Los anaqueles y vidrieras de librerías rebosan de libros con imperativas conminaciones a volverse rico, famoso, exitoso, seductor, o todo ello junto. Es el triunfo del género de la autoayuda.

Partiendo de un optimismo ingenuo y de una supuesta omnipotencia del ser humano, la autoayuda hace creer al incauto que podría lograr cualquier cosa con sólo proponérselo. De este modo, se le sugiere al desempleado que encontrará trabajo, al pobre que recibirá dinero, al menesteroso que alcanzará la abundancia, al enfermo que recuperará la salud y al olvidado que será acompañado. Según este discurso, los únicos límites de la acción humana estarían en la mente, por lo cual con solo cambiar algunos pensamientos la existencia del ser humano se vería radicalmente alterada.

El éxito de la autoayuda descansa en su banalidad. Sus propuestas siempre son atajos fáciles, que no exigen demasiada reflexión. Basta con la autoconfianza y la puesta en marcha de alguna técnica que viene detalladamente explicada, a modo de infalible recetario, en los libros del género.

Este discurso tramposo es de una infinita perversidad porque se fundamenta en la culpabilización del sujeto sufriente. Al desocupado se le hace culpable de su desocupación por no haber generado suficientes y poderosas visiones de sí mismo trabajando. Los niños que pasan hambre son culpabilizados por no haberse visualizado ante un plato de comida. Los enfermos son inculpados de no haber enviado “buenas energías” al universo. La autoayuda acusa al sujeto de estancarse en una “zona de confort”, como si la enfermedad, el desempleo y la pobreza tuvieran algo de confortable. Una vez que el sujeto se convence de ser el único culpable de todo lo que le sucede y de estar cómodamente inactivo frente a su vida, el discurso de la autoayuda le propone toda clase de irreflexivas acciones, espoleándolo con el argumento de que está perdiéndose las oportunidades que el capitalismo le ofrece. Como además hay un único modelo de éxito y realización personal, quien no se ajusta a él debe sentirse miserable. La felicidad acaba convertida así en una pesada dictadura, en donde quien no sonríe es marginado.

Los libros de autoayuda insisten en que debemos conocernos a nosotros mismos, pero no proponen herramientas para conocer la trama de relaciones sociales en la que vivimos. La autoayuda camufla los males sociales: perder el trabajo pasa a ser una excelente oportunidad para reinventarse profesionalmente, y divorciarse es la chance para aprender un hobby nuevo. Al individualizar todos los problemas, las condiciones sociales de la existencia se pasan por alto. El sujeto tiene prohibido buscar otro responsable de sus desdichas que no sea él mismo. Consecuentemente, las soluciones que propone la autoayuda son siempre una cuestión individual, nunca colectiva. No hay nada casual en ello: el discurso de la autoayuda sirve perfectamente a los propósitos del capitalismo más individualista, naturalmente interesado en desarticular cualquier acción colectiva.

De allí que los procesos históricos nunca merezcan la más mínima consideración de parte de la autoayuda. No es de extrañar esta animadversión: la historia puede probar, por ejemplo, que la desocupación tiene causas perfectamente explicables y comprensibles para cualquiera que se tome la molestia de estudiarlas con un poco de detenimiento.

Naturalmente, la autoayuda y la filosofía también se llevan mal. Mientras la filosofía pretende orientar al ser humano en la confrontación de las cuestiones más profundas de su existencia, la autoayuda le propone que las evite apelando a soluciones mágicas. La filosofía acepta la angustia del ser humano en tanto estado capaz de promover la acción, mientras que la autoayuda promete erradicarla a través de un aletargamiento en el cual el sujeto no se sienta interpelado.

El discurso de la autoayuda promueve una grave y peligrosa desconexión con la realidad, sumergiendo a sus incautos seguidores en ensoñaciones carentes de asidero. Quien consume sus patrañas no tarda en frustrarse al no encontrar los resultados prometidos. Pero como la autoayuda se alimenta a sí misma, pronto le ofrece al infeliz nuevas técnicas de pensamiento positivo para que reinicie una carrera sin fin absolutamente dañina para su integridad psíquica.

Sorprendentemente, muchos titulados universitarios han sucumbido al discurso de la autoayuda, cuando en virtud de su formación debieran tener herramientas para permanecer más inmunes a él, o por lo menos presentarle alguna resistencia. Increíblemente, personas de elevada formación siguen consejos de quienes no tienen ninguna formación especial para darlos.

Considerar a la autoayuda una novedad constituye un error. Al parecer, se originó en 1859 con un libro de Samuel Smiles que se titulaba, precisamente, Self-help (Autoayuda), en el cual el pensamiento positivo aparecía ya como el tópico fundamental del género. No hay, por tanto, nada nuevo en la autoayuda, fuera de técnicas explotadas con recursos marketineros que prendieron al calor de las crisis sociales.

Aunque hasta ahora los libros de autoayuda parecen haber engrosado más los bolsillos de sus autores y distribuidores que los de sus ingenuos lectores, el género parece gozar de una vivaz receptividad popular.

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