Si hace unas semanas analizábamos el impacto ambiental de algunos formatos de lectura, esta vez toca hablar de el impacto ambiental de nuestros regalos. ¿Por qué, si intentamos disminuir los envases de un solo uso, envolvemos los regalos? ¿Por qué, si tratamos de fijar el CO2 atmosférico, regalamos plantas en estado de descomposición? ¿Y si empezamos a regalar pensando en el impacto a largo plazo? ¿Es posible?

impacto ambiental de los regalos

Regalos envenenados, e invisibles

Hace unos meses, el periódico La Razón regalaba, junto a su suplemento de fin de semana una estufa eléctrica, un dispositivo que emite calor pero lo hace de modo tan ineficiente que entra con holgura en la sección regalos envenenados, esos presentes cuyo coste para el usuario se revela tiempo después de retirar el envoltorio.

El término regalos envenenados, muy relacionado con las peores prácticas políticas, recuerda a aquellas alfombras regaladas a los ayuntamientos por parte de los comercios de tinte locales. El regalo se convertía entonces en futuras visitas al establecimiento en cuestión. La alfombra era lo de menos.

“Te regalo esta alfombra, he aquí el establecimiento donde, a un precio abusivo, podrás limpiarla”. Con la estufa ocurre algo parecido: lo que parece un regalo gratis es en realidad una condena de gasto futuro relacionada con la pobreza energética.

Nada en contra de La Razón, de la que desconozco su política ambiental y su estrategia de descarbonización de cara a los ODS. Es probable durante el diseño de esta campaña nadie se haya puesto a pensar en la pobreza energética, en el elevado consumo de estas estufas o en un mix eléctrico dependiente del carbón.

Te regalo un coste vitalicio

Es realmente complicado tenerlo todo en la cabeza, mirando en detalle el suelo a cada paso que damos, pero eso no invalida el hecho de que las estufas eléctricas son, casi con total seguridad, la forma más ineficiente de generar calor en el interior de una estancia.

La última actualización de precios de Nergiza, blog de referencia en consumo energético, muestra como su coste supera con creces el gas natural y triplica la bomba de calor. Visto desde el punto medioambiental puede ser una simple negligencia, pero es que desde el punto de vista del gasto doméstico es el típico regalo que darías a quien te cae mal. “Toma, gasta, campeón”.

Entonces, ¿por qué regalar una estufa eléctrica? Probablemente por puro desconocimiento y falta de conciencia ecológica, en el sentido más despistado y menos culpable del término. Falta de previsión, poca educación ambiental en sentido estricto y una mentalidad que no tiene en cuenta los costes de nuestros regalos, quizá porque en nuestra tradición nunca estuvo presente el pensar.

Cuidar el entorno aún no es suficientemente guay

Estos regalos envenenados no son fáciles de ver. Muchos de los lectores hemos viajado al extranjero en avión debido a nuestras buenas notas durante el instituto. Tomar vuelos a París era frecuente para los que cursamos francés, mientras que los que hacían inglés solían visitar Londres a final de algún curso. ¿Cuántos de nuestros padres tuvieron en cuenta la huella ambiental del viaje?

Probablemente ninguno. ¿Cuál es el coste de enviar ejércitos de jóvenes en avión a una distancia abordable en tren? Probablemente elevado, teniendo en cuenta que el avión es, con diferencia, el medio de transporte más contaminante. Pero cuando nos llega un joven con una ristra de boletos de rifa para hacer hucha y pagarse parte del viaje, ¿quién le dice que no por el medio ambiente?

No creo que muchos padres hayan valorado las emisiones GEI del viaje de sus hijos a otros países, del mismo modo que hasta hace poco a mí ni se me hubiese pasado por la cabeza. Pero ahora que las nuevas generaciones estamos mejor informados, quizá nos de apuro firmar la autorización.

“Te regalo este viaje, junto con todo este CO2, espero que algún día tú o tus hijos aprendáis a gestionarlo” no es una frase demasiado atractiva y poco probable a final de curso. Lo más seguro es que este tipo de consideraciones brillen por su ausencia, aunque cada vez más se toman en consideración.

Al menos desde España, país de un servidor, las rutas en ferrocarril están preparadas para asumir un viaje turista más pausado y con varias paradas. Quizá hacer escala en Zaragoza y Barcelona no sea tan glamuroso como pasar una noche más en París, y es posible que la costa Asturiana no tenga tanto prestigio como Punta Cana.

El cuidado del entorno aún carece del glamour del derroche

Sin embargo, es curioso ver que, al tiempo que canalizamos todos nuestros esfuerzos vitales en facilitar un mejor el futuro para nuestros hijos, les otorgamos pequeños regalos que dinamitan su presente. Darles un nuevo móvil sin tener en cuenta que el anterior aún funciona es el equivalente económico a renovar cada año de compás. Y sí, muchos de nosotros lo hicimos.

Ha pasado una generación, pero aún no hemos aprendido que el mejor regalo son unos hábitos de uso prudentes que alarguen la vida del objeto en cuestión. El caso es que mi juego de regla, cartabón y escuadra de la carrera sigue funcionando a la perfección, deslizándose sobre el folio para marcar ángulos de diferentes tipos. Sí, está ajado, pero sigue siendo útil.

Como el viaje calmado o local, el cuidado del entorno aún carece del glamour del derroche, hasta tal punto que entregar regalos sin envolver es etiquetado como un acto cutre en lugar como uno generoso. Tenemos mucho que aprender. Por desgracia, comprar móviles de usar y tirar es indicativo de cierto estatus social, así como tener coche o viajar en avión. Llegados a este punto, ¿podemos regalar?

Por mi parte, he tomado la decisión de regalar pensando en el medio ambiente, dejando de lado objetos de pocos usos e incluso considerando la posibilidad de regalar bienes durables que inviertan la tendencia de los efectos más absurdos del consumismo, como pueda ser una botella de agua metálica que evite las plásticas o bolsas de tela.

El mero hecho de que un artículo como este dedique un tiempo a hablar del tema ya supone un avance, aunque sirva para entonar el mea culpa y reconocer los errores del pasado. Hasta hace no mucho, algo así no se me hubiese pasado por la cabeza. Espero haberos hecho meditar al respecto.

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