Muchos amantes de la lectura hemos odiado con pasión la asignatura de ‘Lengua’, esa que a cierta edad se bifurcaba en ‘Lengua y literatura’ para dar lugar a las que fueron las horas de clase más aburridas de nuestra historia. A pesar de que la literatura es una disciplina viva maravillosa repleta de matices, luces y eventos de interés, como asignatura deja mucho que desear.

Que levante la mano quien tuvo que aprenderse todos y cada uno de los nombres de la Generación del 27, o la Generación del 98, sin siquiera entender el contexto histórico en que estas generaciones nacieron. Al menos algo más allá de “Contexto histórico”, esos tres o cuatro párrafos introductorios que ni siquiera eran capaces de abrir el apetito por su alto contenido en datos.

Levantemos una mano más para aquellos que tuvieron que cantar de memoria las características idiomáticas aparentemente comunes de cierta época, o listar las sutiles diferencias entre los idiomas españoles por países. Y otra mano por aquellos que tuvisteis que vomitar en un examen las propiedades de las métricas estandarizadas, pero a los que nunca os pidieron componer un poema.

Si no me equivoco en este momento te faltan manos que poder alzar y pasaste todos los cursos de literatura memorizando datos que no comprendías del todo no muy diferentes de aquellas ristras de ríos, capitales, golfos o reyes godos. Son muchas las asignaturas que no han sabido adaptarse a los tiempos de internet en que la memorización carece de sentido práctico, pero literatura destaca.

Lo hace porque, aunque podría convertirse en una asignatura tan bonita y práctica como las matemáticas, lo cierto es que se ha convertido en una clase más en la que memorizar conceptos. Entender a la Generación del 98 ayudaría a entender la complejidad y belleza de estructura como la Unión Europea, y leer a Federico García Lorca podría evitarnos una guerra, ahí es nada.

En matemáticas hemos logrado un equilibrio entre una memorización mínima necesaria para poder ejecutar los ejercicios y una racionalización del temario que nos ayude a ponerlo en valor en la vida real. Así, entendemos los porcentajes y sabemos que son fruto de una división. Asimilamos su propósito y los aplicamos años o décadas después con relativa soltura.

Algo similar ocurre con los idiomas. Por muy negligente que sea el profesor y el centro escolar, algo queda. Ser capaz de cazar al vuelo alguna línea o casar la etimología común de dos conceptos bien pueden echarnos un cable y facilitarnos la comprensión de otros conceptos. Pero literatura parece haberse enquistado en un temario tan grueso que pocos profesores tienen margen para maniobrar.

“Escribe una novela corta” podría ser un ejercicio fantástico a lo largo de todo un año, aprovechando los diferentes estilos y autores estudiados cada mes para ir añadiendo capítulos. Pero no hay mucho tiempo para la creatividad necesaria de la que viven las palabras en los actuales currículos académicos. Veamos el discurso literario para 2º de Bachillerato, que es solo la mitad del temario:

  1. Comprensión del discurso literario como fenómeno comunicativo y estético.
  2. Cauce de creación y transmisión cultural.
  3. Expresión de la realidad histórica y social.
  4. Lectura y comentario de obras breves y de fragmentos representativos de las distintas épocas, géneros y movimientos.
  5. Identificación de formas literarias características.
  6. Análisis de los temas y su recurrencia así como su evolución en la manera de tratarlos.
  7. Las formas narrativas a lo largo de la historia.
  8. Épica medieval y las formas tradicionales.
  9. El relato.
  10. La novela.
  11. Cervantes y la novela moderna.
  12. El desarrollo de la novela realista y naturalista en el siglo XIX.
  13. De la novela realista y naturalista a los nuevos modelos narrativos en el siglo XX.
  14. La novela y el cuento latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XX.
  15. La poesía.
  16. Lírica popular y culta de la Edad Media.
  17. Formas y temas de la poesía del Renacimiento y el Barroco.
  18. Las innovaciones de la lírica romántica.
  19. Bécquer.
  20. El simbolismo.
  21. Las vanguardias.
  22. Tendencias de la lírica en la segunda mitad del siglo XX.
  23. La presencia de la poesía hispanoamericana.
  24. El teatro: de los orígenes del teatro en la Edad Media al teatro moderno.
  25. Lope de Vega y el teatro clásico español.
  26. Características, significado histórico e influencia en el teatro posterior.
  27. La constitución de un teatro realista y costumbrista en el siglo XVIII.
  28. El teatro romántico.
  29. Tradición y renovación en el teatro del siglo XX.
  30. El ensayo.
  31. Los orígenes del periodismo y del ensayo en los siglos XVIII y XIX.
  32. La evolución del ensayo a lo largo del siglo XX.
  33. Consolidación de la autonomía lectora y aprecio por la literatura como fuente de placer, de conocimiento de otros mundos, tiempos y culturas.
  34. Composición de textos literarios o de intención literaria a partir de los modelos leídos y comentados.
  35. Lectura, estudio y valoración crítica de obras significativas, narrativas, poéticas, teatrales y ensayísticas de diferentes épocas.

Treinta y cinco temas de literatura a los que hay que sumar otros tantos de “conocimiento de la lengua”. ¿Qué alumno, adolescente o no, es capaz de comprender 35 temas complejos en cuatro meses? Resulta evidente que una pequeña fracción altamente dotada. El resto tendrá suerte si tiene la memoria suficiente para almacenar la información hasta escupirla en selectividad.

Toca replantearse esta asignatura tan bonita. Es hora de elegir, filtrar y pulir el temario. A veces menos es más. Mejor comprender un temario diezmado que empujar a la memorización temporal el total. Toca aplicar la valentía política y sacar las tijeras delante del libro.

 

Imágenes | Clay Banks

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