Está allí, Theotocópulos cretense,
De sus visiones lúcido amanuense,(…)
Todo infuso en azules, ocres, rojos:
El alma ante los ojos. 
Jorge Guillén

Todo comenzó una tarde de verano, de un junio de solsticio y de sol invictus. Yo era un niño, un preadolescente, diríamos, un ser inocente, demasiado inocente como para verme asaltado de grandes preocupaciones, para mí, todo el entorno se mostraba novedoso, me subyugaba poderoso y avasallador.

Una luz estentórea se extendía por Toledo, como si está esgrimiera un manto virginal e intercesor que nos fuera a salvar de cualesquiera oscuras tribulaciones, de posibles sortilegios de infortunio y hasta del mismo sabor azufrado de los infiernos.

La canícula caía vertical sobre nuestras cabezas, pero disfrutaba de igual manera, que más podía pedir,me veía rodeado por una belleza sin parangón, la que a su vez complacía sin límite alguno mis primeras e incipientes necesidades estetas, y que con el correr de los años, no harían sino aumentar más y más.

El calor era tan febril e insoportable, que para resguardarnos, alguien sugirió que visitaramos la iglesia donde permanecía expuesto un cuadro que nos presentaron como muy misterioso, y que por si fuera poco, podía llegar a despedir un haz de energía hipnótica sobre aquel visitante que no fuera prevenido de antemano.

Desde la plaza de Zocodover, donde hicimos parada para tomar un café, emprendimos en manada el camino de la calle del Comercio y a través de los empedrados de la de Trinidad y Santo Tomé, desembocamos de cara a la iglesia de igual nombre,la que albergaba la famosa y críptica pintura de El Greco, llamada El Entierro del Conde de Orgaz.

No pasó mucho tiempo hasta poder sentarnos en la bancada, que a escasos dos metros del cuadro del cretense, permitía tener una amplia y directa panorámica de la obra.

Recuerdo aquellos instantes con diáfana pero muy subjetiva claridad. Me sentí extrañamente impresionado, aunque incapaz de discernir el verdadero sentido de lo que tenía delante. La penetración de aquella luz indeterminada y aquellos colores manieristas, me magnetizaron hasta tal extremo, que permanecí inmóvil y con el mismo hieratismo que las figuras humanas representadas sobre el lienzo.

Estaba flanqueado por mamá y por la abuela, que a decir verdad, debieron padecer un parecido anonadamiento, si hemos de tener en cuenta el absoluto mutismo en el que permanecieron.

Fue tal el asombro que me asaltó, que si las cuentas no me fallan, calculo que permanecí expectante y escudriñando en lo posible cada uno de los recovecos del cuadro, durante al menos una hora.

Unos años después, y por supuesto, con muchos más resortes intelectuales y experienciales a la espalda, creo que sería capaz de poder transcribir lo que la visión de la pintura de El Greco me produjo.

El origen de la obra hay que situarla en el encargo que Andrés Núñez de Madrid (párroco de Santo Tomé) realiza a El Greco en el año 1586. La intención es que pintara un lienzo que sería situado en una capilla lateral de la citada iglesia parroquial.

Si uno se sitúa ante el cuadro, y siempre con una actitud contemplativa, este te sumerge de forma casi inmediata, en un estado de trance y de alteración de la conciencia. Enseguida se distinguen dos mundos, separadas dimensiones de la realidad,en la parte inferior, la terrenal, y en la superior, la celestial.

Se nos propone la representación del milagro que en 1323 sucedió en aquella iglesia justo en el momento del Entierro de Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz. En ese instante de ráfaga sobrenatural, bajan del cielo San Agustín y San Esteban y lo sepultan ellos mismos con sus propias manos.

El el cuerpo del Conde se advierte la inercia de la muerte, la carnación verdosa que se le imprime a su rostro nos recuerda que ante la capitulación de la biología yacemos inertes y mansos. La impresión es de ingravidez absoluta, San Esteban y San Agustín lucen dalmáticas con motivos beatíficos y de martirologio y nos indican los caminos que conducen a la santidad.

Al fin de al cabo, que es la vida terrenal, salvo una mala posada, un absurdo sembrado dolor e incomprensión.

Ninguna de las figuras presentes en esta dimensión del más acá, la mundana o terrestre, fija su mirada en la parte celeste, salvo una de ellas, la del sacerdote coadjutor que con un sobrepelliz con transparencias de ultratumba, levanta la cabeza y extiende las manos en señal de alabanza y adoración. Diríase que es el personaje que más consciente se muestra de lo efímero y transitorio de la carne.

Los caballeros de la Orden de Santiago, profesan sin embargo, unas creencias demasiado banales, en desproporción institucionalizadas, como para poder percibir lo inefable, lo no visible, lo trascendente de la escena.

En forma serpentinata, un ángel psicopompo conduce el alma del Conde hacia el cielo, para ello tiene que atravesar una densa barrera de nubes que con un extraño escorzo sobrepasa.

Por fin, la mirada del espectador se posa sobre esa visionaria y desmesurada parte celestial, la luz que la alumbra es irreal, y esto provoca inquietud y desconcierto, El Greco hace uso de la elongación de las figuras para espiritualizarlas, sobrenaturalizarlas hasta más allá de los confines del propio lienzo.

Con blancas vestiduras, se revela un Cristo cósmico, miriadas de Santos lo contemplan, el alma del Conde de Orgaz no tiene contornos definidos, estamos en el mundo de la I materialidad, de lo evanescence, pero no por ello, menos real.

Es muy posible que quien alcance esa visión beatífica, recobre asimismo el verdadero conocimiento, el fin, el objeto, el sentido de la vida, el más grande anhelo de cualquier ser humano, saber quien es, conocer su verdadera identidad y su destino.

Todo comenzó una tarde de verano de hace unos años, yo estaba sentado allí, en la bancada que hace frente a una de las pinturas más enigmáticas y sobrecogedoras de la historia del arte. De forma inconsciente me trasladé a una realidad paralela, sentí como una regresión al elemento primordial, hacia la auténtica esencia de mi existir.

El cuadro del Entierro del Conde de Orgaz coadyuva al espectador y en un lance de prodigio, lo transporta al más allá de todo lo posible y lo conocido.

Cuántas veces habré intentado materializar, asir y rescatar aquellos instantes en la iglesia de Santo Tomé, frente a frente, cuerpo a cuerpo con la belleza más inusitada, con las personas que me construyeron, me amaron y me regalaron ese momento de fulgor.

Observar este lienzo, es comprender que para El Greco la prioridad era lo celeste.

De niño intuí un mensaje oculto, pero sin llegar a comprenderlo del todo, ahora, en cuantas ocasiones visito esa pequeña capilla, percibo con mucha más claridad el mundo de lo invisible, aquel que inadvertidamente se muestra en el óleo del cretense.

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