La verdadera ciencia ficción siempre debería tener presente su faceta punk (el lector puede elegir: cyberpunk, steampunk, biopunk…), pero a menudo los autores se pierden en la ornamentación de la primera raíz de la palabra y se olvidan casi por completo de la segunda. Los grandes, como Ian Watson, pueden relacionar en una misma novela el contacto alienígena que explore la paradoja de Fermi, con una reflexión sobre el lenguaje en Chomsky y no despeinarse en introducir una trama más o menos política con sexo y drogas alucinógenas. Y muy pocos, que esto quede claro, lograrían dar al mundo algo más que un pastiche de lúbricas fantasías.

Menos mal que existe Incrustados.

Una tentativa de una sinopsis para esta obra podría ser la del contacto de la humanidad con razas de otro mundo y el intercambio lingüístico entre estos. Pero también podría ser la historia de una tribu perdida del Amazonas que inventa una gramática universal a través de la “incrustación” cerebral y las consecuencias que tiene que su descubrimiento se conozca en las potencias mundiales. Aunque también podría ser la historia de un hombre que lucha por el conocimiento mientras rehuye de la moral. Y también es una desgarradora historia sobre una sociedad tan inteligente y racional que cae presa de un amor desaforado y tóxico por algo parecido a Dios.

Uno ha leído algo ya en su vida e incluso aspira a escribir ciencia ficción, pero me conmueve encontrarme con obras que me quitan la osadía y prepotencia de creer que ya he leído lo suficiente como para conocerme los trucos. La literatura es un continuo aprendizaje, ya seas autor o lector o ambas, y la novela que nos ocupa ha sabido tocar algunos resortes exactos como para que los cuarenta años de diferencia que nos separan de su publicación original no hayan logrado borrar su vigencia. Gigamesh se ha encargado de reeditar dos novelas de Watson (previamente editadas en un volumen enorme titulado Watsonianas) que se anclan en la ciencia ficción atípica, experimental, reivindicativa y rabiosamente imaginativa. Orgasmatón, la primera de esta, ya me resultó sublime por su falta de tacto en tocar temas tan actuales… hace décadas. Pero es que Incrustados es la base de otras muchas obras de ciencia ficción absolutamente recientes. Y es que uno no puede leer sobre contacto extraterrestre y formas de comunicación y lingüística entre especies sin que le venga a la mente Ted Chiang y, posteriormente, la película basada en su obra, La llegada. Claro que estos temas ya se encuentran en Incrustados. Del mismo modo, la reflexión acerca de la paradoja de Fermi y su posible fin, la parte, digamos, científica del asunto del viaje interestelar que tan profundamente explora Cixin Liu en su trilogía de los tres cuerpos… ya se encuentra en Incrustados.

Esta novela ganadora del Apollo Price y publicada originalmente en 1973 (The Embedding) se reedita ahora en bolsillo, a precio de risa, con una magnífica portada de Enrique Corominas, nueva traducción de Carlos Abreu y la promesa de encontrarse, quizás, ante una de las más importantes novelas de ciencia ficción. Al menos, así la he leído yo. En Incrustados he vuelto a sentirme pequeño, muy pequeño, ante una lectura. Lo mismo que sentí al leer Fundación de Asimov, o Hyperion de Simmons, El Vivo de Starobinets… Incrustados combina diferentes tramas con soltura, pero también ahonda en temas tan profundos sobre la sociedad, el colonialismo, la esencia misma del lenguaje… Pasa de una novela de contacto con aliens a una narración sobre una tribu perdida en la Amazonia, a un thriller político sobre las consecuencias del intercambio cultural entre especies. Y lo hace con la soltura de los que saben. Incrustados es, a todas luces, uno de esos clásicos que pasaron desapercibidos para mí hasta que alguien se decidió a reeditarlo.

Y entonces, uno vuelve a recordar por qué le gusta leer género.

En lo que llevo leído de Ian Watson (menos de lo que me gustaría pero, como se puede apreciar, le estoy poniendo remedio) me he dado cuenta que su escritura no es para pusilánimes. Queda muy lejos (y, de alguna manera, muy cerca) de aquellos relatos casuales de invasiones, contactos, experimentos fallidos y demás de Weird Tales o similares. Hablamos de ciencia ficción hardcore, si al lector le gusta poner etiquetas, pero sobre todo de ciencia ficción profunda, reflexiva, que cuestiona todo, que pone en tela de juicio lo que hemos leído o lo que podemos dar por supuesto. Es decir, ciencia ficción punk en el más amplio sentido del término. Incrustados refleja quizás mejor que ninguna otra esta tendencia del género a cuestionarse el futuro a través del yo: del lugar que ocupamos en el universo, del que ocuparemos y de si acaso eso importa, enfrentado a lo inconmensurable del abismo. Tal vez no, tal vez no importe en absoluto. Mientras tanto uno cierra un libro de Ian Watson y se pregunta dónde está realmente ese futuro y si podremos acercarnos a él. Como lector, leer a Ian Watson es una puesta a punto y una revisión sobre lo que el género me había ofrecido ahora. Como autor, simplemente quisiera ser, de mayor, Ian Watson.

Por suerte o por desgracia, parece que no hay más que uno.

E Incrustados es uno de esos pocos, muy pocos, libros incontestables.

Ian Watson nación en el Reino Unido en 1943. Estudió en la universidad de Oxford 5 años y luego se dedicó a la enseñanza de literatura inglesa en varias universidades de Tanzania y Japón. Tras seis años en la School of History of Art de Birmingham (Reino Unido) pasó a dedicarse a escribir ciencia ficción a tiempo completo. El resultado han sido muchas novelas y libros de relatos, pero no es lo que se dice «prolífico»: es que empezó hace 45 años, y escribe despacio, con mimo, y reescribe mucho. A principios de los 90 sentó las bases de las novelas de Warhammer 40.000, y también trabajó hombro con hombro con Stanely Kubrick durante 9 meses en el proyecto que vería la luz con el título de AI, Inteligencia artificial, de Steven Spielberg.

Comentarios

comentarios