Con ‘No tengo tiempo’, Jorge Moruno ha escrito uno de esos libros de obligada lectura. Uno más que añadir a la lista creciente e infinita de volúmenes pendientes. Y ha tenido la educación de escribirlo a modo de píldora de 100 páginas en formato de bolsillo, lo que es de agradecer en un tiempo en que escasean los minutos.

Con un estilo académico muy marcado, ‘No tengo tiempoanaliza la realidad capitalista en la que vivimos y se aproxima al problema de la falta de tiempo. ¿De dónde proviene esta histeria? ¿Por qué algunos disponemos de tiempo y otros no? ¿A dónde vamos con este modelo social? Y, lo más importante: ¿tiene solución?

no tengo tiempo jorge moruno

Nunca hemos tenido tanto tan poco tiempo

La jornada laboral de los trabajadores de cuello blanco se acorta en algunas multinacionales con experimentos de semanas de cuatro días. Un servidor trabajó 30 horas semanales en 2019, como autónomo gig, y con un salario personal que triplicaba los ingresos familiares de su barrio. Pero la brecha de la falta de tiempo nos está convirtiendo en una sociedad a dos velocidades en la que buena parte de la población corre para evitar ser atropellado por su reloj.

Para que unos pocos podamos disfrutar de tiempo de calidad, muchos han de vender su tiempo a bajo precio. Todos mis vecinos viven agobiados. El actual modelo capitalista que presupone una meritocracia sin fundamento, directamente falsa en buena parte de sus premisas, está asfixiando al grueso de la población.

Jorge Moruno analiza con acierto el origen gradual pero constante de una maquinaria que parece diseñada para extraer tiempo de las capas bajas y bombearlo a través de tuberías burocráticas y legales a las capas altas. Con cada tic del reloj, el agua se calienta un poco más. ¿Sabremos saltar antes de que nos sirvan como primer plato? Porque el primer paso es despertar.

¿Mi trabajo? Manecilla de reloj

Que levante la mano quien sienta que el tiempo se le escurre entre las manos. Quien sienta la presión constante por realizar tareas para evitar desperdiciarlo. En pie quien se sienta empujado a llenar el día con eventos que nos mantengan ocupados, y también en pie los que no vean una salida viable al ritmo frenético. Los que se sientan culpables por no estar haciendo algo.

Hace unos días una madre explotaba a llorar en una reunión de trabajo porque el dueño de su vida, un pequeño chip envuelto por un cristal liso y una cubierta plástica del tamaño de su mano, no dejaba de vibrar. Los tres grupos de WhatsApp del colegio estaban a punto de sumirla en una depresión. Se sentía desbordada.

Nos hemos atado una soga al cuello y tratamos de llegar lejos, preguntándonos por qué nos asfixiamos cuando intentamos dar un par de pasos fuera del reloj. Y es que no hay un fuera del reloj.  Hemos adaptado nuestra vida a una inviable cadena de tareas y nos hemos encadenado a ellas para formar parte del engranaje.

La culpa de todo la tiene el modo en que cubrimos el coste de estar vivos. La comida, el techo bajo el cual dormir o el ocio. “Yo trabajo por dinero”, cantaba una grabación de Homer Simpson mientras disimulaba trabajar usando un muñeco. Con el dinero compramos tiempo para vivir, pero tenemos un problema cuando hay que pedir créditos temporales.

indice de costo de prosperidad

La figura de arriba, extraída del informe ‘El índice de costo de prosperidad: Reevaluar la prosperidad de la familia estadounidense’ es bastante gráfica. Muestra que, si en 1985 un trabajador varón podía cubrir las necesidades de su familia de cuatro miembros con 30 semanas de trabajo, en 2018 necesitaba 53.

No hay que ser un genio para hacer las cuentas y verificar que no salen. El año dispone de 52 semanas sin descontar las vacaciones. El “coste de la vida”, un término que mercantiliza el tiempo que nos cuesta pagar las necesidades básicas, crece más rápido que nuestra productividad. Eso hace inviables las familias monoparentales. Pero da igual, yo no tengo hijos y tampoco tengo tiempo. Alguien, algo, se lo está llevando.

De un académico, para un académico

El libro, de ensayo, se enmarca dentro del pensamiento crítico y la reflexión social, que a su vez hacen uso de una complejidad lingüística que no siempre está presente fuera de los círculos académicos. Este volumen no iba a ser menos, y su delgadez y facilidad de lectura pueden pecar de ser demasiado escuetos o concisos. Me explico.

Aquellos lectores ajenos a determinadas vertientes ideológicas, a según qué corrientes de pensamiento económico y a algunos sucesos clave de nuestra historia reciente y no tan reciente, pueden encontrarse en desventaja frente muchos de los axiomas que Moruno da por sentados.

Es mucho más fácil entender de dónde surge el problema cuando uno está documentado, lo que no significa que el libro esté incompleto. Un lector de cualquier nivel podrá comprender el texto, pero algunas referencias históricas y económicas tendrán que ser leídas con fe, así como las definiciones básicas sobre el sistema económico.

Exceptuando el prólogo de Raimundo Viejo Viñas, aún más abreviado, comprimido y académico, el libro es accesible para cualquier persona, y muchos de nosotros nos veremos identificados con sus líneas. Eso sí, alguno podría quedarse con la sensación de que le falta información en la base de su propio conocimiento. Toca estudiar.

En su defensa, diré que la ambición con la que se aproxima a la endémica falta de tiempo, así como el notable conocimiento desde el que lo aborda, harían imposible incluir todas las referencias en algo más pequeño que una enciclopedia. En contra, que algo habría que decir para parecer neutral ante lo que considero una lectura obligada, parece dirigido a académicos.

¡Que devuelvan el tiempo a la población!

La película ‘In time’ (2011) es citada varias veces a lo largo del libro. En la película, un ladrón de tiempo inunda el mercado de años a fin de destruir el sistema, pero sin tocar el código vital que lo mantiene en marcha y lo perpetúa. El resultado neto es nulo: el precio temporal se encarece y los pobres siguen pobres.

Del mismo modo, de nada serviría inundar el mundo de billetes recién impresos si estos irán a parar a las mismas manos mediante políticas extraccionistas. Necesitamos un nuevo modelo económico, un nuevo contrato social, que Moruno tantea sin terminar de pronunciarse en una u otra dirección firme. Spoiler: no hay nada parecido, estamos en terreno inexplorado.

Jorge Moruno es político en Más Madrid, y la coherencia con la que trabaja en distintos ámbitos como escritor y sociólogo hacen que sus diferentes roles coincidan en puntos clave. Sin embargo, sería un error considerar el libro como una extensión de alguno de los partidos políticos. No hace falta leerlo para entender que la falta de tiempo es una realidad.

Sí para entender el sistema mediante el cual el tiempo se nos escapa. Moruno no ha inventado el consumidor como persona ni el tiempo de silencio como objeto de lujo, pero ha sabido plasmarlo a la perfección en un libro que invita a la militancia activa. La temperatura sigue subiendo, y el grueso de la economía gig no es tan amable como la parte de arriba en la que trabajo. La pregunta es: ¿Haremos algo al respecto?

Imágenes | Propias, Manhattan Institute

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