El Diccionario de la Real Academia Española define a las humanidades como “conjunto de disciplinas que giran en torno al ser humano, como la literatura, la filosofía y la historia”.¹ Aunque esta definición parece pasar por alto que esas disciplinas son creaciones humanas, tiene no obstante la virtud de mencionar a las tres principales, cuyos lazos entre sí son innegables. Difícilmente alguien que se interese por la historia no disfrute de la literatura o no se sienta interpelado por alguna de las preguntas que la filosofía ha intentado responder.

La historia no sólo consiste en una mirada hacia el pasado, sino que permite encontrar los fundamentos del tiempo presente y extraer enseñanzas para el futuro. No venimos de cualquier lado, sino que somos sujetos de la historia. No la de grandes figuras, héroes o batallas, sino la de los seres humanos de a pie, aquellos que al hacer su vida cotidiana también enhebraron los hilos de la apasionante trama que conforma la historia universal.

Para comprender por ejemplo los ciclos de endeudamiento que ha sufrido Argentina, siempre articulados con la fuga de capitales, los argentinos necesitamos ponerlos en perspectiva histórica, comenzando quizá por el usurero empréstito de la Baring Brothers de 1824. La historia de América Latina, por su parte, no puede entenderse desligada de la historia del colonialismo europeo, puesto que gran parte de las ancestrales desigualdades sociales del continente son producto de su particular inserción en el mercado mundial. Y, como dijimos, la historia también mira hacia los tiempos venideros. Saber algo de historia también es de gran ayuda cuando entramos al cuarto oscuro a elegir nuestros gobernantes.

La filosofía, el otro pilar de las humanidades, no consiste en un recetario para obtener la felicidad, sino que sirve para pensar, para plantearnos los interrogantes fundamentales que hacen a nuestra existencia. Las preguntas que absorbieron la atención de Platón, Descartes, Maquiavelo ó Heidegger, que por cierto también son parte de la historia, son las mismas que nos hacemos los seres humanos, por lo menos aquellos que no queremos perdernos en el laberinto interminable del consumismo y la frivolidad.

También la literatura se entronca con la historia y la filosofía. Aún cuando abunden las lecturas de evasión, es un error ver en la literatura sólo un pasatiempo. Erskine Caldwell y John Steinbeck también nos permiten aprender sobre las injusticias sociales. Hay cuestiones de filosofía en los cuentos de Jorge Luis Borges, y de psicología en lo que escribió Herman Melville. Se aprende de las culturas latinoamericanas leyendo a Gabriel García Márquez y a Jorge Amado, de náutica leyendo a Joseph Conrad o a Robert L. Stevenson, y de batallas napoleónicas acudiendo a León Tólstoi.

Las humanidades son saberes que hacen a nuestra sociabilidad, no en el sentido de darnos temas de conversación (que también nos los dan), sino en el de permitirnos entender mejor el mundo en que habitamos. Las humanidades están reñidas con el individualismo competitivo que propone la sociedad de consumo, porque favorecen visiones de conjunto sobre todo lo humano.

Por si fuera poco, el contacto con las humanidades nos ayuda a escribir mejor, no por imitación de historiadores, filósofos o escritores, sino porque nos permiten ampliar nuestro vocabulario y nuestros recursos expositivos. Por lo mismo, también nos ayudan a pensar con mayor profundidad y claridad.

Los supuestos especialistas en el mercado laboral suelen afirmar que las humanidades no sirven para nada y que con ellas no se gana dinero. Pero los problemas laborales que sufren jóvenes y adultos por igual no tienen que ver con sus estudios, lecturas o habilidades, sino con una organización de la economía y la producción que no genera puestos de trabajo sino que los destruye. Al fin y al cabo, si bien es cierto que hay filósofos ó historiadores con dificultades laborales, también hay graduados en marketing que atienden quioscos de madrugada, licenciados en turismo encargados de rescatar adolescentes alcoholizados en viajes de fin de curso, e ingenieros agrónomos que venden herbicidas cancerígenos, todos ellos unidos por el común denominador de la precarización laboral.

Los gobiernos y sus políticas educativas también tienen su parte de responsabilidad en el desprestigio de las humanidades. Seducidos por las propuestas neoliberales, olvidaron que las humanidades son irremplazables para formar ciudadanos con capacidad para pensar e intervenir en la vida social. En Argentina la introducción del nefasto nivel Polimodal desarticuló la propuesta universalista que históricamente había distinguido a la educación media argentina, confinando el grueso de la formación en historia, literatura y filosofía a una modalidad específica, y privando en consecuencia a las otras modalidades de esos saberes. Posteriores reformas que pretendieron corregir el desaguisado acabaron produciendo nuevas dispersiones entre los saberes humanísticos. La literatura quedó subsumida en un área denominada Comunicación en la que prima una óptica instrumental puesta al servicio de la hegemonía de los formatos audiovisuales. La historia y la filosofía por su parte recalaron en un área conocida como Ciencias Sociales, que se orienta más que nada al diseño de proyectos de intervención social muy específicos, bajo la policíaca mirada de una metodología de la investigación prosternada ante las encuestas.

Así y todo, los vasos comunicantes que unen a las humanidades son inocultables, por cuanto no podemos prescindir de esos saberes para reconocer y comprender mejor los distintos rincones de la existencia humana. La alegoría de la caverna, por caso, sigue interpelándonos, siglos después de que Platón la expusiera en La República.

¹Véase: https://dle.rae.es/humanidad?m=form.

Comentarios

comentarios