Los mejores homenajes son aquellos que dejan una sensación de justicia, aquellos en los que parece que todo se alinea a la perfección para dejar bien clara la verdad. Hoy en día es difícil ver algo parecido, pues vivimos en un mundo en el que la justicia ha quedado reducida a una palabra sin apenas significado, como un número en una factura insignificante.

John Ford seguramente debió recibir muchos homenajes, todos sentidos sin duda, los cuales seguro que aceptó a regañadientes y con poca gratitud, pues era hombre más bien parco y poco dado a socializar.

Son muchas las anécdotas que nos dibujan a un Ford parco en palabras, seco en el trato con sus más allegados; famosos son los comentarios de John Wayne o James Stewart, concretamente en el documental Dirigida por John Ford (Peter Bogdanovich, 1971), en los que explican la atmósfera de tensión absoluta que se vivía en los platós de rodaje. O la afición del director a hacer públicos ciertos comentarios profesionales de los actores que en principio debían quedar en el ámbito privado. Se puede llenar un libro (y seguro que se ha hecho) con las anécdotas de una carrera tan prolífica y mítica.

Para muchos John Ford era una persona odiosa y que caía mal. Sin embargo, y como suele pasar con los genios, su obra se superponía al plano personal para trascender a una esfera diferente.

Su bagaje fílmico estuvo plagado de todo tipo de homenajes, desde los primeros colonos hasta los derrotados en la Guerra Civil americana, los negros, los indios… todo el espectro del viejo Oeste fue objeto de su merecida justicia cinematográfica. A lo largo de sus más de cien películas Ford mostró sobradas muestras de un respeto hacia su país, sus gentes y una época en la que se forjaron muchas leyendas que el propio director ayudó a alimentar para más tarde desmitificar, ya en el ocaso de su carrera.

Semejante ejercicio de humildad creadora, aceptando las verdades de su propia creación no son nada habituales en el mundo del espectáculo. Ser capaz de arriesgar cuando ya no es necesario, al final de una carrera que además ha sido exitosa, sólo está al alcance de gente extraordinaria; una valentía digna del mejor de los protagonistas de sus westerns.

En El gran combate los homenajeados fueron los indios, representados en el film por los Cheyenne, que viendo sus acuerdos incumplidos por el Gobierno regresan a su tierra original, a más de 2.000 km de distancia. El peregrinaje se convierte en una odisea, como la que los judíos emprendieron desde Egipto con Moisés a la cabeza.  Pero en lugar del bíblico personaje los Cheyenne son guiados por los jefes de tribu se embarcan en tan dramático periplo lleno de peligros y a través del cual Ford da la vuelta al mito de los westerns, acercándose prácticamente al documental histórico.

Se trata de un trayecto sin apenas esperanzas, más centrada en el orgullo que en la salvación, pues los indios se dirigen a una reserva, una cárcel sin barrotes en la que pasar sus últimos días. Porque la película está basada en hechos reales, mimbres que conformaron la naturaleza histórica de Estados Unidos; un legado que Ford tomó muchas veces y en el que se inspiró para filmar sus obras, convirtiéndose a su vez en una reafirmación de aquellos hechos, mitificados y pasados por el prisma de la industria del cine.

Eso quiere decir, de las demandas de un público que no quería ver indios masacrados sin piedad o colonos americanos perversos y exterminadores, sino valientes padres de la patria luchando contra los monstruos amerindios.

Ford, ya cercano a su retiro, daba carpetazo a esa falacia y ponía toda la carne en el asador explicando la realidad del folclore norteamericano: la conquista del Oeste no fue más que un prolongado exterminio y vejación de los indígenas norteamericanos, quienes se vieron masacrados hasta quedar reducidos a la nada absoluta por parte de unos colonos que más allá de puntuales heroicidades no fueron mejores que otros pueblos conquistadores a lo largo de la historia de la humanidad. Una historia basada en el saqueo, el aniquilamiento y una vergüenza que el propio Ford intentó que no cayera en el olvido. Denuncia y homenaje al mismo tiempo.

Rodada con la pausa de quien sabe que todo lo que dirá será definitivo, la película es el escenario final por el que desfilan todos los elementos que John Ford convirtió en leyenda, una suerte de tesis doctoral de una de las más importantes carreras cinematográficas de la historia del séptimo arte.

Es también un auto-homenaje, una forma de agradecer las piezas que le auparon a lo más alto durante medio siglo: los indios, el hombre blanco, Monument Valley y hasta el caballo, figura capital en el universo fordiano, tiene su momento de gloria imperecedera. Por supuesto y como siempre Ford se esmera en buscar los mejores planos, siempre pendiente de la fotografía y el encuadre hasta límites enfermizos. Famosa es la anécdota que se cuenta por Hollywood según la cual el director mantuvo a su equipo y actores en pie durante más de tres horas a la espera de la longitud de las sombras que se proyectaban en el suelo fueran las adecuadas. Genio y figura.

El camino de regreso a casa de los Cheyenne es también el final del periplo artístico de Ford, que se despide de la mejor manera posible: recordando la verdad y aportando su pequeño grano de arena (que en realidad era bien grande) en un intento por restaurar la malograda memoria del pueblo indígena. Ellos, al contrario de lo que muchos creen, tenían a Ford un gran respeto; tan alto era que los Navajos le nombraron Natani Nez, el Guerrero Alto.

Con El gran combate John Ford dijo adiós al western, el género que le hizo grande. Y lo hizo saldando muchas cuentas pendientes: con la Historia, con él mismo, con su cine y con sus detractores.

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