En 1854 Antonio Meucci inventó el ‘teletrófono’, demostrando su funcionamiento en 1860. Un par de décadas más tarde, Alexander Graham Bell inventó y patentó el teléfono en 1875. Curiosamente, un año después Elisha Gray también inventó y patentó el teléfono. Esto, que puede parecer raro, es terríblemente frecuente en la historia.

Las disputas legales entre Meucci, Bell y Gray son por todos conocidas, y si echamos un vistazo a la trayectoria de cada uno de ellos bien podríamos atribuir a todos la invención. Lo cierto es que todos lo inventaron. Meucci solo fue más rápido, aunque su precaria situación económica le impidiese hacerse con la patente original.

Cálculos abandonados en un cajón

Una de las historias más curiosas al respecto la protagonizan Isaac Newton y Edmund Halley (sí, ese Halley, el del cometa). En 1684 Edmund Halley visitó Cambridge y, en una reunión con Newton, le confesó que sospechaba que los planetas describían órbitas circulares. Para su desgracia, no había sido capaz de dar con las ecuaciones adecuadas.

Lo chocante de todo esto es que Newton le dijo que no, que eran elipses, y que lo sabía “porque lo he calculado”. Varios años antes Newton había realizado cálculos de valor incalculable para la ciencia y, no contento con haberlos guardado en algún cajón, para cuando Halley visitó Cambridge los había perdido. Eso sí, en cuestión de poco tiempo los había rehecho y compartido.

“Los segundos inventores no tienen derechos”

Newton, además de ser un tipo muy raro, era bastante rencoroso. Él y Leibniz protagonizaron hace tres siglos una de las batallas intelectuales más bochornosas a la que hemos podido asistir si exceptuamos quizá la polémica con Urano: planeta sí, planeta no. Lo cierto es que ambos fueron genios brillantes que inventaron el cálculo infinitesimal.

Para los legos, crearon la herramienta más poderosa del cálculo, y no solo eso. Ambos descubrieron a la vez integrales y derivadas, descubrieron que eran inversas entre sí, articularon mecanismos matemáticos para operarlas y las aplicaron a decenas de problemas cuya resolución había sido imposible durante siglos. También las usaron para llamarse de todo el uno al otro.

Es lamentable, pero estos dos genios perdieron un tiempo precioso tirándose los trastos a la cabeza. Si ganó Newton (fallecido en 1727) es porque vivió diez años más que Leibniz (1716), década que aprovechó para pisotear su tumba, metafóricamente; y para tratar de hacer suyas algunas ideas como ya había hecho con Hooke (1703) a quien también tenía bastante tirria.

Para colmo, en 1994 Mary M. Tai redescubrió estos cálculos. Había ignorado por completo tres siglos de matemática, y trabajando en solitario llegó a publicar  un artículo científico que demostraba una aplicación práctica de las integrales, creyendo haberlas descubierto la primera. Más sorprendente aún es que el artículo fuese publicado. Ni Tai ni el editor de la revista conocían los cálculos.

Importante: no morir con tu descubrimiento

El 10 de mayo de 1752, un señor llamado Thomas-François Dalibard realizó en Francia el “experimento de la cometa de Franklin”. Pero, espera, ¿el experimento de la cometa de Franklin no ocurrió en junio de 1752, y en Filadelfia? En realidad, Dalibard se adelantó al científico americano tomando como base uno de sus artículos previos, aunque usó una barra en lugar de una cometa.

Lo chocante de todo esto es que Dalibard demostró físicamente antes que Franklin todo aquello de la conductividad eléctrica. Pero más impactante aún fue que pocos meses más tarde, el 6 de agosto de 1753 (del calendario actual) otro señor llamado Georg Reichmann murió en San Petersburgo al ser alcanzado por un rayo y demostrando en el proceso que las nubes tienen carga.

Aunque Franklin había sido el primero en teorizar tanto la conductividad eléctrica como la carga de las nubes, en realidad no descubrió formalmente ninguna de las dos cosas. Lo hicieron sus ‘alumnos’, y uno de ellos pagó el descubrimiento con su vida.

¿Sabía Voronói leer un mapa?

En 1907 el matemático ruso Gueorgui Voronói estudió unos objetos matemáticos que reciben su nombre pero que datan de 1850, cuando los descubrió Gustav Lejeune Dirichlet y todo el mundo pasó de él. Lo más curioso de este objeto matemático, que son una forma de optimizar regiones en el espacio a partir de una serie de puntos ubicados sobre el plano, es que está en los mapas.

mapa de vorodoi

El mapa de las provincias españolas no surgió de la noche a la mañana, sino debido a disputas y organizaciones territoriales que se dan lugar a lo largo de siglos. Por eso es interesante descubrir que las capitales de las provincias de España definen bastante bien los lindes su territorio al aplicar las regiones de Voronói, que fueron descubiertas cuando los mapas actuales se asentaban.

De cuando reinventamos la democracia y las sociedades ternarias

En occidente nos encanta pensar que eso de la democracia es cosa nuestra. El ejemplo que siempre ponemos es el de la Grecia antigua y Atenas, olvidando que algunos siglos antes el Imperio Maurya ya disponía de repúblicas democráticas bastante abiertas (para la mentalidad de aquel entonces). Comparadas con la ateniense, que exigía tener pene y riquezas para votar, eran hasta avanzadas.

También olvidamos que las sociedades ternarias o trifuncionales (el clero, la nobleza y el tercer estado) aparecieron por todo el mundo más o menos a la vez. India, Europa, Centroamérica, China y Japón prácticamente en el mismo momento. Da la impresión de que hay ideas en el aire esperando su momento en varias localidades, y que algún evento las desencadena al mismo tiempo.

Algo parecido ocurrió con una actividad aún más antigua: la agricultura. Surgió de forma espontánea e independiente en multitud de sitios distintos y en varios continentes, siempre con pocos miles de años de diferencia entre unos y otros: en Mesopotamia, la India, China, Centroamérica y Sudamérica, como mínimo. Y lo mismo con la domesticación de los cerdos, hace 9000 años en China y Turquía.

 

La próxima vez que tengas una idea, plantéate que es probable que no hayas sido el primero en imaginarla.

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