Bruno Stagnaro nació en 1973 y entre sus obras destacadas se encuentra Pizza, birra, faso y Okupas. Me junté con él en una confitería de Belgrano para charlar de literatura, cine y otras pasiones.

Bruno es el elegido para llevar a la pantalla grande El eternauta, la obra maestra de la ciencia ficción argentina. Cuando Netflix anunció que financiaría una película basada en la célebre novela gráfica, causó mucho entusiasmo en los fans del género.

La elección me pareció perfecta. Muchos lo asocian con las narrativas policiales y el mundo de la marginalidad, pero él es capaz de mucho más y trabajar la ciencia ficción es algo que él quería hacer.

Tras ver su desempeño como guionista y director en la exitosa serie Un gallo para esculapio, supe que era el indicado. El diseño de la serie es una prueba irrefutable de su talento para narrar historias complejas y emocionantes.

Cuando me junté con él, la filmación de El eternauta aún no se había anunciado. Me comentó que ya no quería seguir trabajando con la marginalidad y que estaba en un proyecto de ciencia ficción.

«La verdad que el tema de la marginalidad nunca me interesó demasiado», (comenta?) «Siempre terminé merodeando el tema pero casi con la intención de hacer lo contrario. Me voy para ahí porque es lo que me termina saliendo pero no es algo me interese en particular»

Como le comenté que yo era lector de Lovecraft, Bruno me pidió que le enviara material sobre el horror cósmico materialista ya que quería incorporarlo al proyecto. Yo lo hice sin saber que él estaba trabajando en el guion de El eternauta.

¿A qué jugabas de chico?

Jugaba a full con los playmoviles. De chico tenía dos vertientes muy marcadas: por un lado la electricidad y los experimentos, por el otro la escritura. Recuerdo que de muy pendejo me presenté en un concurso de la escuela con un resumen de Viaje al centro de la tierra. En el secundario con unos amigos hice un programa en video donde hacíamos algunas ficciones. Nos fue bastante bien y nos daba cierto grado de impunidad porque nos metíamos en donde queríamos. Era una escuela grande que tenía miles de recovecos y el departamento estudiantil nos abría las puertas de cualquier lugar. Una vez hicimos una representación de SWAT y tiramos el telón abajo. No nos hicieron nada porque teníamos la excusa de que estábamos haciendo algo artístico (risas).

¿Qué películas o series veías de chico?

Cuenta conmigo, American Grafiti, Al este del paraíso. De chico no veía series y creo que eso fue una ventaja cuando las empecé a escribir porque no estaba preso de ninguna estructura previa. Gallo es una serie muy cerebral y para poder escribirla comencé a ver series. Hoy en día las series tienen un ritmo hecho para una sociedad llena de ansiedad y si te salís de esa estructura nadie te ve. Hoy veo Okupas y tiene un armado muy diferente de lo que son las series tradicionales, sin embargo eso genera cierta intimidad.

¿Cuál fue tu primer acercamiento al mundo del cine?

Como actor en la película Debajo del mundo que fue dirigida por mi viejo, Juan Bautista Stagnaro. Tenía doce años y me encantó toda esa movida circense del cine. Encima se filmó en Checoslovaquia.

¿Cómo fueron tus comienzos?

En el secundario hice con un amigo un noticiero estudiantil que proyectábamos en el cine del colegio. Después estudié en la FUC y, como la gran mayoría, nunca terminé. Cuando estaba en segundo año me salió una oportunidad pare hacer un corto en Historias breves y después la pegamos con el guion de Pizza, birra, faso. Empecé a laburar en la industria y por eso no pude terminar la carrera. Fue medio por ósmosis que terminé dedicándome al cine. Era lo habitual en mi casa. Somos cuatro hermanos. Gabriel es socio mío y Matías dirige en Chile.

¿Cómo surgió la idea de Historias breves?

Todo comenzó con un concurso de cortometrajes. Logramos que se proyectaran los cortos en el cine Lorange y nos fue bastante bien. El ciclo de cortos no tenía nombre pero luego volvimos a proyectarlos en el cine Maxi y ahí se nos ocurrió el nombre: Historia breves. Con ese título fuimos al INCAA y así conseguimos plata para colocar afiches y promocionar el ciclo. Creo que aún tengo el fax que le mandamos al director del INCAA de aquel momento. Nos juntamos todos los directores de los cortos a redactar ese fax y después lo llevamos a un negocio para que lo enviaran.

¿De qué se trataba ese primer corto?

Fue un derivado de una experiencia bastante efímera que tuve en la colimba. Me habían enviado a la marina, a Puerto Belgrano en Bahía Blanca, pero tuve que volver a las tres semanas porque me agarró una especie de alergia. Ahí se me ocurrió escribir un cortometraje que tuviera que ver con el mundo del servicio militar. Quería representar la atmósfera de esa experiencia. El corto era sobre dos soldados que estaban en Malvinas. La guerra había terminado pero nadie les había dicho.

¿Cómo fue tu corta experiencia en la colimba?

El poco tiempo que estuve la pasé bien porque no había empezado el entrenamiento más bravo. Me sorprendió ver cómo la gente de pocos recursos estaba feliz de estar ahí. Ellos lo vivían como una colonia de vacaciones donde les daban de comer. Era interesante el contraste con amigos míos que habían pagado para no ir. Eso me llamó la atención. En cuanto a mí, yo lo viví como “ganar experiencia para escribir”. Era un escudo protector: cualquier cosa que me sucediera sería una buena historia.

¿Qué escritores te influenciaron?

En mi adolescencia principalmente tres: Bukowski, Salinger y Dostoyevski. Me siento muy interpelado por personajes retorcidos, cerebrales y atravesados por una pasión incontrolable. En Okupas está muy presente la contradicción entre la lógica y la irracionalidad. El personaje de Ricardo (Rodrigo de la Serna) tiene una búsqueda hacia la oscuridad bastante irracional. Es una pulsión que lo lleva a meterse en problemas y a tener actitudes raras. Hay una permanente tensión entre lo que el personaje dice, sus propias motivaciones y una zona de pulsiones incontrolables.

¿Qué representa Dostoyevski para vos?

Dostoyevski es como entrar en un bosque. Son increíbles los matices entre los diferentes personajes y la forma en la que construye sus lógicas internas. Esa dualidad está presente en Okupas. Eso de querer hacer el bien pero meterte en problemas.

¿Cómo surgió la idea de Pizza, birra, faso?

Estaba haciendo un documental sobre el mal de Chagas en el Chaco y un tipo me contó una anécdota con lujo de detalles. Era la parte de la película donde al personaje lo roban camino a aeroparque. Me lo contó con muchísimo nivel de detalle incluyendo los diálogos. Cuando volví me junté con Adrián Caetano y nos enteramos de que había un concurso de guiones. Entonces tomamos la anécdota del robo y escribimos el guion en tiempo record. Fue más un desafío de hacer algo rápido para llegar al concurso.

¿Cómo surgió la idea de Un gallo para Esculapio?

Fue por un bar del barrio de Palermo que se llamaba así.  Era un lugar donde solía escribir por el año 2005. En un momento tuve un bloqueo mental y empecé a jugar con la idea de una historia que arribase a ese nombre. Fue al revés de lo que en general se hace: escribir la historia y luego encontrar el título. Por eso comencé a investigar sobre la riña de gallos que por cierto pensaba que no se hacía más. Llegué a desarrollar aspectos generales del mundo planteado en la serie pero no pude terminar de plasmar todos los elementos porque lo pensaba como un largometraje. En 2015 me junté con Sebastián Ortega y le propuse retomar la idea e incorporar otro tema que me había fascinado: la piratería del asfalto. Era un tema muy visual y no explorado por la narrativa local.

Cuando aparece el personaje de Chelo (Luis Brandoni), muchas veces se escucha un Tango de fondo, como si quisieran marcar la época y los valores que lo representan.

Sí, quizás hubo algo eso. Fue una propuesta de Brandoni llevarlo para ese lado y a mí me pareció  bien porque le daba al personaje un carácter anacrónico, como si fuera el último de su especie. Uno de los ejes que quería trabajar con el personaje de Chelo era su rechazo al léxico tumbero. Con el personaje de Luque, en cambio, había algo más cercano a los Boleros para darle un carácter más romántico.

¿Y en cuanto al contexto?

En 2005 me interesó el universo de Camino de cintura. Me parecía interesante la estética de la trastienda de la gran ciudad donde conviven cosas muy disimiles en un espacio acotado. Esta idea de los despojos de la gran ciudad. Para mí era un elemento muy importante que quería incluir en la historia.

¿Realizaste trabajo de campo para poder escribir diálogos realistas?

La verdad que no. Lo del léxico viene por Ariel Staltari que es uno de los co-guionistas. Como él vive en Ciudadela, conocía mucho la verba del conurbano. También hicimos investigación de campo en juzgados donde muchos fiscales nos contaron anécdotas de ese mundo. Eso ayudó mucho. También hubo charlas con gente del lugar y con la policía. Contribuyó para la construcción del verosímil.

¿Cuál fue el eje a partir del cual desarrollaste la historia?

Siempre la perspectiva del mundo que creamos está ceñida por la mirada de Nelson (Peter Lanzani) y de su viaje iniciático en donde va descubriendo ese mundo. También me interesaba explorar el arquetipo de la persona ingenua que viene del interior pero que carga con una oscuridad. Todos tenemos una oscuridad, no importa de dónde vengamos. La idea era revelar que este tipo ingenuo tenía otra faceta. Luego de dos temporadas, Nelson termina siendo mucho más oscuro que el personaje de Loquillo (Ariel Staltari) que es un personaje que amenaza con la violencia pero cuando la cosa se cristaliza se queda en blanco.

¿Tuviste la misma intención para Pizza, birra, faso?

Pizza es un estado de situación. Los personajes viven en esa realidad y punto. A los sumo hay una idea de madurar; igual no tienen mucho recorrido. En cambio en Gallo el personaje de Nelson presenta esa dualidad donde “el camino al infierno esta pavimentado de buenas intenciones”. Al principio el tipo va detrás de algo noble pero se va oscureciendo y esa oscuridad lo hace tomar malas decisiones.

Noté cierta influencia del El Padrino en Gallo.

El padrino es una referencia que siempre tengo en la cabeza. La progresión de Michael Corleone tiene algo del arco de Nelson, sobre todo en el tema del destino. Es eso de descubrir sobre la marcha que tenés ciertas aptitudes que no sabías que tenías, y eso te va llevando a un lugar impensado sin que te des cuenta, pero el recorrido se va torciendo. En la primera temporada de Gallo hay una escena representativa en donde Nelson está limpiando un auto de alta gama y de pronto su mano está aferrada al volante. En ese momento descubre un deseo y ese es su punto de inflexión. La motivación de encontrar al hermano va quedando relegada y es remplazada por el deseo de ser alguien. Ahí está la dualidad de los personajes de Dostoyevski: todo el tiempo querer pertenecer a algo y al mismo tiempo sentirse ajeno a eso. También está la condena de conocer tus oscuridades y de anhelar cierto grado de ingenuidad. A mí me resulta más oscura la normalidad que lo retorcido. Lo retorcido tiene cierto grado de autoconciencia. Me resulta aterrorizante lo que no está en manifiesto para uno mismo.

También aparece la idea del gil laburante.

Eso surgió de una charla con alguien relacionado al mundo lumpen. Me gustó lo de plantear las antípodas de buen consejo. Se supone que trabajar y ganarte el pan es lo correcto, sin embargo este tipo consideraba que eso te convertía en un gil. Me pareció que estaba bueno la idea de un mentor que trasmite algo que está patas para arriba pero que en su concepción es lo correcto y uno evalúa si hacerle caso o no. Nelson puede elegir si ese consejo lo toma y en el dilema moral él se define. Así se despoja de las capas de inocencia y se devela quién es realmente, no solo para el espectador sino también para sí mismo.

Chelo, el personaje de Brandoni, tiene algo de Tony Soprano pero es menos intimidante.

La idea original era que intimidara un poco más, pero después fue yendo a un lugar muy extraño. Uno maneja solo una parte del proceso creativo. Al principio no me imaginaba a Brandoni como el personaje hasta que me junté con él un par de veces y apareció el filón de la vulnerabilidad. Chelo tiene la dualidad de ser un delincuente con las pretensiones de una corrección formal. Por eso siente rechazo hacia la estética lumpen del mal hablar. Me pareció adecuado ponerlo en jaque a través de una enfermedad que lo va despojando del habla. Lo había pensado como un malo bien malo pero después me di cuenta que necesitaba alma para hacerlo particular.

Igualmente se siente la influencia de Los sopranos.

Me vi la primera temporada mientras escribía Gallo y me pareció buenísima. Los capítulos son muy líricos: avanzan con una progresión que no está regida por la trama. Es como mostrar el día a día. Es increíble la estructura que tienen para la escritura de los guiones. Mad men también me gustó mucho. Inicialmente Gallo iba a tener trece capítulos, después fueron once y al final nueve. Sufrí mucho con eso. Para mí eso resintió en el resultado porque en un momento era pura trama porque no llegábamos. También el hecho de no saber si habría una segunda temporada nos condicionó porque teníamos que cerrar la historia. No hubiera estado mal tener un par de capítulos más para darle un poco de oxígeno a la serie. Más espacio para cosas que no tengan que ver con la trama principal.

¿Había una intención de retratar la realidad?

Sí, pero no me parece mal exagerar algunos aspectos de la realidad. En nuestro caso no hacía falta exagerar nada. Era contar la trasformación de este chico en ese contexto. También la dualidad del tipo que está en retirada y otro que se inicia en el negocio.

¿Cuál fue el objetivo de la segunda temporada?

El desafío era utilizar el mundo carcelario a partir del personaje de Loquillo. Si bien quisimos darle realismo a través de una investigación, queríamos que ese contexto tuviera una influencia positiva en el personaje para despegarnos de la idea de la cárcel como sinónimo de oscuridad. Creo que esa es una mirada estereotipada de la clase media sobre el sistema carcelario. Como todo en la vida hay matices y todo depende de la historia que cuentes. Me interesaba rescatar eso. Se oscurece más el personaje de Nelson afuera que el de Loquillo adentro. Siento que la vida es así de misteriosa, y definitivamente no es tan lineal.

La segunda temporada se planteó en términos de una guerra entre distintas bandas, distintas tribus urbanas que habitan un territorio común.

Hubo una intención de trabajar sobre la idea de territorio aunque siento que nos quedamos a mitad de camino. Me hubiera gustado que todo eso estuviera más presente. En la segunda temporada se nos ocurrió la idea de meternos en el mundo de la comunidad gitana. Me hubiera gustado darle más profundidad a ese recorrido. Dentro de los límites de la historia existía la intención de meterse en distintos mundos. En la primera temporada en el mundo de los vendedores senegaleses, paraguayos, mexicanos, etc… Es un derivado de incluir la presencia de Liniers que es un lugar donde convergen muchos universos. Estaba en el ADN de la serie.

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