«Perdido en el olvido, oscuro, silencioso y completo. Hallé la libertad. Perder toda esperanza fue la libertad.”
Edward Norton

El 8 de mayo de 2020 se cumplieron 75 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Mi recuerdo y mis lágrimas en memoria de todos los que cayeron en la lucha contra el fascismo. 

Mi noción del tiempo es cada día más endeble, apenas puedo controlar en qué momento se producen las cosas, cuales son los instantes a resaltar, que hitos y que lugares estaría obligado a reproducir como aliento vital en mi pequeño diario.

Pero debe ser algo normal, más generalizado de lo que pueda llegar a creer, el instinto del tiempo se va perdiendo entre la niebla de los acontecimientos que se amontonan sin forma en los áticos de la memoria, la capacidad de retener la no sustancia del transcurrir vital, la imposibilidad de rescatar los recuerdos atrapados en un inconsciente reprimido, soldado con metales innobles al material del vértigo y la desidia.

Por estas cosas, es que no recuerdo con exactitud cuando me tropecé con esta fotografía, pero si les aseguro que fue en una hora nocturna, en medio del silencio de una ciudad confinada, sobrepasada de incertidumbres y asaeteada de la tensión del universo.

Esta fotografía es un jeroglífico en sí misma, un microcosmos de diferentes raleas, reflejo de la más fatídica e inquietante versión del antagonismo que a veces subsiste entre seres de una misma especie, la humana.

Un primer plano, la violenta aparición de un alambre de espinos que se pierde en el horizonte, el ojo del que lo observa reclama con desespero el punto final, el término de un elemento de tortura, de humillación distanciada, la línea divisoria entre lo humano y lo netamente animalesco.

Un hombre de torso desnudo se sitúa junto a la estaca de madera, circunspecto, con una muerte acechante en su mirada, el alambre rompe y sesga un tercio de su rostro, el resto de su efigie desciende a un más allá que sólo él conoce, un inframundo al aire libre, a plena luz, a la sola vista de esos dioses que le abandonaron.

El costillar se le marca contra un abdomen de anaranjada lividez, todo su cuerpo, su ser al completo, están a caballo de dos mundos, de críticas y desesperantes realidades que jamás lleguen a conciliarse, que no podrían convivir en los mismos ámbitos por más que un hombre las forzara.

La vida y la muerte no cohabitan, son extremas, son enemigas, son la dualidad más misteriosa de toda la creación.

En ese mismo primer plano, hace su aparición Heinrich Himmler, Reichsführer de la SS, un alto jerarca del Partido Nazi, pasando revista con la habitual gelidez prusiana, impávido, desprovisto de todo rastro de empatía, las insignias rúnicas en el cuello, el águila imperial de garras inconmovibles en la gorra, los brazos caídos, como advirtiendo el no reconocimiento de la dignidad humana, al igual que si estuviera ante vegetales, delante de seres inanimados, desposeídos y despersonalizados hasta las esferas subterráneas.

Su mirada de atiesa, se congela en una fracción, en una estancia intemporal de la existencia, la rigidez y la falta de temor del prisionero le ha perplejizado hasta no saber qué reacción elegir, ni que decisión tomar. Es un enfrentamiento entre la élite de la autoestimación humana, contra la miserable impostura del que se endiosa no siendo nada, salvo un miserable ejecutor de un mal banal, soez, de escorbuto ciclotímico.

En un segundo plano, un oficial nazi, de rasgos arios, pómulos aplastados y ojos insertados con escalpelo en el cráneo, se interroga por el sentido de tal afrenta, se le ve sumido en el desconcierto, ni siquiera muestra odio, solo la misma incomprensión de siempre, la que cotidianamente nos encontramos en tantas y tantas personas que transitan por nuestra vida.

También en segundo plano, un grupo de prisioneros observan con fatídico asombro la escena, éstos, por contra, yacen sentados en espera resignada de una muerte anunciada, de un final cuya causa desconocen, no comprenden, ¿es ideológica, es imperialista, es chulesca, de orgullo patrio, a que responde tanto odio, semejante desesperanza sobrevenida?.

Uno solo, un solo hombre, desarmado, desnudo, es sin embargo, signo de contradicción entre las bestias, quod homini dignum est.

Para terminar, cuando me preguntan por qué escribo, yo siempre suelo contestar lo mismo. Al igual que el hombre de torso desnudo, escribo para mantenerme con vida en tierra hostil, para reivindicar mi dignidad, que ha de ser intocable sean cuales sean las circunstancias,para eludir la locura y la demencia a la que pretenden someternos esas fuerzas oscuras que parecen dominar nuestro mundo.

 

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