Aunque ya se intuía lo que estaba por venir, y así lo confirma la postura vital de muchos de los autores del Romanticismo, en las últimas décadas del siglo XIX  y las primeras del XX, en Europa se extiende un clima espiritual que tiende a cuestionar los valores de la sociedad burguesa. Frente a la imposibilidad de encontrar sentido o justificación a la vida, el tedio ‒o aburrimiento o spleen, por usar otros nombres‒ se convierte en el estado de ánimo característico de fin de siglo. En ese contexto aparece la figura del bohemio, el artista descontento e inadaptado que se sitúa en los márgenes de la sociedad y que mantiene comportamientos amorales y autodestructivos. El sexo, el alcohol, las drogas y el placer en general se convierten, además de en una protesta contra las convenciones burguesas, en la única forma posible de combatir ese vacío existencial. Para no sentir la terrible carga del Tiempo, que les rompe los hombros y les inclina hacia el suelo, tienen que embriagarse sin tregua.

Aunque eso de la crisis de valores nos suene a antes de ayer, mucho no hemos cambiado desde que Baudelaire escribiera Las flores del mal. A lo largo del siglo XX infinidad de escritores, desde los poetas malditos hasta la movida de los años ochenta, pasando por la Generación Beat, han recurrido a los paraísos artificiales para encontrar consuelo ‒Carlos Mayoral expone un breve muestrario en su Etílico‒. Encontrarlo, desde luego, no lo han hecho, pero al menos han dejado por el camino un puñado de obras maestras.

Basta leer Swingeroo Joe de Gonzalo Hinojosa para comprobar, en escasas cien páginas, que a pesar de haber vivido uno de los siglos más terribles de la historia, en esencia, nos encontramos en el mismo punto de desorientación y que la nueva ola de bohemios trata de buscar idénticas salidas. El comienzo puede ser toda una declaración de intenciones de lo que el lector va a encontrar en la novela: «Aquel verano me dediqué a leer a Marcel Proust y a experimentar con las drogas». Literatura y drogas, y a la ecuación podríamos podríamos añadir algunas dosis de sexo libre, si desentrañamos el significado de parte del título.

El protagonista de la novela de Hinojosa comparte crisis existencial con esos grandes autores del pasado. «Incapaz de encontrar un rumbo, se me estaba yendo la vida por la borda», llega a afirmar. Sin embargo, no es Baudelaire, ni Ginsberg, ni Bukowski. En algún momento se describe como un intento de artista, escritor, músico, poeta y performancer, pero al sustituir el ambiente parisino finisecular por un contexto más moderno y urbanita, el de las jam poéticas, el resultado es todavía más decadente, porque no hay obra maestra de por medio. Vamos, bohemio de los de andar por casa, sin ese halo de mito con que el tiempo rodea a todas las cosas vulgares. Aunque su formación es humanista, se ha sometido a la idea de que las humanidades no sirven para nada, que no se puede vivir de ellas. En lugar de tratar de luchar por sus sueños se conforma con una vida y un trabajo mediocres que le llevan al más absoluto de los hastíos. «Me había convertido en una máquina que repetía las tareas hasta el infinito, esperando a que llegaran las tres de la tarde y El Señor apagara el interruptor detrás de mis movimientos», confiesa ¿Acaso podría haber mejor descripción del aburrimiento de Baudelaire? No falta el clásico odio hacia la especie humana y hacia el mundo urbano y hacia lo terreno en general, combinado con un deseo de comunión con la naturaleza.

Frente a esto, los paraísos artificiales son, básicamente, los mismos. El personaje, ni corto ni perezoso, va pasando por algunas de las drogas más comunes como el alcohol, el éxtasis, los hongos alucinógenos o la cocaína. También pasa por el sexo liberal entrando en lo que llama «Mundo de Sodoma y Gomorra». A pesar de ser heterosexual, trata de experimentar con todas las posibilidades que ofrece la carne. El punto álgido llega en un club de swingers, que es donde se deja más patente la crisis existencial.

Un detalle bastante llamativo es la forma en la que el autor introduce la literatura en la novela. Al tener su protagonista pretensiones literarias venía al pelo. Sin embargo, hay más. Conforme nos vamos acercando al final de la historia, aparece un misterioso escritor del que nada se sabe y todo se desconoce, un tal G. Hinojosa. No hay que atar demasiados cabos para darse cuenta de que es el propio Gonzalo Hinojosa, autor de Swingeroo Joe, que ha entrado dentro de la novela para escribir un texto titulado Swingeroo Joe, que es lo que da título al libro. De ese G. Hinojosa, del que se dan algunos vagos detalles que fácilmente podríamos atribuir a Gonzalo Hinojosa, se nos dice que tiene influencias de Burroughs, de Apollinaire y de Lautréamont, una triada de malditos que nos da una clave valiosísima para hacer una interpretación crítica del libro ‒por si acaso todavía no nos habíamos dado cuenta‒. Pero es que hay más, investigando un poco por Internet, no cuesta mucho descubrir que Gonzalo Hinojosa había publicado en una revista digital ese mismo texto titulado  Swingeroo Joe, que es como acabar de cerrar el círculo. Una de esas referencias que a los amantes de la metaliteratura nos vuelve locos.

He de admitir que cuando leo una novela corta se me activa un mecanismo mental que hace que no espere demasiado de ella. A veces, como confirmación de este hecho, llamamos a estos libros novelitas, como dando a entender que el diminutivo es a un tiempo producto del número de páginas y del estatus del libro. Swingeroo Joe de Gonzalo Hinojosa no ha sido una excepción. Pero al mismo tiempo es la constatación de que las espinas que se te clavan hasta el fondo no duelen menos por ser más cortas si están bien afiladas. Eso es Swingeroo Joe. Una espina de cien páginas.

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