En 1960, la editorial Monarch Books anunció el lanzamiento de los Perfume-o-Books, que eran libros con olores. La idea inicial era que la fragancia de cada libro estuviera estrechamente relacionada con su libro: aroma de cuero de silla de montar para los westerns, olor a flores para los libros de jardinería y a comida para los libros de cocina.

Todo muy lógico, solo que decidieron iniciar la serie con tres libros que estaban basados en películas: The Enemy General de Dan Pepper, The Stranglers of Bombay de Stuart James y The Brides of Dracula de Dean Owen. ¿A qué podrían oler estos libros tan dispares? Pues se decidió rociarlos a todos con una fragancia bastante aleatoria: Chanel Nº5. Este perfume no hizo que los libros se vendieran mejor, así que Monarch Books abandonó su idea de publicar Perfume-o-Books.

Recorte de prensa de la época.

A día de hoy, los libros perfumados no son una excentricidad completamente insólita. Los encontramos, por ejemplo, dirigidos a un lector infantil en una de las series del ratón Geronimo Stilton. Más curioso es, si cabe, el invento que Seebook lanzó allá por 2016: un ebook con olor a tinta (y del cual sorteamos un ejemplar por aquel entonces). Aunque si de experiencias extrañas se trata, la palma se la llevaría la Biblioteca Pública de Upper Arlington, en Ohio, que a mediados de los setenta tuvo la alocada idea de organizar sus libros por olores. En este caso hay que decir que no es que los libros olieran, la organización se hacía basándose en criterios puramente subjetivos.

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