Las luces se apagan, los comercios cierran y las calles quedan vacías. Con el abandono de nuestras ciudades en pro de una estrategia hogareña que combata el virus de actualidad, en algunos lugares la fauna campa a sus anchas. Pero no solo nos hemos aislado unos de otros. También hemos dejado fuera un enorme entorno cultural que agoniza una semana después del confinamiento.

apoyo la cultura

Por miedo a lo que pueda pasar, las familias cierran el grifo de sus gastos personales, priorizando aquellos indispensables tales como la comida o la energía. Poco a poco, el miedo en forma de sequía económica alcanza empresas de todo tipo, que expulsan hordas de familiares a la calle. Lentamente, todo se detiene y nos asfixiamos con nuestras peores políticas de austeridad.

Lejos quedó el techo de gasto impuesto a golpe de decreto. Ahora manda el miedo. Proteger lo propio y espantar lo superfluo. Llevados por el pánico, ignoramos que somos lo superfluo de otros. Que la mayoría de nosotros no realiza una función de vital importancia de la economía, y que todos estamos pendientes de un expediente de regulación de empleo por abandono.

La situación ataca a la cultura en pleno corazón, como no podía ser de otra forma. Especialmente la cultura autónoma, aquella que buscaba una oportunidad en un mundo hipercompetitivo en el que una semana después del encierro no parece haber sitio ni para la mitad de los que estábamos. Aquí y allá se paralizan proyectos, se cancelan emisiones, se posponen salidas editoriales.

Encallamos encerrados en nuestros hogares. Hemos decidido aislarnos de todo, y el frenazo en el consumo de las necesidades de autorrealización, como las llamó Maslow, ya es palpable una semana después. Dentro de poco se irán apagando el resto de niveles de la pirámide, a menos que hagamos algo para solucionarlo. En una política de “sálvese quien pueda”, estamos poniendo sogas a los vecinos.

Ellos, sin saber que es nuestro cuello el que pende de un cable cada vez más grueso, nos lo colocan a nosotros en aplausos en la terraza. Nuestra austeridad ahoga a la ciudad vecina, y la suya a nosotros. Todos a una, en silencio, estamos cortando las cabezas de aquellos que decidieron levantarla. Pero podemos coserlas de nuevo, reparar el daño causado. Podemos apoyar la cultura.

Durante los próximos meses, mi consumo de ocio digital no va a disminuir. Mi cuota mensual en artistas noveles no se verá reducida. En lugar de consumir libros físicos, lo haré en digital. Eso que se lleva el planeta. El presupuesto a restauración irá destinado a ocio digital. El presupuesto en viajes irá destinado a ocio digital. El presupuesto en transporte irá destinado a ocio digital.

Aquellos que disponemos del músculo financiero y una buena salud contable podemos hacer el esfuerzo de mantener las cabezas de los vecinos a salvo. Aquellas empresas lo suficientemente fuertes como para mantenerse e incluso salir reforzadas de esta crisis tienen la responsabilidad de mantener a sus plantillas y hacerlas crecer. A muchos les vendría bien una silla en los pies.

Corremos una maratón en la que cada día cae alguien. Ese mismo día, miles de familias deciden que su estrategia es pisotear a los del suelo, esperando no ser los siguientes que se queden por el camino. Sin entender que, si no llegamos todos juntos, perderemos todos a la vez. El daño permanente a una cultura herida puede ser mortal y reflejarse en unas décadas. Hagamos algo.

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