Cuando los amigos vienen a mi casa y ven la biblioteca, alguno se espanta un poco o arquea las cejas. Cientos de libros se agolpan en los estantes, y pocos hay de narrativa. Casi todos son de no ficción, siendo solo un par de autoayuda, coaching o similares. El resto es divulgación, a menudo divulgación científica dura, pero también aquella para todos los públicos.

Según los últimos datos de hábitos de lectura, el 69,2% de las lecturas son literatura, con la narrativa en el centro. Apenas un 3,8% de las lecturas apuntan al ensayo. Y si hablamos de divulgación (el ensayo no tiene por qué serla), la cifra es aún más baja. Y, sin embargo, hay motivos de peso para hincarle el diente a estos libros.

Porque profundizan en temas de actualidad

Como norma general, nos quedamos en la superficie de los problemas. La cultura de la inmediatez en la que vivimos hace que pasemos de un contenido a otro rápidamente, y ni siquiera los telediarios o la prensa parecen ahondar en cuestiones que nos afectan a todos. Esto a menudo polariza a la sociedad despojándola de herramientas con las que debatir.

Como ejemplo, hace unos años descubrí que si cerramos las centrales nucleares de energía, la liberación de CO2 se dispararía como ocurre en China. Sin embargo, este tipo de puntos nunca aparecen en los debates televisivos, ni en las protestas por su cierre. La divulgación nos ayuda a profundizar en la complejidad de la realidad y en descubrir que también hay muchas soluciones grises.

Porque nos ayudan a razonar

La mayoría de los libros divulgativos tienen un hilo conductor notablemente largo. El autor parte de una serie de premisas, hechos o curiosidades, y a través de su explicación va hilando una conclusión solo abordable si hemos pasado sobre cada uno de los temas. Este tipo de razonamientos largos nos ayuda a pensar en un espacio más amplio, a pensar en el largo plazo. A razonar mejor.

Por descontado, esto no ocurre en todos los libros divulgativos. Me acabo de terminar ‘21 lecciones para el siglo XXI’, de Yuval Harari, y ‘El futuro de la energía’, de Pedro Fresco, y la estructura de estos libros no es lineal. En principio, puedes empezarlos por donde quieras y seguirás enterándome de lo que leas. Pero suele haber hay cierta demostración amplia que exige paciencia.

Para abrir nuevas puertas

Somos víctimas dobles de nuestra incultura y cultura. La primera nos hace ajenos a todo lo que existe. La segunda nos lo demuestra. En el segundo escenario, al menos, somos conscientes de todo aquello que desconocemos, o podemos intuirlo. Seremos, por tanto, capaces de reorientar nuestra lectura hacia la niebla de guerra que más nos interese.

En un ejemplo personal, hasta bien entrada la adolescencia solo leía novela de fantasía o de ciencia ficción. Luego llegó Bill Bryson, y me abrió los ojos. Me demostró, con humor y divulgación, que hay tanto que aprender ahí fuera, que desde entonces estudio un par de horas diarias. Y prácticamente cualquier campo del saber (infinito, lo siento) está está esperando que lo colonices.

Porque no deberíamos parar de aprender

La generación de mis padres (yo tengo 31) tenía “asegurado” el trabajo si estudiaba una carrera. Al menos si estaba dispuesto a trabajar en según qué condiciones, o migrar. Ahora las condiciones laborales han cambiado, y se nos aconseja no parar de aprender, en general. Una carrera ya no te asegura nada, claro que ahora podemos trabajar desde casa. Véase un servidor.

Hoy existen cientos de libros para cualquier materia, incluso las de nuevo cuño, siempre que te atrevas con los otros idiomas (chino, inglés). Pero también hay muy buen contenido en español, y podría ayudarnos tanto con nuestras carreras profesionales como a nivel personal. Si alineamos ambas dos, nos ayudará en toda nuestra vida.

¿No sabes por dónde empezar? Puedes empezar como hice yo, con algo de física cuántica, o ir a algo más suave, como nuestro futuro. O quizá te interese leer sobre el mundo empresarial.

Imágenes | Linus Mimietz

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