Imagen: Manuel Moraleda Pérez

Lo conocí siendo apenas una niña. Desde el primer día que lo vi, supe que nuestros destinos estarían unidos, que pasara lo que pasara, siempre iría tras él y que solo la enfermedad o la muerte podrían separarnos.

He de reconocer que hasta el momento ha sido así. Todos los años, cual amante fiel, huyo a refugiarme en su abrazo. A veces estamos juntos solo una vez al año, otras más.

También debo confesar que él es diferente a todo lo que he conocido. Me aturde y me domina como nadie, sabe lo que digo, pero también lo que callo, pienso y siento. Lo que jamás he revelado a nadie. No soy capaz de engañarlo.

A pesar de esto, no todo en nuestra relación es quietud. Sé que sus brazos recorren otras pieles, arrullan otros sueños, no solo el mío. Pero le soy fiel. Nunca falto a ninguna de nuestras citas. Cuando estamos juntos, me ofrece tanta belleza en un solo día, que no podría ser de otra manera.

Amo ese extraño sentimiento de libertad que me regala cuando me sumerjo en su estar, a veces bravo y otras veces tan sosegado y calmo. Tan vivo, en cualquier caso. En algunas ocasiones es tan peligroso y posesivo que ahoga, y guarda y alumbra vidas, incluso monstruos que causan dolor. He probado ese vaivén alguna vez y puedo asegurarlo. Aun así, siempre olvido y retorno a su abrazo. No se lo tengo en cuenta.

Hoy frente a él de nuevo, después de nuestra siempre obligada separación, sé que no podría dejar de buscarlo, y que, cuando vuelva a casa en unos días, mi memoria habrá quedado varada en su orilla, deseosa de un nuevo reencuentro.

Observo su estar tan señorial y calmo, su azul que se difumina a lo lejos con el horizonte, la belleza de todo lo que en él es inabarcable, su seductora plenitud, mientras paseo por su ribera rozando en cada paso el añejo translúcido de sus aguas. Apenas templados por sus olas mis andares y engullidos mis pies por su arena, intento anclar en mi recuerdo lo que sé que en unos días se transformará en apremiante anhelo de su estancia.

Creo que lo echo de menos, antes incluso de haberme alejado. A él. A mi reposo entre los intervalos asolados de la vida, mi tisana plena de sal en vez de azúcar, mi lecho de algas que es capaz de insuflarme vida mientras me acuna, mi atracción al vacío que aumenta a medida que asciendo el más escarpado y alto de los acantilados…

mi abrazo líquido,

mi amor de agua,

mi amante…

El Mar.

Comentarios

comentarios