“Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor” es una cita atribuida con acierto a Russell, afamado pacifista y amante de la tranquilidad. Han pasado dos semanas desde el inicio del encierro, y confirmo las palabras de Russell. La liberación (a la fuerza) de todo este tiempo poco menos que nos oprime el pecho y nos inquieta.

no soportamos aburrirnos

El WhatsApp no cesa de lanzar mudos pitidos verdes en la carcasa de mi teléfono. He tenido que retirar todo tono y vibración para evitar distracciones. Las conversaciones de grupo acumulan cientos de mensajes en pocas horas. La interacción social ha explotado, rasgando las costuras de los horarios, y las videollamadas se suceden incluso a media mañana. ¿No sabemos aburrirnos?

Uno abre el periódico y encuentra todo tipo de artículos orientados a aprovechar más el tiempo, como si forzar un binge watching en Netflix nos fuese a desvelar el secreto de la esquiva felicidad. Haz ejercicio, lee todo lo que puedas, llena tu calendario hasta los topes, lucha contra el reloj y haz lo posible por no aburrirte, ya que si lo haces no estarás aprovechando el tiempo.

La sociedad actual no sabe aburrirse y está dispuesta a todo por evitar aprender cómo se hace. Es capaz de abrazar todo tipo de tareas que poco antes habría denigrado, como han demostrado las diferentes olas de bizcochos que hemos experimentado últimamente. Recuerdo que la primera empezó el mismo domingo en que se decretó la cuarentena. Ese es el margen que damos a aburrirse.

Pocas horas después del estado de alarma aparecían los primeros consejos para no aburrirse en nuestro encierro doméstico, y uno de ellos era ponerse a llamar de forma pseudoaleatoria a toda la agenda de contactos. Interrupciones sistemáticas, una actividad que poco antes nadie quería realizar se ha convertido en la moda de estos días.

Todo por evitar quedarnos solos con nuestros pensamientos. Todo sin reconocer que uno de los mayores miedos no es quedarse sin trabajo o quedarse sin comida. En un estado garantista el mayor de los temores es no poder soportarnos a nosotros mismos en la oscuridad, el no aguantar a nuestras familias durante largos periodos de tiempo.

Septiembre era el mes con más divorcios, fecha que Wuhan ha desbancado con su marzo negro. Las autoridades de Xi’an confirman que se han batido todos los récords de rupturas, y dentro de unos meses pasará algo similar en España. Es el coste de una vida interior lo suficientemente pobre como para que al menor síntoma de marasmo la existencia se vuelva un suplicio.

Algo así decía Erasmo de Rotterdam cuando afirmaba que “el que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento”. Vuelvo a secundar esta cita, y recalco la importancia de vivir con nosotros mismos. Lejos de ser una sentencia perfectamente enmarcable en forma de taza para un curso de coaching, encierra uno de los mayores retos que tenemos por delante.

La humanidad nunca había tenido tanto tiempo libre como tiene hoy día, y aquí y allá se escucha que dentro de relativamente poco habrá más. Quizá en poco tiempo trabajemos 32 horas semanales. La pregunta es si vamos a saber qué hacer con esas ocho horas extra, o vamos a necesitar que nos digan qué libros, series y podcast consumir.

Cinco estados han abrazado la renta mínima para cubrir a los trabajadores desplazados por la pandemia, y para muchos este virus marcará un antes y un después en la economía. Pero no han pasado ni dos semanas de encierro y ya hay personas que se lo saltan para poder correr unos minutos por la calle o visitar a sus familiares. No estamos preparados para el tiempo libre.

Nos quejamos al final del día laboral y despotricamos de la empresa al final de la semana, especialmente cuando el lunes hay que volver al trabajo. Hasta que nos lo quitan. Entonces pataleamos con fuerza y nos quejamos porque nos aburrimos. Así de maduros somos.

Todavía queda mucho experimento social por delante. Aún quedan semanas de encierro y muchos datos que recoger. Pero la histeria por la saturación de actividades vista hasta ahora me demuestra que la gente no sabe aburrirse y que aún no está por la labor de aportar la paciencia para aprender de sus beneficios.

 

Imágenes | Ellen Auer

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