John Ford tuvo que lidiar durante toda su carrera cinematográfica con dos estigmas: el de ser un racista y un misógino. Sus detractores se escudaban en las tramas de la gran mayoría de las películas: indios malvados que eran poco menos que monstruos a ojos de los colonos.

También los personajes, hombres rudos y de comportamientos altivos frente a las mujeres, sirvieron de armas arrojadizas hacia Ford. Si bien ese tipo de críticas le importaban poco menos que nada al director (un hombre peculiar cuya vida y personalidad daría para una película muy interesante) no dejaba de ser un ruido que quizás en ocasiones pudo resultar molesto.

Pero John Ford espero pacientemente, realizó sus películas y ya en el ocaso de su vida (que no de su calidad como cineasta) lanzó dos contundentes puñetazos en la boca a todos los que le criticaron en su día a través de dos películas: El gran combate y Siete mujeres.

La primera fue una oda a los indios, un crudo retrato más fiel que peliculero, de lo que fue la gran tragedia de la colonización del Oeste americano. Pero es tema para otro artículo; el que leéis ahora tratará sobre Siete mujeres, la última película que rodó John Ford y que sirvió de homenaje a las mujeres. La película supuso un giro radical en su filmografía.

Ford sabía que no le quedaba demasiado tiempo de vida y por ello prescindió de muchas de sus señas de identidad. No había grandes paisajes, tan sólo un escenario (el poblado) que prácticamente supone una tarima de teatro por la que las actrices deambulan y hablan. Tampoco hay humor, apenas un par de destellos con un tono amargo que más bien suponen pinceladas de sarcasmo; la película refleja en su tono el ocaso de un director que era consciente de estar apagándose lentamente.

De ahí el ambiente adusto, seco y sin ninguna puesta en escena grandilocuente. No existen disertaciones o desventuras que adornen la trama, que avanza rápida como un fuego.

Ford no se detiene a poetizar con imágenes la naturaleza que tanto admiraba, ni lo pretende ni seguramente estaba de humor para ello. Dehecho, la China del 1935 que se retrata en la película es imaginaria, un contexto que no importa ya que lo verdaderamente vital son ellas, las protagonistas y sus pensamientos. Recordemos que estamos en plena década de los 60; sabiendo el tiempo en que fue rodada resulta admirable que John Ford se atreviera a mostrar en su película, de forma además poco velada, un tema tan tabú como el lesbianismo.

De hecho, Ford, como si de un verdadero cowboy se tratara, dispara en muchas direcciones y siempre dando en el blanco. A lo largo del metraje va dejando pequeñas perlas en las que cuestiona la moral de la religión, el puritanismo de una sociedad que no deja exteriorizar los sentimientos verdaderos, dardos contra el falso puritanismo…

Al mismo tiempo que se ensalzaba la figura de la mujer, Ford aprovechaba para mostrar la realidad de un machismo que imperaba por aquel entonces en todas partes a través de la inversión de roles: el único protagonista masculino se nos muestra como dubitativo, bobalicón e incapaz de mostrar algo de valentía (pese a que al final sí lo hace). La otra cara de la masculinidad la interpretan los hombres de Tunga Khan, salvajes y despiadados.

Probablemente el personaje de la doctora Cartwright (impresionante actuación de AnneBancroft) sea seguramente el mejor que jamás creó Ford, pues en ella se podía observar que el director proyectó su verdadero ser, como si de una reencarnación se tratara. John Wayne siempre fue visto (a través de sus personajes) con cierta ironía y picardía, una visión un tanto distorsionada de lo que el director quería explicar en sus películas. Pero la doctora Cartwright nos pone en escena el verdadero John Ford y cómo había sido su vida: irreverente, valiente y desencantado con la sociedad.

Tal vez por ello el final es tan oscuro y dramático como poético al mismo tiempo: una escena tan literal que hasta el mismo Ford podría haberla interpretado, pues lo que rodó fue seguramente lo que le sucedía en aquellos precisos momentos. Cine convertido en realidad.

Siete mujeres supuso un rotundo y profundo análisis psicológico de la figura de la mujer, una oda final que significó el golpe final de un director tan rebelde que sólo supo terminar su filmografía dando una patada en la boca a todos los que le habían etiquetado de racista, machista y conservador a lo largo de su vida.

Su canto del cisne; murió matando.

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