Portada de la primera edición (Fuente).

En febrero de 1719, dos meses antes de la publicación de Robinson Crusoe, Daniel Defoe propuso en el Weekly Journal que la South Sea Company, fundada ocho años antes y que abastecía a las colonias españolas en América Latina con varios miles de esclavos africanos al año, supervisara la fundación de una colonia británica en la desembocadura del río Orinoco, en la costa de la actual Venezuela. Se requeriría que el gobierno proporcionara una enorme fuerza militar, pero a cambio los ingresos resultantes harían que mereciera la pena. Defoe decidió ubicar la isla ficticia en la que Crusoe estaba abandonado en las proximidades de la boca del Orinoco y dotarla de un clima más amable que el de la isla real en la que Alexander Selkirk, el presunto modelo de Crusoe, trató de sobrevivir. En ese sentido casi podría decirse que Robison Crusoe era un folleto publicitario para potenciales inversionistas. Solo le faltaban las fotografías de las playas vírgenes.

El precio de las acciones de South Sea Company se disparó de forma insostenible gracias al soborno y al uso de información privilegiada, pero cuando la burbuja financiera que se había creado explotó se produjo una crisis generalizada. Robison Crusoe, que relataba las vicisitudes del protagonista en la isla, sus escaramuzas con caníbales y con un equipo de amotinados ingleses, su rescate y su peligroso viaje por tierra desde Lisboa, habría sido mejor inversión. A fines del verano de 1719, el libro había sido reimpreso tres veces y Defoe había publicado una secuela, Las aventuras más lejanas de Robinson Crusoe, a la que le siguió un tercer volumen, Reflexiones serias durante la vida y aventuras sorprendentes de Robinson Crusoe, en 1720. A finales del siglo XIX, se habían hecho cientos de reediciones del primer Crusoe.

Durante mucho tiempo pesó la interpretación que Jean-Jacques Rousseau hizo del libro en Émile, de 1762, cuando lo describió como «el tratado más feliz sobre educación natural» jamás escrito. En este punto la carrera de Crusoe como traficante de esclavos y propietario de una plantación en Brasil se omite. En la estela de Rousseau, muchos estuvieron de acuerdo en que Robinson Crusoe enseñaba las virtudes de la autosuficiencia, del manejo de recursos y de la confianza en uno mismo. En el trasfondo lo que se pretendía ensalzar era la figura del cristiano, y de paso el imperialismo. La introducción de una edición de 1900 de Cambridge University Press lo dejaba bien claro, alentando a los lectores a admirar «esas cualidades de ingenio, actividad y sentido común práctico que han hecho de Gran Bretaña la mayor potencia colonizadora del mundo». En 1903, Thomas Godolphin Rooper declaró: «Nada, ni siquiera el fútbol, hará más para mantener y extender el dominio de los anglosajones que el espíritu de Robinson Crusoe de Defoe. que puede resumirse en este consejo: ‘Nunca busques en los demás lo que puedes hacer por ti mismo’».

Robinson Crusoe rescatando a su compañero Viernes de los caníbales (Fuente).

La moraleja de la historia parecía ser: trabaja duro, confía en Dios y tendrás dominio sobre los demás. Sin embargo, hay una verdad perversa detrás de esta máxima, porque para dominar se necesita alguien a quien dominar, súbditos, y ni siquiera el hecho de ser un hombre blanco occidental te garantiza ese dominio. Lo paradójico era que esto se enseñaba en el sistema educativo victoriano, que no tenía nada que ver con el trabajo manual. Los niños sabían leer latín, pero para cualquier labor práctica dependían de sus sirvientes. En realidad no tan paradójico, porque la riqueza que consiguió Crusoe no deriva de su propio trabajo sino del de sus esclavos en su plantación de Brasil.

Es evidente que lo que se pretendía con Robinson Crusoe no era promover un ideal de vida y de educación sino extender y afianzar el dominio anglosajón. Mucho después de que el imperio británico se hubiera derrumbado, el libro de Defoe era una receta diseñada para perpetuar el racismo, el sexismo y el imperialismo británico. El libro nos enseña que la esclavitud es algo correcto y que combina bien con el cristianismo, que la función de las mujeres es servir a los hombres o que las personas cuyo color de piel no es blanco son salvajes y que no deben desafiar a los blancos. Con estas ideas, Crusoe se convirtió en bandera del imperio, viajando en el equipaje de comerciantes o misioneros. Y la única forma de perpetuarlo era darle a Robinson Crusoe el estatus de ser la primera novela inglesa ‒al fin y al cabo, la historia temprana de la novela inglesa coincidió con la expansión del imperio británico‒, y ello a pesar de que su calidad literaria también es discutible. Robert Louis Stevenson, comparando a Robinson Crusoe con la Clarissa de Samuel Richardson, dijo que Defoe no tiene «una décima parte de su estilo ni una milésima parte de su sabiduría«»; E.M. Forster, por su parte, al releer el libro como adulto, declaró que «no hay alegría, ingenio o invención» y lo catalogó como «Manual de Boy Scouts».

A partir del siglo XX el libro empieza a verse con otros ojos por la manera en la que trata temas como la raza, el género, el imperialismo o el medio ambiente. James Joyce vio a Crusoe como el prototipo del colonialismo británico, así como un símbolo del puritanismo: el hombre hecho a sí mismo, la perseverancia incluso en las más difíciles condiciones, la apatía sexual, el autocontrol. Sobre todo a partir de la década de 1970 y 1980, hay una corriente crítica que defiende que las obras literarias no son independientes de las condiciones sociales y políticas en que se gestaron y que propagan la ideología y el estatus de los grupos dominantes. En su ensayo de 1967 Friday, or, The Other Island, Michel Tournier afirma que Robinson percibe la isla no como «un territorio que explotar, sino como un ser indiscutiblemente femenino». En Foe de J.M. Coetzee (1986), Susan Barton le dice a Mr. Foe que «la verdadera historia no se escuchará hasta que encontremos una forma de dar voz Viernes», cuya lengua ha sido cortada, ya sea por los esclavistas que lo transportaron desde África o por el propio Crusoe. Pero fuera del mundo académico, en la cultura popular, todavía sigue dominando la idea que defiende y cree en las bondades de Robinson Crusoe. La idea en la que se le ve como un hombre blanco, musculoso, de edad indeterminada, que reina sobre una isla como guiado por una especie de derecho divino. Es esa la idea que muchos se han encargado de perpetuar y contra la que hay que luchar, para situar a la novela de Defoe en el lugar que le corresponde de verdad en la historia de la literatura.

Fuente: The Guardian.

Comentarios

comentarios