Disfrutar de un buen clásico del oeste no tiene precio. O sí lo tiene: saber apreciar su calidad cinematográfica. Lo que conlleva, a su vez, observar ciertos detalles. Porque sin duda una western es un placer; sobre todo si el argumento pone de manifiesto –como suelen hacer las películas del viejo oeste– la supervivencia humana en territorio hostil. Ese estilo de vida que pone a prueba a cualquiera, incluido al rico y al pobre. Pero, en cuestión de cine, los clásicos como Lo que el viento se llevó; El padrino o La milla verde enfocaban temas que hasta hoy día son sobreexplotados en la industria cinematográfica: la lucha por la vida. Y eso el western lo cultivó como ningún género. Es hasta incluso elegante ver una película donde el lenguaje corporal, la expresividad de la cara,  la importancia de los silencios, los gestos de valentía o cobardía hechos con las manos, las muecas de labios, las miradas desafiantes y los tonos de voz intimidatorios pronunciados al filo del peligro, constituyen un bagaje extraordinario para quienes nos gusta placernos de un buen film.

El Séptimo Arte enriquece el mundo interior de miles de personas. Pero, sin duda, también lo distorsiona; y con ello me refiero, con los debidos respetos hacia los críticos de cine y a quienes entienden más que yo de estos temas, a la mediocridad en la interpretación. Aunque sea una perogrullada, no sólo importa la acción en sí, sino el cómo transcurre todo: gestos, música de fondo, escenografía, guion y expresiones vivas que traspasen la pantalla. Todo eso, en definitiva, que enmarca a una película como algo verdaderamente delicioso. Y es en esa mentira tan bella –como así es el cine: mentiras, en el fondo, contadas de manera bella– donde la imaginación del espectador entra en juego. Quien haya visto la Pasión de los fuertes de John Ford –eminencia del western, donde los haya– habrá comprobado que hasta la forma de encenderse un puro o beber del gollete de la botella tiene la misma importancia que los guiones; o que el sonido de las carretas y las herraduras de los caballos hacen de énfasis para anunciar la llegada de los pistoleros aliados con Doc Holliday. O, hablando de eminencias, La muerte tenía un precio representa un perfecto estudio del lenguaje corporal en la interpretación; la mirada serena de Clit Eastwood haciendo “El manco” es toda una exquisitez, con su puro en los labios, su sombrero de ala corta y su poncho al hombro, sereno ante el peligro cuando se dispone a batirse con el coronel Douglas. O en El Dorado, la risa natural, franca y prominente de Charlene Holt es un símbolo de la mujer que disfruta con la picardía que posee. Y esa forma de carcajearse es perfecta, humana y cinematográficamente una delicia, porque no es una interpretación forzada y contrahecha. Cuarenta pistolas también es un ejemplo de elegancia cinematografía. Jessica Drummond, interpretada por Barbara Stanwyck engloba los encantos femeninos de una mujer que sabe seducir con sencillez y credibilidad; hasta sus sollozos son más que reales, parecen traspasar la pantalla cuando entra en un valle de lágrimas o cuando la soledad, los delirios sentimentales y la cólera, la abocan a sus rabietas. Y no es menos el caso de Más allá de Río Grande. Que, hasta las persecuciones de carretas son fidedignas; mientras los apaches se debaten en busca de los bandoleros. La hombría de Martin Brady, interpretado por Robert Mitchum, codiciado seductor que supuso el amor platónico de muchas mujeres de su tiempo, realiza a lo largo de toda la película el temple de hombre que juega con el peligro, la rebeldía y el misterio. Pero es que hasta incluso la escena final –lo siento por hacer spoiler– es creíble, cuando se estrella la carreta, jinete y caballo caen al suelo y éste muere mientras su mirada se va apagando lentamente; y, tras la marcha de Martin Brady, alejándose de la zona, la rueda de la carreta continúa girando después del accidente. La escena es toda una verosimilitud.

Cobra importancia la coherencia de los decorados –o como se les llame– cuando los anocheceres ocurren de verdad; los amaneceres, lo mismo; y las punzadas de sol al mediodía, también. Todos esos detalles, que sin duda dan para hablar mucho, son los que componen elegancia en una película. Y si  a eso le añadimos, como a centenares de westerns, la banda sonora del maestro Ennio Morricone es que uno está en condiciones de disfrutar de una exquisitez de película. Producciones que tenían una historia digna de contar. Pero a veces se echa en falta el rigor que se precisa para contar una historia –en el presente caso, mediante un film–; aunque no es moco de pavo. Hasta para mentir con elegancia hay que valer. Y eso el cine clásico lo hace con maestría. O sea, el cine que merece la pena ver porque no es una engañifa barata producida con rudimentarios recursos. Es sabido que hoy día –evitando generalizar–, las películas o los seriales carecen de elementos que los hagan creíbles. He llegado a ver en series escenas donde un disparo en la pierna, en el contra muslo, causa dos dedos de sangre, cuando en la vida real puede suponer una hemorragia. O películas donde el vestuario es más una ropa de payasos de circo que de época. O películas donde los actores fuman cigarrillos mentolados en vez de los de toda la vida. Expresiones, guiones o frases, que no traspiran verosimilitud; algunos lo suficientemente bodrios cuya legibilidad cuesta lo suyo. También las míticas frases del cine son atemporales. Y lo seguirán siendo. Hoy día muy pocas películas se caracterizan por sus míticas frases. Como en la literatura, el cine tiene frases imperecederas. En contraste con todo lo de antes, hoy se producen películas resultonas, esnobs de poca monta que suponen todo un insulto a la inteligencia del espectador. Y si alguna película se convierte en un clásico (que hoy día es difícil) es por alguna razón difícil de explicar; pero quizás se deba al rigor de todos esos detalles que la hacen creíble. Cosa que, desde mi opinión, cada día sucede menos. Porque para eso sirve el cine: para hacer una mentira lo más real posible.

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