Vemos cómo los jóvenes pasan horas con sus terminales móviles y nos echamos las manos a la cabeza. Podrían estar leyendo, o mejor, jugando con sus amigos en el parque. Lejos, y en el olvido, queda 1979, el año en que Morita, Ohsone e Ibuka diseñaron el primer Walkman con dos tomas de audio con objeto de no ser tildados de fomentar conductas antisociales.

Un par de años antes, el ingeniero germano-brasileño Andreas Pavel había patentado un dispositivo con la marca Sterobelt, pero su falta de comercialización cedió los honores de la música para llevar a los japoneses de Sony. Y estos lo tuvieron claro: doble jack, anuncios con dos personas y música social. Nada de invitar a los luditas de la socialización.

sony doble toma asocial

La histeria en prevención del ludismo que podría venir derivado del aparente aislamiento social —que en sí misma es una forma de neoludismo temprano—  llevó a la compañía japonesa Sony a incluir en la primera generación de  Walkman, en concreto en el modelo TPS-L2, una doble entrada de audio.

Aunque el invento fue un éxito, este intento por calar en el ámbito social y la mentalidad del momento pasando de puntillas por los nichos más críticos de la aversión tecnológica no tuvo prácticamente ningún impacto, al menos si dejamos de lado el bochorno de una serie de campañas publicitarias que rondaban lo ridículo y que buscaban posicionar el Walkman como algo social.

Muestra de ello fueron aquellos anuncios con bailes ortopédicos en diferentes partes del mundo, siempre en parejas y con sendos cables de dos metros para facilitar el movimiento, un uso muy distinto al que abrazó el usuario final que, de hecho, rara vez usaba el dispositivo con un acompañante.

Los temores por esta percepción no son nuevos, ni únicos. Incluso en el reciente año 2009 varios autores siguen apuntando, de cara a la valoración de la “escala de conducta asocial y delictiva (ECADA)”, leer, jugar en casa con videojuegos electrónicos, pasear o realizar deporte en solitario como factores de riesgo asocial, a menudo sin tener en cuenta sus ventajas precisamente sociales.

Si científicos de prestigio siguen pensando que el tiempo propio y el necesario aislamiento que de tanto en tanto todos necesitamos son factores de riesgo social, no es de extrañar que los directivos de Sony pensasen en 1979 que mejor duplicar la señal de audio y vender el producto como una actividad social.

Recordemos que pocos años antes, en 1967, Hans Eysenck farfullaba sobre la “aversión estimular”, catalogando a los lectores habituales como poco menos parias sociales incapaces de mantener los vínculos sociales mínimos, y poco menos que psicópatas en potencia. Como es evidente, el King’s College London señaló en fechas recientes que el grueso de su obra como “insegura”, una forma elegante de decir que sus investigaciones carecían de calidad científica y que no debían ser tenidos en cuenta por la comunidad científica.

Pero el daño estaba hecho. La psicología del momento, y me atrevo a decir la actual, considera que una persona escuchando música de forma aislada, leyendo de forma aislada, jugando al móvil de forma aislada —especialmente si es un niño rodeado de otros niños— es una clara señal de falta de sociabilidad, y a veces de algo peor. Algo contra natura que ha de ser tildado como extraño.

lectores leyendo en un tren aislamiento social

Lejos queda aquella preocupación del siglo XX en la que los vagones eran una nube de periódicos. Parte del pensamiento de la época suponía que estábamos retrocediendo socialmente por no mantener conversaciones vacías con la persona aleatoria situada a nuestra vera, como si esa persona pudiese aportarnos algo relevante en nuestra vida.

Hubo un tiempo en que temimos la lectura por ser algo incomprendido por las masas, hasta que llegó a las masas. Luego temimos que la televisión “arrollara a su paso otras actividades de ocio, entre las que se incluye la lectura”, en palabras de Griswold y Wright. Un tiempo después, Sony tuvo miedo de que la gente usase su dispositivo en solitario.

Hoy tememos de que la gente le preste atención al móvil. En el fondo, no hemos cambiado tanto. Seguimos catalogando cualquier innovación presente como una solución desnaturalizada que nos retira una esencia humana de otro modo presente. Cuando escuchemos música con un chip implantado en el cerebro, los mismos tipos freudianos se echarán las manos a su cabeza no conectada.

 

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