La hija del fotógrafo de Víctor Navajo

La escritura sana. En alguna ocasión hemos hablado en La piedra de Sísifo de la escritura terapéutica y, especialmente, de la escritura de diarios personales. Muchos escritores han dado muestras de ello, ya sea por esa necesidad de sanarse o simplemente porque lo necesitaban. Los diarios de Tolstói, los de Kafka, los de Pessoa o los de Pizarnik, solo por mencionar algunos ejemplos, cuentan con páginas que figuran en lo más alto de la historia de la literatura. Diarios o memorias, porque como escribió Virginia Woolf, otra autora con diarios sublimes, «solo la autobiografía es literatura, las novelas son su cáscara y al final, se llega al meollo: tú o yo».

Esta idea es el punto de partida de La hija del fotógrafo, una novela de la que Víctor Navajo reescribió nada más y nada menos que diecisiete versiones antes de dar con la definitiva. En ella un escritor, Sebastián, está tratando de comenzar su próximo libro, y para ello recupera un viejo cuaderno que no es otra cosa sino el diario que escribió en su infancia y adolescencia. Protegido con cartones, cuerdas e incluso un lacre, ese diario guarda algunos de los recuerdos más dolorosos que puede tener cualquier ser humano: los del amor perdido. Eso es La hija del fotógrafo: literatura construida sobre los pilares del recuerdo. La constatación de que como dijo Edvard Munch, el arte nace de la alegría y del dolor, pero sobre todo del dolor.

Y para dar comienzo al viaje, el protagonista de la novela retrocede hasta el origen. De esta forma, se construye una novela de aprendizaje en el sentido más tradicional de la palabra, lo que en alemán se conoce como Bildungroman, en el que vemos el paso desde la niñez a la edad adulta, con todos los hallazgos que ese proceso conlleva, estando el descubrimiento del amor en el núcleo del laberinto. El pequeño Sebastián sentirá una pasión arrolladora hacia Amelia, la hija del fotógrafo, que es el personaje que da título a la novela, un ardor amoroso que, no nos engañemos, en un primer momento cae irremediablemente en los excesos de la infancia y la adolescencia, ese tufillo a amor de Romeo y Julieta que visto desde un punto de vista adulto da un poco de cosilla pero que es completamente coherente con el personaje que narra.

A partir de ahí, La hija del fotógrafo es eso. El amor de Sebastián y Amelia desarrollado a través de toda una clase de peripecias en las que se repite un esquema: son separados y luchan por reunirse. ¿Soy yo o me ha parecido además que la trama tiene reminiscencias a la novela bizantina del siglo XVI? Prácticamente acompañamos a Sebastián a lo largo de los años viendo cómo crece y madura y cómo su relación con Amelia también va evolucionando a la par.

Un detalle en el que se nota que Víctor Navajo ha puesto bastante mimo es la ambientación. La historia transcurre principalmente en la década de 1950 en dos escenarios tan distintos que podrían considerarse opuestos: un pequeño pueblo llamado Jarana y la gigantesca Madrid, que ya por entonces era, como diría Dámaso Alonso en su famoso poema, una ciudad de más de un millón de cadáveres pudriéndose lentamente. A lo largo de las páginas de La hija del fotógrafo podemos conocemos muchos detalles de la España del franquismo, desde la actitud indiscreta y murmuradora de los pueblos pequeños hasta el descubrimiento del sexo en la juventud, pasando incluso por cuestiones de calado más profundo como las estrategias políticas del gobierno franquista para promocionar el país en el extranjero o la especulación del sector de la construcción.

La novela se divide en dos partes claramente diferenciadas. La primera parte es ese diario, escrito por Sebastián desde los 13 hasta los 16 años, de mayo de 1954 a julio de 1956, y en ella se relata su encuentro con Amelia, desde que llega a Jarana hasta que se traslada a Madrid. La segunda, en cambio, aunque también se basa en el recuerdo como materia prima, lo reelabora de forma distinta, a la manera de memorias. El estilo de ambas partes es también acorde a la voz narrativa. La primera parte está llena de pasión y de toda clase de pormenores que podrían llamar la atención de un adolescente y que hacen que el ritmo sea más lento, mientras que la segunda está por un narrador más maduro y constituye una lectura más rápida y ágil.

El recuerdo, en cualquier caso, es el nexo de unión de esas dos partes. Un recuerdo que es maleable. «Estaba confuso. Había escrito mis aventuras, poco después de vividas, con una ingenuidad y una espontaneidad que me conmovieron. ¿Cómo era posible que los recuerdos que conservaba de aquellos hechos se desviaran de lo reflejado en el diario llegando a ser en ocasiones contradictorios? ¿Tal vez la fantasía había adornado mis peripecias para darles un cariz especial, mintiendo como forma de escapar de la trivialidad que acompaña la vida en un pueblo castellano?», escribe un Sebastian adulto después de haber leído los diarios del Sebastian joven. Quizá tuviera razón Cesare Pavese cuando escribió aquello de que la riqueza de la vida permanece en los recuerdos que hemos olvidado.

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