La puerta del establecimiento está abierta, pero no se puede acceder al interior. Los libros están expuestos, pero no se pueden tocar. Siguen oliendo a mundos de fantasía y ensayo, pero nadie puede pasar sus páginas. Nadie los volteará, leerá la sinopsis y los dejará desordenados a menos que los compre previamente.

Acercarse hoy a una librería tiene la misma magia que ver los libros expuestos en un catálogo digital. El ritual de compra ha sido mutilado por el virus. Lejos quedó la ceremonia de caza mediante la que uno se paseaba durante horas por los estantes o entablaba conversaciones interminables con los libreros.

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Dolor para aquellos lectores que disfrutan tanto de los momentos de lectura como del instante previo la compra y su proceso de selección. Adiós al sentimiento de placer que produce anticiparse a una compra, similar al de saborear con los ojos antes de hincar el tenedor en un plato suculento.

Ese momento de anticipación siempre me ha resultado fascinante. Se me hace la boca agua al acudir a un lugar sabedor que saldré acompañado, pero sin conocer de antemano qué tipo de volumen me acompañará a la calle. El placer de la incógnita. El disfrute del desconocimiento.

Pero ya no hay tenedor, por seguir con la metáfora culinaria. En su lugar hay guantes y mascarilla que cercenan toda percepción háptica y castran el olfato. No hay tacto de las hojas. No hay olor a celulosa. El plato de la lectura se aleja tanto que ni siquiera podemos llorar por los sentidos lesionados. El libro se coloca tras un vidrio, y pasar sus páginas o acercar la nariz es imposible.

Ni siquiera podemos recrearnos con la imagen invariable del escaparate cogiendo polvo. Las normas son claras: no se acude sin cita previa. El proceso de compra se retuerce en nuestro interior. Observo los libros atrapados con cierta lástima. Casi la misma con la que me mira el librero tras el cristal.

Mantenemos la mirada y nos decimos ‘lo siento’ con los ojos. Vendrán tiempos mejores. Volveremos a manosear los libros y olerlos antes de elegir si los compramos o no. Pasaremos de nuevo tardes enteras para salir con la mochila repleta de novedades. Estrecharemos de nuevo la mano del camello que nos suministra nuestra droga en forma de palabras. Mantendremos conversaciones.

Pero todavía no es el momento. A varios kilómetros de mi posición siguen muriendo vecinos, y solo cuando se vacíen las UCI se llenarán las librerías. Hasta entonces, acudiremos con cita previa para recoger un libro comprado desde casa. A eso se ha reducido la experiencia de compra. Acepto, resignado, por ahora.

 

Imágenes | Sergiu Vălenaș

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