Soy declarado y devoto fordiano. No, no hablo del presidente nº 38 de los Estados Unidos; tampoco me refiero a Harrison Ford (aunque también soy un gran seguidor del actor). Hablo de John Ford.

El de las películas del Oeste; sí, el abuelete con un parche en el ojo. Lo admito, adoro a John Ford y por ende todas sus películas (las que ya he visto y las pocas que me quedan por ver), legado imprescindible del mundo cinematográfico.

Por ello, por el amor y respeto que le profeso, me embarco en una serie de artículos (no sé cuántos serán) en los que hablaré de una película dirigida por Ford, tanto las más conocidas por el gran público como aquellas consideradas menores pero que son de obligado visionado si uno se considera amante de buen cine. Cuando John Ford inició el rodaje de El hombre tranquilo en 1952 (que acabaría siendo una de sus grandes obras maestras) sabía desde el principio que iba a ser una película querida por público y crítica, pues al tratarse de una visión idílica de Irlanda tocaba la fibra de ese sentimiento que ha existido siempre en América en todo lo referente a las raíces. Además, la familia de Ford procedía de la isla gaélica, con lo que para él era un ejercicio de nostalgia y homenaje al mismo tiempo, lo cual queda muy bien reflejado en el film. En él, Sean Thornton (John Wayne) regresa a Innisfree, pueblo del que marchó con apenas doce años; el regreso es duro, pues las normas y el carácter irlandés le son por completo desconocidos.

Decide comprar la casa familiar y los terrenos circundantes, pero ha de lidiar con Willy Danaher, quien reclama esa parcela. Por si fuera poco, Thornton se enamora de Mary Kate, quien resulta ser hermana de Danaher: a partir de ese momento es establece una relación entre los tres de lo más peculiar, que a medida que avanza la película muta y se transforma constantemente hasta llegar al clímax (la pelea entre Sean Thornton y Willy Danaher), una de las escenas más recordadas del mundo del cine.

Ford rodó con el corazón lleno de anhelo y se nota en todas las escenas, en una banda sonora que acompaña a la perfección unos planos que explican la añoranza que el director sentía por esa tierra y sobre todo por ese clima de paz perpetua en la campiña irlandesa. En El hombre tranquilo se habla de la camaradería, ese sentimiento casi familiar que se forja en las comunidades que estrechan lazos; cuando Thornton llega al pueblo no lo comprende, hasta le parece excéntrico, pero termina por comprender que en esos sentimientos radica buena parte de la felicidad.

Porque Innisfree es un lugar feliz, un escenario digno de un cuento mágico en el que hasta los vicios y las penas parecen menos graves: en la taberna la gente bebe hasta perder el sentido, pero no importa porque la fuerza de las costumbres lo convierte en un disfrute más de la vida.

Es también un lugar de redención, la del propio Thornton, quien ha huido de la gran ciudad y de su más próximo pasado para lidiar con su verdadero origen.  De forma metafórica Ford encarna ese pasado primigenio del protagonista en la figura de Willy Danaher, que encarna las arraigadas tradiciones y el poder en Innisfree, como si fuera el guardián del pueblo con la capacidad de decidir quién puede o no vivir ahí; durante toda la película la pugna entre Thornton y Danaher no es más que la visualización de la lucha interior del primero, que se esfuerza en encajar en un lugar que a priori parece rechazarle. Porque sólo con dolor conseguirá dejar atrás los recuerdos de los que huye.

La genialidad de Ford al rodar y guionizar El hombre tranquilo (que parte de un pequeño relato de Maurice Walsh) radica en sublimar la sencillez para convertirla en trascendental e imperecedera. No importan los años que vaya sumando el film, pues la idiosincrasia de los habitantes de Innisfree es la meta de cualquier persona: el anhelo de la felicidad, la búsqueda del amor (y la lucha por él), la fraternidad, la paz… un retrato de lo que haría dichosos a cualquier hombre y cualquier mujer convergen a lo largo de los 129 minutos de la película.

Innisfree se muestra como un paraíso terrenal, tanto física como espiritualmente (para John Ford rodar en Irlanda supuso toda una catarsis personal); es el lugar en el que el dinero y su corrupto poder no existe, porque la disputa entre Danaher y Thornton por los terrenos se disfraza de motivos económicos, pero simplemente es una disputa de poder a poder con las tradiciones y las raíces como verdaderas protagonistas de la liza, como lleva siéndolo durante siglos en aquellas tierras.

Thornton huye de la ciudad y de la maldad del dinero, creyendo al principio que al quererse casar con Mary Kate y toparse con la negativa de Danaher (y sus pretensiones de dote para con su hermana) su huida es en vano. No será hasta más adelante cuando, comprendidas las tradiciones, compruebe feliz que ha encontrado su tan buscada paz; la pelea con Danaher, larga y cargada de simbolismo, escenifica el renacer de Thornton. Una escena impagable.

Impagables son también las apariciones de los secundarios. MichaleenFlynn (interpretado por un sublime Barry Fitzgerald) se nos muestra como una suerte de nexo de unión entre pasado y presente, un personaje maravilloso. Por otro lado el reverendo Peter Lonergan (un sembrado Ward Bond) ejemplifica con todo su esplendor el espíritu genuino de aquellas tierras.

Ambos personajes acompañan al trío protagonista comoguías espirituales, árbitros en una liza que lleva repitiéndose generación tras generación. La película es, también, la demostración palpable de queJohn Fordno fue sólo un director dewesterns; pese a que suspelículas del Oesteeran verdaderas obras maestras y muchas de ellas se cuentan entre las mejores del cine en general, su capacidad creativa iba más allá de un único género, destapándose como un verdadero genio, a quien la gran mayoría considera un artista casi antes que un director. Un orfebre del celuloide que pulía sus obras hasta convertirlas en piedras preciosas que brillaban con una luz inigualable. ¿Y el amor? Con tintes épicos.

Ford nos sumerge en la relación entre Thornton y Mary Kate con una intensidad apabullante desde el primer encuentro entre ambos: otra lucha de titanes en la que ella demuestra ser una mujer con arrestos que pelea como ninguna por ser fiel a las tradiciones al mismo tiempo que se entrega a los brazos de un hombre que reconoce como un igual, con las mismas aspiraciones y anhelos.

Son precisamente ellos quienes protagonizan dos de las escenas más impetuosas, cargadas de pasión. El amor es el color que da vida al cuadro que pinta Ford en forma de fotogramas, el motor con el que hace avanzar la película y nos despliega el inmenso abanico de temas que desarrolla a lo largo del film. ¿Es El hombre tranquilo un drama, una comedia, una película romántica? Es, simple y llanamente, la vida: humor, drama, amor, obstáculos… todos los ingredientes mezclados, superponiéndose los unos a los otros.

Son tantas las caras poliédricas que posee El hombre tranquilo que podríamos pasarnos horas y horas escribiendo sobre ellas: el sentido homérico del viaje de Thornton, la traslación en el film de los propios pensamientos de Ford acerca de la pertenencia a un lugar, la liturgia de las tradiciones… todas ellas importantes y que conforman el impresionante mosaico en el que cualquier cinéfilo que se precie encontrará siempre un motivo para revisionar una y otra vez la película. Y siempre que lo haga sentirá cómo se le eriza el vello cuando suenan las gaitas al final, aunque no seamos de Innisfree, pese a que no seamos irlandeses. Nos emocionaremos porque somos seres humanos.

 

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