Lisboa (Fuente).

Aunque el de bibliotecario es un oficio que a primera vista puede parecer tranquilo, sin sobresaltos y en las antípodas de los ajetreos bélicos de una guerra, ya hemos visto en La piedra de Sísifo cómo muchos de ellos se trasladaron al frente de batalla para seguir ejerciendo sus funciones, tanto durante la Primera como durante la Segunda Guerra Mundial. Es más, en este último oscuro episodio de la historia, no será este el único uso militar que se le daría al oficio de bibliotecario.

El responsable original de la idea fue Franklin Roosevelt, que había dicho aquello de «en esta guerra, lo sabemos, los libros son armas», y que había establecido el Comité Interdepartamental para la Adquisición de Publicaciones Extranjeras, también conocido como IDC, que durante la guerra se encargó de recopilar documentos para usarlos para el espionaje. De esta forma, las típicas actividades de un bibliotecario, como pueden ser la adquisición de documentos o su catalogación, se llenaron de misterio e, incluso, de peligro.

A finales de la primavera de 1942 se comenzaron a enviar a bibliotecarios a diferentes ciudades neutrales, como Estocolmo o Lisboa, para que ejercieran de espías. Lisboa, de hecho, se había convertido en un hervidero de actividades inciertas. A pesar de ser simpatizante del fascismo, el dictador António de Oliveira Salazar había declarado la neutralidad de Portugal, con la esperanza de evitar la invasión y mantener lo que quedaba de su reducido imperio, y esto hizo que el país se convirtiera en una encrucijada entre Europa y América, una especie de sitio de paso que ejerció de imán para extranjeros, exiliados, diplomáticos, corresponsales de guerra, multimillonarios y aventureros en general. Los refugiados de los países ocupados se congregaban en Lisboa, esperando para obtener los permisos de salida que les permitieran viajar a Inglaterra o al hemisferio occidental. Cafés, quioscos y librerías se llenaron de toda clase de fauna; en los casinos y los salones de baile había fiestas extravagantes cada noche, todo recubierto por un halo de secreto y clandestinidad. No por casualidad, Lisboa se convirtió también en una ciudad tremendamente atractiva para los espías. En este contexto incluso libreros y bibliotecarios llegaron a convertirse en espías.

En un contexto europeo en el que predominaba la censura de la información y los servicios de las policías secretas, Lisboa se había convertido en un mercado de información en el que agentes alemanes, británicos, estadounidenses y japoneses intercambiaban chismes y rumores, a veces ciertos y otras veces falsos ‒la desinformación se había convertido en un arma tan poderosa como la propia información‒.

Los agentes de la estadounidense Oficina de Servicios Estratégicos carecían de la experiencia de los veteranos británicos y alemanes. Sin embargo, pusieron en su punto de mira un tipo de información distinta: la palabra impresa. Al haber tantos extranjeros, en Lisboa había un importante mercado de libros, periódicos y revistas de todo los puntos de Europa ‒excepto de Rusia‒, desde el Daily Express hasta el Das Reich. La ciudad contaba con librerías que eran una institución, como la venerable Livraria Bertrand, fundada en siglo XVIII, o la recién inaugurada Livraria Portugal, cuyos propietarios simpatizaban con la causa aliada. También había librerías espcializadas, como Papelaria Fernandes, centrada en temas militares, o Papelaria Pimentel & Casquilho, donde se vendían libros e instrumentos de ingeniería. Ni siquiera la censura o las restricciones aduaneras hicieron que las publicaciones consideradas potencialmente peligrosas no estuvieran al alcance de cualquiera que las quisiera. En muchos casos los propios libreros, editores, periodistas o diplomáticos portugueses ofrecieron su ayuda a cambio de publicaciones estadounidenses cuyo acceso estaba restringido por la censura, como las revistas LIFE o TIME.

En 1943 la operación estaba en pleno funcionamiento. El flujo de publicaciones varió en función de los movimientos de la guerra. Por ejemplo, cuando los alemanes intensificaron los controles fronterizos en Suiza, el IDC hizo un gran envío de un librero suizo a Lisboa. Por otra parte, la creciente resistencia francesa e italiana estimuló la colección de publicaciones clandestinas. El puesto avanzado de IDC trató de satisfacer las solicitudes urgentes de las agencias de guerra de Washington, el personal de la embajada local y los agentes fuera de Lisboa. Durante la Operación Antorcha, con la invasión aliada del norte de África, el puesto avanzado de la OSS en Argel pidió se que enviaran periódicos alemanes actuales ‒solo se consiguieron enviar diez, después de una tortuosa ruta a través de Tánger que duró cuatro días‒.

¿Cuál fue el verdadero valor de esos documentos? En el oscuro mundo del espionaje, lleno de rumores y especulaciones, la palabra impresa era considerada reveladora, y mucho más fiable que la hablada, o al menos eso parecía. Se analizaron desde publicaciones periódicas científicas hasta manuales técnicos del Eje y de los países ocupados en busca de evidencias de la fuerza de las tropas enemigas, de nuevas armas o de su producción económica. Incluso los elementos más triviales podían ser significativos: las páginas de la sociedad podían revelar la ubicación de un regimiento y las columnas de cotilleos proporcionaban pistas sobre escándalos que un agente secreto podía explotar. De esta forma, los bibliotecarios del IDC convirtieron objetos tan cotidianos como revistas, periódicos o libros en auténticos objetos de espionaje.

Fuente: TIME.

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