The two great turning-points in my life were when my father sent me to Oxford, and when Society sent me to prison (Wilde, 2005, p. 99).

La filosofía, en su tradición más clásica, siempre se ha encargado de aquellas formas de poder institucionalizadas. Es decir, de aquellas relacionadas con las leyes, el Estado, el gobierno o la administración. Sin embargo, algunos pensadores han señalado a lo largo de la historia que el poder no solo se encuentra en lugares institucionalizados y visibles por toda la sociedad. También lo está en espacios muchas veces olvidados como lo son las cárceles y prisiones, edificios que, a través de un sistema penitenciario y en aras de servir al interés general de la sociedad, ejercen el poder del castigo y la disciplina sobre individuos detenidos para que sus comportamientos cambien de directriz.

Alexis de Tocqueville (1805-1859), en su obra Del sistema penitenciario en los Estados Unidos y de su aplicación en Francia (1833), proporciona una descripción y un análisis del sistema penitenciario estadounidense para ilustrar su tesis sobre la necesidad de un buen sistema penitenciario como un remedio para el crimen. Michel Foucault (1926-1984), por el contrario, cuestiona la necesidad misma de un sistema penitenciario. Sin embargo, a pesar de esta radical diferencia, ambos teóricos estudian el ejercicio del poder en y de la sociedad sobre el individuo en el marco de las prisiones y elaboraron unas concepciones teóricas de la estructura penitenciaria para determinar esas máquinas del castigo que suponían las mismas.

Tocqueville fue testigo a lo largo de su vida de grandes cambios políticos y de gobierno: el Imperio Napoleónico, la Restauración, el Segundo Imperio y finalmente la Segunda República. Todos ellos implicaron alteraciones de carácter general en el armazón social francés, organizándolo y estructurándolo de maneras diferentes. A pesar de que todos estos cambios modificaron grandes aspectos de la vida social, no lo hizo con las prisiones y sus estructuras y funcionamientos, que por aquel entonces no eran más que unos espacios en los que se recluía a todo tipo de presos: preventivos, con delitos de sangre, con delitos económicos, violadores, etc… No había ningún tipo de régimen que regulara a los presos en función del delito cometido, es decir, todos los presos eran iguales porque eran criminales. El sistema penitenciario, que no prisión, era algo desconocido en la Francia post-revolucionaria mientras que en los Estados Unidos de América existía y era considerado como el medio necesario, en primer lugar, para la estructura y funcionamiento de la prisión, y en segundo lugar, para la gestión, procedimientos y protocolos a seguir tanto por los presos como por los trabajadores de la posición para con los mismos; todo ello con el objetivo de que los presos, y por tanto los criminales, pudiesen rehabilitarse y de esta manera reinsertarse de nuevo en la sociedad. En la década de 1830 había dos modelos estadounidenses distintos de penitenciaria: el de Pensilvania y el de Nueva York. En el primero, el preso estaba solo y aislado durante toda su estancia en prisión, tenía el derecho de ver una vez a la semana a un sacerdote o persona religiosa para confesarse y la obligación de trabajar solo en su celda; mientras que en el segundo, los presos estaban al aire libre realizando trabajos en común con otros presos y tan solo pisaban sus celdas para dormir.

Tocqueville trató de perfeccionar el sistema penitenciario de su época, empezando por intentar cambiar la voluntad de la sociedad para que esta adoptase una comprensión sobre los detenidos y presos menos diabólica, pues no todos los crímenes son iguales ni se ven cometidos por las mismas motivaciones. A partir de este punto de inflexión, Tocqueville critica enérgicamente: que la prisión sea una gran escuela para delinquir y no una escuela que ayude a reformar; y que la mayor parte de los detenidos que salen en libertad vuelven a infringir la ley y, por tanto, vuelven a la cárcel. El sistema penitenciario tiene el propósito de transformar a los delincuentes en mejores personas y es por esta razón, para evitar que sufran la influencia negativa de otros presos dentro de la prisión, los delincuentes no deben estar en contacto con los demás detenidos sino, mantenerse en silencio y aislamiento. La prisión debe convertirse en un lugar de meditación en sí mismo para el cumplimiento de las penas, que deben durar un determinado tiempo en función del delito (no puede ser igual de duro el castigo por robar que por asesinar), sirvan para proporcionar al condenado una auto-reflexión crítica con y para él mismo. La prisión debe ser un lugar de rehabilitación, educación y capacitación para el preso.

El aislamiento del preso respecto del mundo exterior y por tanto de las circunstancias que le motivaron a cometer un acto criminal, así como el aislamiento de los presos con respecto a todos los demás, son fundamentales para la rehabilitación. La pena debe ser «individual [pero] también indivualizante» (Foucault, 2003, p. 217). En primer lugar porque se evita cualquier tipo de problema interno en la prisión como motines o peleas entre los presos o contra la autoridad de la misma; y, en segundo lugar, para que los criminales no formen poco a poco ningún tipo de grupo humano cerrado y con objetivos a posteriori, ya sea a través de contratos, promesas o amistad. Esta segunda razón es de vital importancia ya que los presos, una vez que salen de prisión, tienden a cometer de nuevo crímenes en la sociedad, es decir, reinciden. Tocqueville advierte que

«existe en este momento entre nosotros una sociedad organizada de criminales… Forman una pequeña nación en el seno de la grande. Casi todos esos hombres se han conocido en las prisiones, en las que vuelven a encontrarse. Es esa sociedad cuyos miembros se trata hoy de dispersar» (Beaumont y Tocqueville, 1845, p. 392).

Tras haber cumplido sus respectivas penas, los criminales que salen de prisión, tienen más probabilidades de volver a ella porque durante sus condenas no se les ha disciplinado. Al convivir con otros criminales de manera constante forman grupos de individuos con delitos a sus espaldas que terminan justificando y fomentando su criminalidad, aunque esta tuviese su origen en un delito menor, estableciendo así una frontera entre ellos y la sociedad a la que consideran culpable y tachan de injusta por el castigo que les ha impuesto. La prisión, debido a que no ha desarrollado «una maquinaria de control que [sin recurrir a la fuerza física sobre la integridad de los criminales, haya] funcionado como un microscopio de la conducta» (Foucault, 2003, p. 161), en lugar de devolver la libertad a unos individuos rehabilitados, inserta en la población unos delincuentes peligrosos:

«7000 personas devueltas cada año a la sociedad son 7000 principios de crimen o de corrupción esparcidos en el cuerpo social. Y cuando se piensa que esta población crece sin cesar, que vive y se agita en torno de nosotros, dispuesta a aprovechar todas las ocasiones de desorden y a prevalerse de todas las crisis de la sociedad para probar sus fuerzas, ¿es posible permanecer impasible ante tal espectáculo?» (de Beaumont y de Tocqueville, 1845, p. 392).

No puede permitirse que la sociedad corra peligro; y para que esto no ocurra, la soledad debe ser un instrumento de reforma para que la reflexión que ella misma suscita haga que el recluso se sienta

«Sumido en la soledad, [porque así] reflexiona[rá] Solo en presencia de su crimen, aprende a odiarlo, y si su alma no está todavía estragada por el mal, será en el aislamiento donde el remordimiento vendrá a asaltarlo» (Beaumont y Tocqueville, 1845, p. 109).

La soledad tiene una ventaja triple: permite una posible rehabilitación, prohíbe las comunicaciones entre reclusos, evita las relaciones y abusos sexuales (a Tocqueville le horrorizaba la sodomía) y previene de posibles reuniones organizadas de criminales, aquellas que pudiesen, como hemos dicho anteriormente, justificarles y fundamentarles como criminales. La pena se autorregula con la soledad del condenado, medida que genera una individualización del castigo por y para el preso; y cuanto mayor sea dicha individualización, más capaz será el penado de reflexionar y por tanto, más culpable se sentirá por cometer su delito concreto, más vivo también será su remordimiento y más dolorosa su soledad. Si el preso se arrepiente profundamente y enmienda sus errores sin el menor disimulo y de manera apresurada, significa que este no ha reflexionado ni ha sido sometido a ninguna soledad. La prisión debe ser un lugar en el que los criminales que se hallen en ella se encuentren aislados en su existencia moral. Dicho esto, el medio de la pena moderna sería la privación de libertad.

Bibliografía utilizada

De Beaumont, Gustave; y de Tocqueville, Alexis (1845). Le système pénitentiaire aux États-Unis et de son application en France (tercera edición). París, Francia: Charles Gosselin.

Foucault, Michel (2003). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Buenos Aires, Argentina: Siglo Veintiuno Editores Argentina.

Wilde, Oscar (2005): The complete works of Oscar Wilde (volume 2). De profundis. “Epistola: in career et vinculis”. Norfolk, Reino Unido: Oxford University Press.

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