Para emprender hay que enfrentar tus peores miedos. ¿Crees que eso es fácil? Para nada. Es el reto más difícil. Hoy en día la palabra emprender está de moda. Todos quieren ser emprendedores pero son pocos los que se atreven a dar el salto. O, en todo caso, los que pueden.

La mayoría opta por el trabajo en relación de dependencia mientras que unos pocos se lanzan a la aventura de tener un negocio propio. ¿Por qué se da esto? En palabras de un amigo comerciante: “el empleado tiene miedo de perder lo que tiene, su ingreso seguro a fin de mes. Ese miedo es lo que lo paraliza y lo que lo mantiene en la misma posición toda la vida”.

El dilema que enfrenta el trabajador es simple: un ingreso fijo y seguro a fin de mes contra una vida de incertidumbre pero con la posibilidad de un ingreso sin techo. Tanto para el empleado como para el comerciante el dilema se resuelve con la elección de un estilo de vida. Sin embargo, detrás de esta decisión hay una influencia cultural. Hay sociedades, grupos culturales y clases sociales que tienen más propensión al comercio que otras.

Por ejemplo, a principios del siglo veinte el proceso inmigratorio que tuvo lugar en la Argentina trajo consigo un aumento del pequeño y mediano comercio en la ciudad de Buenos Aires. Los inmigrantes traían la tradición del pequeño negocio (carnicerías, panaderías, etc.). Por otro lado, aquellos con menos cultura comercial estuvieron obligados a probar suerte con negocios independientes para poder sobrevivir. Con el tiempo y la práctica comenzaron a adquirir habilidades y éstas fueron pasando de generación en generación. Algunos con mayores habilidades que otros lograron constituir empresas de considerable tamaño. Así aparecieron poderosos imperios industriales.

Muchos de nuestros abuelos fundaron pequeños y medianos comercios que luego se convertirían en medianas y grandes empresas. Algo parecido ocurrió con la población de la ciudad de Medellín la cual es conocida como la ciudad de los emprendedores.

Los habitantes de Medellín tienen un don para el comercio y la venta. Son emprendedores natos y se dice que no existe tal cosa como un paisa pobre. El motivo de su idiosincrasia es cultural. Son descendientes de una comunidad judía que inmigró hace cuatrocientos años atrás huyendo de la inquisición española. Para no ser quemados en la hoguera se convirtieron al catolicismo sin embargo mantuvieron sus costumbres. Con el tiempo las nuevas generaciones olvidaron el origen religioso pero mantuvieron el gen comerciante.

Los conocimientos técnicos se aprenden observando, preguntándole al que sabe o leyendo material. Si quiero abrir una empresa de ropa leeré sobre las características del mercado, iré a las cámaras del sector y estudiaré una estrategia de marketing acorde a dicho producto y al cliente potencial. La mejor manera de adquirir información para emprender es hablar con los que ya están en el juego y conocer su historia para aprender de sus errores.

¿La generación emprendedora?

La palabra emprender está de moda, pero sólo en la teoría, no en la práctica. Existe mucha publicidad que promociona al emprendedor como el nuevo modelo a seguir. Es el héroe de los nativos digitales

Ahora bien, ¿en qué condición se encuentran los jóvenes que pertenecen a esta generación cuyos máximos ídolos son los emprendedores, los nómadas digitales y los influencers? ¿Realmente hay un movimiento hacia la independencia financiera?

Muchas personas se lanzaron hacia la aventura motivados por el discurso hegemónico y luego de persistir lograron obtener cierto éxito. Sin embargo fueron muy pocos los que se aventuraron hacia el mundo de la incertidumbre en busca de atractivos beneficios. También es cierto que muchos lo hicieron porque no les quedo otra. Al perder su empleo fue lo único que podían hacer. Por supuesto, aquellos que contaban con recursos educativos y económicos tuvieron ventaja a la hora de lanzarse a la aventura.

A los jóvenes de 18 a 35 años les tocó vivir la era de la precarización laboral y la desafiliación social. Entre ellos están los famosos “ninis” (ni estudian ni trabajan). Muchos viven en la pobreza más atroz y los que no, se encuentran en una situación de desidia absoluta.

Al mismo tiempo, están los que luchan por mantener un ingreso digno, el cual temen perder. El riesgo de perder lo poco que tienen —ese trabajo precario sin cobertura social y beneficios— les aterra. Si eso ocurre conocen su destino: la pobreza. La amenaza es tan horrorosa que el miedo es comprensible.

Un joven de clase media alta tiene muchos incentivos para emprender porque cuenta con una red de seguridad humana y social que lo contiene. Aun así, son pocos los que se aventuran. La mayoría elige el camino fácil: el ingreso fijo a fin de mes en condiciones no tan favorables. Pero, al menos, es un ingreso fijo. En algunos casos es un ingreso considerable aunque esté atado a un contrato de duración trimestral o, en el mejor de los casos, anual.

A esto es a lo que se le llama precariedad laboral: hay un ingreso pero no es seguro por cuánto tiempo se lo cobrará, y el temor a perderlo nos hace aferrarnos más a él. En el fondo, ellos son los afortunados. Sí, los precarios. Al compararlos con aquellos que se encuentran en la pobreza extrema su situación no parece tan dramática.

En algunos países los desafiliados, desocupados y precarios suman más del 50 % de la población de jóvenes. ¿Será que la generación de los emprendedores es sólo un espejismo para esconder que vivimos en el mundo de la precariedad y la desafiliación? ¿Acaso estos emprendedores son los mismos de siempre? ¿La cultura del emprendimiento es una tendencia general o sólo se restringe al siempre selecto grupo? Vale la pena responder a estas preguntas y aclarar las cosas de una vez por todas.

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