Utilidades de las Casas de Isabel Cobo

Nada más comenzar la lectura de Utilidades de las Casas de la autora Isabel Cobo, encontré necesario detenerme para tomar cierta distancia, dada la proximidad que existía entre la niña que fui y la protagonista del libro. Sentía como una extraña adherencia de su piel a la mía, una cercanía a mi esencia infantil que me producía cierta sensación de nostalgia y vértigo. 

Tras esa primera pausa necesaria, me adentré en la novela dejándome acompañar en mi paseo por la musicalidad que emana de la prosa de la autora, que queda patente durante todo el texto, y que se muestra con especial rotundidad en algunas de las frases que aparecen diseminadas por el texto: “Ah, eternidad, que palabra tan abrumadora”; “Así son también los miedos de los niños, miedos que muestran en un mirar por dentro de los ojos, feroces miedos inexplicables”.

El libro, publicado en el 2007, se divide en tres movimientos. En los dos primeros, Isabel nos muestra la existencia de dos casas, una arriba y otra abajo, ubicadas en un pequeño pueblo del sur de España. Son ambas muy diferentes y asumen dos tipos de utilidad como consecuencia de un hecho luctuoso que tuvo lugar en una de ellas. A partir de ese acontecimiento, una casa, la de arriba, será utilizada para dormir. La otra, la de abajo, se transformará en el espacio que se ocupa mientras se permanece despierto. Todo ello conformará incluso, que el mobiliario sea distinto. La de arriba estará repleta de camas, la de abajo de otros muebles, entre ellos, mesas y sillas. Una será día y la otra noche. En el tercer movimiento, la autora se aproximará más a la figura del abuelo, que ya aparece con anterioridad, pero que cobrará en esta parte especial relevancia, así como a otra figura que se presenta antagónica, pero que quedará para siempre unida a la del abuelo por la tragedia. También encontrará en este último movimiento, un lugar común para el acontecer paralelo de una y otra casa. 

Cada segmento se dividirá a su vez en breves capítulos, que se irán engarzando entre ellos como una cadena, creando un puzzle en el que cada pieza encajará a la perfección, sin dejar nada al azar, aunque pueda a priori parecerlo, y que crecerán en su avance a la par que el personaje central de la narración.  

Ese personaje central, también narradora, es una niña que nos contará con voz de niña-adulta o de mujer-niña, la historia en primera persona, con una mirada de infinita curiosidad, así como de comprensión, exenta aún de buena parte de los prejuicios que se generan según se avanza hacia la madure. Deambulará entre las páginas de la novela, explicando como solo unos ojos infantiles son capaces de hacer, y enumerará las utilidades, no solo de las casas, también de algunos rincones y objetos que las habitan, como los arcones o una jarra de agua de la que nadie bebe, dotando todo ello de vida, en un acercamiento capaz de evocar emociones, como si en lugar de cosas inanimadas o lugares inertes, nos estuviese hablando de seres vívidos. 

A lo largo del texto, aparecerán además de la niña y el abuelo, más personajes, como la abuela que narra cuentos y otros familiares, por los que la protagonista mostrará un afinado respeto. Con ese mismo respeto, nos descubrirá la pérdida del hijo y la muerte que ha quedado prendida en la casa de abajo como una sombra. Nos hablará de ese hijo que habita en una fotografía desde la que sonríe al lector y que asistirá a la narración como convidado de piedra. Un joven que ya no está ni lo hará nunca, una presencia ausente pero de halo cierto, porque en esta novela no solo hay personajes que existen y son, también los hay que existen pero que ya no son, porque hace tiempo que se fueron, pero que, a pesar de todo, permanecen. 

Para finalizar, la autora utiliza una narrativa lírica y amena, pero no ampulosa, que dota todo de expresividad y rotundidad, que cierra cada frase con certezas, no eludiendo ahondar en la nostalgia, ni en los miedos, ni zozobrar en ellos.

Por ello, invito a otros lectores a que se adentren en este libro, avisándoles eso sí, de que antes de entrar en las casas, es conveniente volver a tomar de la mano al niño o la niña que fuimos, descalzarnos a la entrada para no manchar sus páginas y, una vez dentro, desplazarnos por ellas de puntillas para no hacer ruido, como se ha de entrar siempre en las vidas de otros.

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