Tocqueville trae el debate de si es posible la compatibilidad de un poder altamente institucionalizado —como es el del sistema penitenciario de su época (que no atiende a ninguna consideración que no sea la de causa-efecto, es decir, crimen-castigo)— con una sociedad moderna que reclama un ejercicio del poder menor sobre su vida tanto individual como colectiva. El crimen amenaza a las personas honestas, y Tocqueville, en aras de defender al conjunto de la sociedad, entiende que la institución penal es una estructura administrada por el Estado para los individuos miserables. Tocqueville habla de miserables porque como liberal, cree

«en el mal, la infelicidad y en la responsabilidad individual; [y por ello, que] la delincuencia suele ser el resultado de voluntades libres que deben ser tratadas como tales. El criminal no merece admiración ni lástima, sino solo un trato justo y firme que finalmente le permitirá recuperarse» (Perrot, 1988, p. 11).

Sin embargo, Tocqueville es consciente de que esos individuos miserables no tienen por qué ser malvados o perversos por naturaleza, sino que pueden ser personas obligadas a cometer actos criminales por las circunstancias que les rodean como la falta de horizontes o de recursos, razones por las que se debe llevar a cabo un programa de políticas que eviten dichas situaciones. Tocqueville dibujará un vínculo entre la pobreza y el crimen, considerando como un remedio para estas circunstancias la construcción de instituciones libres abiertas a todos reconociendo así que se requiere de un un plan estructural social para prevenir el crimen.

En los siglos XVIII y XIX había tres tipos de penalizaciones: ejecución, deportación a las colonias o ingreso en prisión. Estas, que eran con las que trataba Tocqueville, desaparecen en el siglo XX debido a la prohibición de la pena de muerte, al surgimiento de los derechos humanos y a la independencia de las colonias. Solo la pena de ingreso en prisión se mantiene y es, por tanto, la única que Foucault puede estudiar, evaluar y criticar. Mientras que Foucault nació en una sociedad moderna con una democracia instaurada y estable, Tocqueville la estaba fundando.

En su obra Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1975), Foucault desarrolla la evolución del sistema penitenciario a lo largo de la historia destacando dos cambios que guían a la relación de poder con respecto a un sujeto hacia una mayor subjetividad para con el mismo: (1) ya no es el cuerpo al que se castiga; es el alma lo que es castigado; y (2) no es el crimen el objeto del castigo, sino el criminal. A finales del siglo XIX, las instituciones carcelarias se convirtieron en la forma más habitual para castigar y en la técnica utilizada por la sociedad para estructurar a los individuos culpables de cometer actos criminales.

Foucault nos presenta el castigo como aquella pena que tiene por objetivo reformar y corregir a los criminales a través del cuerpo, pero no con medios relacionados con el dolor físico (suplicio) como lo pueden ser la tortura o el trabajo forzoso. No busca provocar dolor en el criminal sino privarle del derecho en tanto que individuo de la libertad. El castigo es la consecuencia a la que debe hacer frente aquella persona que rompe el pacto social y que, por tanto, representa una amenaza para la sociedad (un asesino en serie, un ladrón profesional, un pederasta…) y su objeto penal no es tanto el cuerpo sino el alma porque a través de esta no solo se pueden juzgar acciones ilegales o contrarias a derecho sino también pasiones, instintos, sentimientos y anomalías. Entonces, si el alma es un objeto de ámbito penal, se tendrían que agregar al mismo la psicología, la psiquiatría, la criminología y la antropología criminal, disciplinas que podrían justificar las infracciones en tanto que individuos, es decir, juzgar a los individuos por lo que son y no por lo que han hecho.

Las penas evolucionan, se transforman e incluso mejoran a la hora de cumplir con sus objetivos. Foucault trata la pena de la disciplina, un mecanismo de poder cuyos métodos «permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad» (Foucault, 2003, p. 126). La prisión es el garante de castigo pero también de disciplina porque tanto su estructura arquitectónica (torres de vigilancia, espacios abiertos…) como su sistema de funcionamiento (exámenes de evaluación, procedimientos, funcionarios…) permiten una vigilancia invisible. La disciplina es detallista, «todo un corpus de procedimientos y de saber, de descripciones, de recetas y de datos» (Foucault, 2003, p. 129-130).

Foucault considera que la prisión ha sobrevivido y triunfado con éxito como el lugar al que van los criminales para someterse a sus respectivas penas, aunque no haya conseguido terminar o disminuir los delitos, porque realmente su objetivo no es suprimir las infracciones sino distinguirlas, distribuirlas y utilizarlas no para rehabilitar a los criminales sino para someterlos. La sociedad ha legitimado de manera clara a lo largo de la historia que las cárceles son necesarias y tiende a ignorar cualquier otro cuestionamiento adicional, como por ejemplo, por qué construirlas fuera de las ciudades.

Foucault comparte la visión de la máquina-prisión de Tocqueville, pues debido a la gran proporción de delincuentes, la sociedad tiende a industrializar el castigo, en tanto que se ve obligada a fomentar y utilizar las prisiones con sus respectivos sistemas penitenciarios porque no acaban con la criminalidad; y el cuestionamiento con respecto el aspecto represivo de los castigos de la sociedad ya que la eficiencia de las cárceles no reduce el número de delincuentes. En Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión, Foucault sostiene la mayoría de las opiniones de Tocqueville,  pero advierte de que esa autoeducación que propone Tocqueville a través de la soledad y la reflexión ha terminado siendo

«todo un saber individualista [que] se organiza, el cual toma como dominio de referencia no tanto el crimen cometido (al menos en estado aislado), sino la virtualidad de peligros que encierra un individuo y que se manifiesta en la conducta cotidianamente observada» (Foucault, 2003, p. 118-119).

En una prisión con un régimen disciplinario, «la individualización es (…) descendente: a medida que el poder se vuelve más anónimo y más funcional, aquellos sobre los que se ejerce tienden a estar más fuertemente individualizados» (Foucault, 2003, p. 179). Cuando la prisión no busca acabar con las infracciones de los criminales sino someter a los mismos, cualquier tipo de reflexión de dichos criminales con respecto a sí mismos desaparece y con ella, cualquier tipo de consideración de su acto criminal para con la sociedad. Para Tocqueville, la pena del criminal requiere de una individualización para que la reflexión sea lo más profunda posible pero siempre en aras de que despierte el remordimiento y el arrepentimiento interiores del criminal para con la sociedad. La individualización del criminal no puede centrarse en él mismo en tanto que individuo porque si no, lo único que se hace de él es un paria de la sociedad a la que nunca podrá volver.

Bibliografía utilizada

Foucault, Michel (2003). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Buenos Aires, Argentina: Siglo Veintiuno Editores Argentina.

Perrot, Michèle (1988). Criminalité et système pénitentiaire au XIXème siècle: une historie en développement. France: Centre de Recherches Historiques.

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El sistema penitenciario federal: un agujero presupuestal en el centro del Estado

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