mitad de la ESO en el mismo patio en el que cursé preescolar.

Con 14 años tome una decisión hoy considerada clasista: opté por un idioma que me importaba un bledo con tal de escindirme de compañeros de baja compañía. Y volvería a hacerlo, debido principalmente a la alta concentración de jóvenes sin perspectivas de futuro. Que no las perseguían, vaya, y no las han encontrado.

Mientras el sistema educativo catalogue a los alumnos en base a estos sistemas estancos y compartimentados, seguirá habiendo padres o alumnos que decidan cambiarse para evitar altas concentraciones de desatención, notitas en mitad de clase o falta de respeto al profesor.

Imágenes | Thomas Kelley

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