Los rayos de Sol entran por la ventana y nos invitan a pasear. Hace bueno, y algunas personas aprovechan la flexibilización de las restricciones para escapar del tedio. En su escapada, legal y permitida, se topan con otras miles de personas que han pensado igual. El resultado es la masificación de algunas zonas concurridas. Ocio realizado por el mero hecho de ser posible.

Pocos minutos antes de escribir este artículo, el local ‘El Puertito de Ledesma’ (Bilbao) colgaba el cartel de cerrado en Facebook. “Ante la imposibilidad de mantener las medidas de distanciamiento social con las directivas actuales nos vemos obligados a cerrar la terraza”. Casi en paralelo se compartía en Twitter los escandalosos minutos previos al cierre.

El primer día de la Fase 1 de la desescalada se ha transformado en una muestra del comportamiento incívico, la temeridad personal y ‘la tragedia de los bienes comunes’ adaptada a la pandemia y la ocupación urbana. El espacio es limitado, y todos queremos salir. Que el contagio sea mayor con una alta ocupación de las calles no impide a nadie estirar las piernas y acercarse a una terraza abarrotada.

‘La tragedia de los bienes comunes’ es un dilema antiguo que destaca la complejidad de los intereses cruzados. En él un prado de tamaño limitado es compartido por un número creciente de ganaderos. Llegado a un punto, el número de cabezas de ganado es mayor al que el campo puede alimentar, pero para ser competitivos los ganaderos siguen aumentándolas. ¿Nos suena?

Es la misma política que siguen los países con el clima, y solo hay una salida coherente (que nunca se lleva a cabo): fomentar la desescalada sin importar qué medidas tomen los demás ganaderos. Hoy hemos presenciado cómo un local bilbaíno cerraba su terraza ante la imposibilidad de hacer que sus clientes se comporten de forma racional. Hoy aplaudimos a alguien más.

#hastapronto

Publicada por El Puertito de Ledesma en Lunes, 11 de mayo de 2020

Todos queremos salir a la calle a entrenar, a leer en los parques, a coincidir con nuestros amigos y familiares. Somos cabezas de ganado en un campo urbano limitado cuya ocupación masiva nos hará enfermar y morir. Y aún así salimos sin una necesidad real y sin tomar las medidas de precaución. Arrancamos los precintos de los parques, montamos en columpios, organizamos fiestas.

Ante la irresponsabilidad generalizada que muestran documentos gráficos como el de arriba, toca ponerse en pie cuando alguien da ejemplo y se sale de un tablero masificado. Este local lo ha hecho bien. Saturado y viéndose incapaz de controlar una afluencia injustificada, ha decidido dejar de introducir cabezas. Se ha sacado de la ecuación en contra de su propio interés económico.

Somos muchos los que no bajaremos a la calle aunque podamos, los que estiraremos el confinamiento voluntario por encima del impuesto, solo para que los que sí necesitan de ese espacio puedan disfrutarlo con salud. Pero no nos equivoquemos, los ganaderos del dilema teórico son tan egoístas como la realidad. 720.000 multas por saltarse el confinamiento, 26.744 fallecidos.

 

Imagen | Theo Leconte

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