Todos asociamos el nombre y la leyenda que es John Ford con el western. Ford y los vaqueros. Ford y los indios. Ford y John Wayne. Ford y las diligencias, la caballería, los sombreros de ala, los planos de Monument Valley, los campamentos y fuertes, los caminos polvorientos… Todo eso y mucho más era John Ford.

El sol siempre sale en Kentucky es, a nivel de fama, una de las películas menos conocidas de John Ford. Como curiosidad, por ejemplo, ya pocos recuerdan que fue nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1953 y cuyo galardón terminaría recayendo en El salario del miedo, de H.G. Clouzot, que también ganaría el Oso de Oro en Berlín e infinidad de premios. (Ceremonia la de aquel año en Cannes, por cierto, en la que obtendría una mención especial la película de Luis García Berlanga Bienvenido Mr. Marshall).

Es acaso el desconocimiento del gran público acerca de esta película que hace si acaso más imperioso el hablar de ella. Porque sin duda una de las grandes virtudes del cine es la de encandilar al espectador, evadirlo de un una rutina diaria que muchas veces resulta penosa de sobrellevar y que necesita de elementos como las películas para soñar e incluso recobrar una fe en ciertos aspectos de la vida que se creía perdida.

Eso último es lo que hace la película. Ford toca tantos temas importantes que vierte buena parte de su alma más profunda, su verdadero ser (y que tan poco veían sus allegados en la vida real) que el director americano siempre dijo que era su película favorita y que mejor le representaba como ser humano. Palabras mayores.

Siempre hubo en la filmografía de John Ford cuestiones recurrentes que por ellas mismas suponían buena parte de las tramas de sus películas. En El sol siempre sale en Kentucky se reunen buena parte de ella en una suerte de alegato gigantesco que brinda por lo luminoso del ser humano, que incluso en un mundo que parece cruel y oscuro siempre tiene la oportunidad de sobresalir y alumbrar ni que sea un poco el tortuoso sendero de la existencia. Desde la primera escena, por ejemplo, Ford nos habla del racismo y hace una sutil (como sólo él era capaz de serlo) pero férrea en favor de la raza negra; el director siempre fue acusado de racista y en sus películas siempre se encargaba de dar una bofetada a los acusadores a base de fotogramas.

Lo mismo le pasaba con el supuesto papel de la mujer. Achacaban a Ford que ella siempre fueran meras comparsas de los personajes masculinos, sujetas a múltiples vejaciones por parte de éstos (siempre se recurría a la famosa escena entre Maureen O’hara y John Wayne, que la lleva a rastras por la pradera de Innisfree en El hombre tranquilo). Si bien era irremediable dejarse llevar por ciertos pensamientos de la época (que por cierto tendía a mostrarlos con humor, una sutil ironía con la que dejaba clara su disconformidad con el papel real que sufría la mujer en la sociedad de entonces) Ford siempre supo mostrar a los personajes femeninos como verdaderos centros de la sociedad y elementos fundamentales para su funcionamiento. Exploró sus sentimientos como pocos han hecho y como, por supuesto, nadie hizo en aquellos años. Para muestra definitiva sólo cabe recordar su última película: Siete mujeres. El que siga dudando de Ford tras verla tiene un serio problema de ceguera.

Estos dos aspectos y muchos más (la Guerra Civil americana, la brecha entre ricos y pobres) convergen en el personaje central de la trama, el juez Billy Priest (maravillosamente interpretado por Charles Winninger); en él se encarnan los valores más universales y que hacen de El sol siempre sale en Kentucky una película para que no pasan los años y siempre resulta vigente en su visionado. Porque habla de la naturaleza del ser humano, de la justicia entre los hombres sin importar su procedencia, color de piel o pensamientos y credos.  Porque Ford se sumerge en ese estado de gracia a medio camino entre la reflexión social y la filosofía, hace que el espectador piense, reflexione, se emocione, se enfade, ría y termine de ver la película con esa sensación de paz que sólo el director consigue transmitir en gran parte de su película.

Un film pequeño en lo que a medios y repercusión se refiere pero fue, es y será gigante en técnica, personalidad y significado. Por supuesto que no faltan las escenas rodadas con ese pulso único de Ford, algunas de ellas precursoras de otras que se convertirán en escenas de culto (reto al lector a que descubra cuáles son). También aparecen los personajes carismáticos de los que es imposible no encariñarse y observar cómo viven en la pantalla sin poder reprimir una sonrisa. Y el humor, esas pinceladas que son deliciosas por su naturalidad, sencillez y positivismo. De nuevo Ford en estado puro.

Hoy es un día nublado y lluvioso pero en Kentucky, si es Ford quien habla de la vida, jamás dejará de brillar el sol.

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