El concierto (1631-33) de Judith Leyster (Fuente).

Nombres como Rembrandt, Rubens o Vermeer son conocidos por todos, sin necesidad de ser expertos en historia del arte. Sin embargo, mujeres coetáneas de esos mismos artistas, cuyas contribuciones al barroco flamenco no tienen nada que envidiar al de los hombres, han pasado muy desapercibidas y a día de hoy son unas tremendas desconocidas, víctimas sin duda de un canon artístico elaborado por hombres. Como era de esperar, ninguna de ellas aparece en el llamado «catálogo razonado de las obras de los pintores holandeses más eminentes del siglo XVII», un registro compilado por historiadores de arte ‒masculinos‒ en 1908.

Mesa (1611) de Clara Peeters (Fuente).

En el siglo XVII los Países Bajos, que estaban recuperándose de la guerra contra España, aparecen en la escena política Europea. El crecimiento económico del país vino marcado por el aumento de una clase mercantil adinerada, que sirvió como base del grupo de mecenas que apoyó a una próspera comunidad de pintores y grabadores encargados de producir bodegones, retratos y escenas cotidianas. Todos estos lienzos, algunos vendidos y otros regalados, funcionaban como una especie de tarjeta de presentación en la que se demostraban las habilidades de los artistas.

Aunque las mujeres fueron frecuentemente retratadas en este período, las pintoras de aquella época rara vez ha recibido el reconocimiento merecido. Destacar sus contribuciones, poniéndolas en valor, no como musas sino como creadoras por derecho propio, es crucial para corregir el punto de vista sesgado que la historia del arte ha tenido hasta ahora.

Judith Leyster

Judith Leyster es una notable excepción porque se trata de una de las dos únicas mujeres que consiguió ingresar al prestigioso Gremio de San Lucas de Haarlem durante el siglo XVII. La artista holandesa tenía su propio taller, sus propios estudiantes y su propio estilo, uno que combinaba la espontaneidad de la pincelada de Frans Hals con un claroscuro caravaggista. Leyster y su estudio se especializaron en escenas cotidianas, retratos de músicos y autorretratos, que eran algunos de los temas favoritos entre los artistas holandeses. Varios de estos primeros autorretratos reflejan cómo las mujeres artistas de la época se veían a sí mismas.

Clara Peeters

Con treinta y nueve obras atribuidas, Clara Peeters está considerada una de las iniciadoras del bodegón en los Países Bajos, especialmente en escenas de desayunos y florales. Además popularizó el autorretrato escondido en objetos de las naturalezas muertas, por ejemplo en los reflejos de las copas de algunos de sus bodegones, que muchos otros artistas imitarían. En 2016 se convirtió en la primera mujer pintora protagonista de una exposición en el Museo del Prado. La escritora norteamericana Wendy Wasserstein afirma en The Heidi Chronicles que la obra de Peeters fue infravalorada debido a su sexo.

Rachel Ruysch

Rachel Ruysch se especializó en flores, con un estilo propio. Como en el siglo XVII, los holandeses sentían especial predilección por el tema de las flores y de la jardinería, las pinturas de Ruysch, que resaltaban la belleza de la naturaleza, llegaron a ser muy valoradas. Ya en su vida sus pinturas se vendieron a precios altos, de 750 a 1.200 florines, frente a Rembrandt, que en vida rara vez recibió más de 500 florines por una pintura. Con una carrera de seis décadas, Ruysch disfrutó de gran fama y reputación a lo largo de su vida, que le garantizó una clientela fiel. Es la pintora mejor documentada de la Edad de Oro holandesa, seguida por Jan van Huysum.

Maria Schalcken

Hermana y alumna de Godfried Schalcken, Maria Schalcken tomó lecciones con Samuel van Hoogstraten y más tarde con Gerrit Dou. Según el Rijksbureau voor Kunsthistorische Documentatie es conocida por sus trabajos de género. Su autorretrato estuvo atribuido en principio a su hermano hasta que después de una limpieza de la pintura en el siglo XX, apareció su firma a la vista.

Alida Withoos

Hija del pintor Matthias Withoos, fue iniciada por su padre en la pintura de bodegones e ilustraciones botánicas. Adquirió cierta reputación en la pintura bajo su propio nombre, principalmente gracias a sus imágenes de motivos botánicos. Ella, junto a varios de sus hermanos, se especializaron en la pintura de flores, pájaros, mariposas e insectos. De hecho, en los inventarios, esas imágenes fueron llamadas «Withoosjes».

Magdalena van de Passe

Hija también de un artista, el grabador Crispijn van de Passe, Magdalena van de Passe firmó sus primeros trabajos con catorce años, dos años más joven que sus hermanos, también grabadores. Ayudó tanto a su padre como a sus hermanos en algunos de sus proyectos de grabado y es conocida sobre todo por sus paisajes y retratos. Van de Passe enseñó el arte del grabado a Anna Maria van Schurman, siendo uno de los primeros ejemplos conocidos de la formación de una mujer artista por otra.

Anna Maria van Schurman

Además de pintora y gabadora, Anna Maria van Schurman fue una poeta y erudita holandesa, conocida sobre todo por su defensa de la educación femenina. Fue una mujer con una educación exquisita, que destacó en el arte, la música y la literatura, y llegó a hablar catorce idiomas, incluyendo latín, griego, hebreo, árabe, siríaco, arameo y etíope, así como varios idiomas europeos. También fue la primera en estudiar en una universidad holandesa.

Maria Sibylla Merian

Maria Sibylla Merian fue una ilustradora naturalista y científica y una de las primeras naturalistas europeas en observar insectos directamente. La formación artística la recibió de su padrastro, Jacob Marrel, que era un estudiante del pintor de bodegones Georg Flegel. Merian publicó su primer libro de ilustraciones naturales en 1675. Comenzó a coleccionar insectos cuando era adolescente y a los trece años crió gusanos de seda. En 1679 Merian publicó el primer volumen de una serie de dos volúmenes sobre orugas. Cada volumen contenía 50 placas grabadas por Merian.

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