Heridas Abiertas (2020) es un ensayo de Begoña Méndez Seguí (Palma, 1976) para la colección Cahiers de la  editorial Wunderkammer, una serie dedicada al ensayo breve a través de ediciones cuidadas en formato pequeño y tapa blanda. Este texto tiene como tema los diarios íntimos de diversas mujeres, buscando sus puntos de comunicación, pero también destacando sus divergencias y la evolución del propio género.

Begoña Méndez describe su intención a la hora de escribir Heridas Abiertas del siguiente modo: «este libro existe por todas las autoras que decidieron agazaparse en sus destierros interiores, por todas las mujeres que transformaron su malestar y su marginalidad en parajes para la rebelión artística, en territorios para la insubordinación y la conquista de sí. […] En este ensayo quiero acercarme a las poéticas de la intimidad femenina: cuerpos raros y multiformes caracterizados por la imbricación irresoluble entre escritura y vida; una hibridación que, en su versión más radical, implica que sólo con palabras es posible aprehender la propia existencia.» En cierto sentido, uno de los temas principales que subyace al texto —la relación entre el diario como género literario, la intimidad y la experiencia— no es novedoso, pero sí que lo son algunas de las ideas que Méndez utiliza como hilo conductor del texto.

A lo largo de la “Introducción” del mismo, valiéndose de la obra de pensadores como Charles Taylor o Richard Sennett, la autora analiza el surgimiento del “diario personal” como motivo, ligándolo a los procesos de socialización propios del siglo XIX —secularización, rémora de la Ilustración, romanticismo, búsqueda del yo auténtico, conflicto individuo-sociedad— destacando cuán distinto es el significado del “diario” para un hombre y una mujer: si para el hombre el diario puede constituirse como una introspección necesaria, una búsqueda del interior; para la mujer la interioridad más allá de lo público no es un deseo, sino una realidad cotidiana. Por ello, Begoña Méndez propone una diferencia a la hora de comprender ambas escrituras, en lo que en la materia del diario se refiere: si para el hombre puede haber una romantización de la intimidad, en tanto que sujeto que posee el privilegio de la publicidad y la gestión de sí, para la mujer, que habita lo privado y lo íntimo, la escritura del diario se puede construir de dos formas: o como un espacio de liberación o publicidad necesaria, o como un instrumento más de control.  Sobre este segundo punto, Begoña Méndez destaca que: «la escritura íntima femenina nació como un dispositivo de control. La moda burguesa de los diarios de señoritas que nació en el siglo XIX y contribuyó, sin duda, a redefinir los discursos de la intimidad como una cuestión femenina y al margen de los centros literarios de los hombres. Entendidos como dispositivos de autoconocimiento, abiertos al examen de la autoridad familiar, los diarios de mujer fueron útiles para el mantenimiento de la ideología patriarcal y del orden social.» Lo cual no implica que en ocasiones, sobre todo conforme avanzan los siglos «el diario íntimo pasó de ser una escritura entre rejas a una literatura insolente, libre y atrevida, y llena de heridas abiertas.» 

Desde esta doble posibilidad del significado de la escritura del diario, Heridas Abiertas se centra en los textos de distintas mujeres, desde Santa Teresa de Jesús, hasta Mariana Eva Pérez, pasando por Zenobia Camprubí o Susan Sontag; cuyos textos, en la mayoría de los casos, basculan entre la autocensura y la construcción de un espacio de libertad. Así, el primer capítulo está dedicado a Santa Teresa de Jesús (Ávila, 1515-1582), sobre la que Begoña Méndez especula que «los discursos de repudio del cuerpo no son más que un recurso que Teresa usó para salir indemne del relato de sus experiencias eróticas con Dios.» El segundo es el que presenta de forma más fuerte esta dicotomía: por una parte nos muestra el diario “doméstico” de Zenobia Camprubí (Malgrat de Mar, 1887-1956), dedicado a anotar sus tareas diarias y sin vocación literaria, consagrado a la vigilancia de una madre controladora —aunque se nos dice que Zenobia mantenía un segundo diario, íntimo y perdido—; por otra los de Lily Iñiguez (Santiago de Chile, 1902-1926) y Soledad Acosta (Bogotá, 1833-1913), de un carácter distinto: si bien el diario de Lily también estaba azuzado por su madre, se plantea como un taller literario y se constituye como el único legado artístico de la autora, que murió a los veinticuatro años de tuberculosis. El diario de Soledad Acosta retrata su juventud y, más tarde su carrera literaria, con la constante búsqueda del propio yo, hasta que deja de escribirlo para seguir un diario conjunto con su pareja, José María Samper, del que ella acaba borrándose. 

El tercer capítulo se dedica a Teresa de Wilms (Viña del Mar, 1893-1921), que también tenía una relación viciada con su madre y que fue encerrada en un convento, y Margarita Gil Roësset (Las Rozas, 1903-1932), tristemente recordada únicamente por ser la enamorada suicida de Juan Ramón Jiménez. En este capítulo es en el que el diario se constituye más claramente como espacio para pensar la liberación, en ocasiones ligada a una pulsión de muerte: «Me siento pequeña porque me aplasta la vida y los hombres entre los que nací. Quiero infinidad porque me ahoga lo finito. En estos sublimes delirios mi alma se arranca de su esfera, y cuando vuelve a ella, ¡qué tortura, qué ansia de libertad», escribe Teresa de Wilms.  Los capítulos cuarto y el quinto se dedican a ejemplos esperables, a Idea Vilariño (Montevideo, 1920-2009), Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936-1972) y Susan Sontag (Nueva York, 1933-2004). La mayor sorpresa aparece en el último capítulo, dedicado a Mariana Eva Pérez (Buenos Aires, 1977), autora de Diario de una princesa montonera 110% verdad, que se crió con sus abuelos después de que sus padres, activistas políticos, fueran secuestrados y desaparecieran cuando ella contaba tan solo con un año de vida.

A lo largo de Heridas abiertas se estudia la intimidad del diario negando su inefabilidad y comprendiéndola como algo distinto a lo “meramente privado”, en el que se da «esa paradoja según la cual, para ser uno, hay que desdoblarse en dos» (José Luis Pardo, La intimidad), una intimidad que siempre presupone a los otros y que se construye atendiendo a las tensiones sociales y políticas propias de la comunidad en la que habita. Otro texto de José Luis Pardo, Políticas de la intimidad, se inicia con la siguiente afirmación: «allí donde no hay política, no puede haber en sentido estricto intimidad; y allí donde la intimidad está amenazada, estas amenazas expresan una crisis del espacio civil», y en cierto modo el libro de Begoña Méndez trata de pensar qué intimidad es posible en los casos en los que la subjetividad de las autoras se encontraba amenazada o negada en el espacio público. Si bien el texto puede tener en ocasiones un tono algo más pegajoso, cercano a la autoconfesión o a la admiración, sin duda Heridas Abiertas da unas notas precisas y acertadas para iniciar un estudio serio sobre la relación entre lo femenino, la escritura y la intimidad. 

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