Las cosas que parecen más justas y simples ¿No son, en definitiva, las que se revelan más oscuras y difíciles? ¿No es la vida misma, en su naturalidad, la que es misteriosa, y no sus complicaciones?
Pier Paolo Passolini
«Teorema» (1968)

Algunos días atrás, caminaba junto a un amigo por las avenidas de una de nuestras ciudades cuyo nombre no recuerdo, aunque eso es indiferente,si hemos de tener en cuenta que en todas ellas predominan los caminantes solitarios, las personas mendicantes de afecto, los que no comprenden y piden como desesperados una aclaración, mayor comprensión, o en su defecto, que alguien se apiade y les enseñe como interpretar el mundo de forma correcta. 

Mi amigo me confesaba su sentimiento de amargura ante su manifiesta falta de compromiso político y social, y yo, por mi parte, trataba de consolarla explicándole que su escaso compromiso en absoluto era un acto de su libre albedrío, sino más bien, el resultado de una gran alienación, individual, pero también colectiva. 

Es por esta razón que deseo rescatar del pasado los hechos que a continuación voy a relatarles, pero no como una simple crónica histórica, sino como un intento de desbrozar cierta patología social inducida por los aparatos del estado, los que están a la vista y los que no. 

9 de mayo de 1978, el cadáver de Aldo Moro aparece en el maletero de un Renault 4 de color rojo tras permanecer varias semanas secuestrado. 

Es aquí donde da comienzo uno de los episodios más intrigantes, laberínticos, dramáticos y desasosegantes de la historia moderna de Italia. 

El cuerpo del presidente del Partido de la Democracia Cristiana italiana se muestra al mundo encogido, tapado con una vieja manta y con el impacto de once balazos en el pecho. 

Vía Caetani, la calle en la que fue hallada la víctima del atentado, se encontraba, y esto no es casual, a 150 metros de la sede del Partido Comunista y a 200 metros de la sede de la Democracia Cristiana. Desde ese momento, este lugar pasará a los luctuosos anales de la Italia del siglo XX, una calle marcada por un acontecimiento en el que se sospecha que se vieron envueltos los trasfondos más turbios del poder, y a los que más adelante me referiré. 

Casi dos meses antes, el 16 de marzo de 1978, era el día seleccionado para que se celebrará la investidura del gobierno encabezado por Giulio Andreotti, con el sorprendente apoyo, y esto, a mi entender, es clave, del Partido Comunista. 

Sobre las 9 de la mañana de ese mismo día,una decena de miembros del grupo terrorista de inspiración marxista las Brigadas Rojas, ataviados y disfrazados con uniformes de pilotos de Alitalia, tendieron una emboscada a la comitiva del presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro. 

Durante unos minutos, que fueron eternidad, se produjo un tiroteo, un fuego cruzado en el que los terroristas liquidaron a los cinco miembros de la escolta de Moro, secuestraron al líder democristiano y le condujeron clandestinamente a un escondrijo en las afueras de la ciudad eterna. 

Según se supo posteriormente, este lugar estuvo localizado en la vía Moltalcini número 8 de Roma, en una falsa habitación camuflada tras un armario librería, custodiado de forma permanente por el jefe del comando terrorista, el histórico Mario Moretti, junto a los también militantes de las Brigadas Rojas, Prospero Gallinnari y Laura Braghetti. 

A lo largo de los 55 días de su cautiverio, en Italia se desataron grandes debates en lo tocante a sí se debía negociar con los terroristas o no. 

El 25 de marzo,las BR emitieron un comunicado en el que anunciaban que Aldo Moro sería juzgado con criterios de «justicia proletaria», lo que lógicamente encendió todas las alarmas gubernamentales y de las agencias de seguridad. 

El 30 de marzo, sus secuestradores facilitaron la divulgación de una carta que el mismo Aldo Moro dirigía a Francesco Cossiga,que en aquella época ocupaba el ministerio del interior. En la misiva, Moro mostraba su creciente nerviosismo, su incomprensión ante la postura del gobierno Andreotti,la de la razón de estado antes que cualquier consideración humanista, recriminaba, por tanto, que el gobierno y sus propios compañeros de partido mantuvieran una actitud contraría la negociación de cara a su liberación. 

Capítulo a parte, cabría señalar las sospechas y las suspicacias que como polvareda levantáronse en todos los ámbitos de la sociedad italiana.

Uno de los elementos que dieron alas a tales dudas es que en vía Fani, el lugar del secuestro, fuera visto un agente del servicio secreto, pero éste, al ser interrogado al respecto, adujo que se dirigía a casa de un amigo y que el hecho de que transitara por aquella calle debía considerarse como un incidente meramente casual. 

Otro de los elementos que sembró de desconfianzas la opinión pública, es que el el momento exacto de producirse el atentado hubo una caída repentina e inexplicable de las comunicaciones telefónicas, impidiendo de esta manera cualquier reacción de las fuerzas de seguridad y perdiendo así un tiempo precioso tras la perpetracion del secuestro de Moro. 

El 18 de abril alguien emite un falso comunicado en el que se anunciaba que Aldo Moro había sido ejecutado mediante el procedimiento del suicidio y que su cuerpo yacía en el fango del lago Duchesse. 

Pero las Brigadas Rojas reaccionaron de inmediato, enviando a la prensa un contracomunicado en el que negaban la autoría del mensaje anterior, adjuntando la célebre fotografía en la que el líder de la Democracia Cristiana aparece sosteniendo entre sus manos el diario La Repubblica del día anterior. 

Antes de continuar con el frío relato de los acontecimientos, voy a detenerme aquí para volver la vista atrás y resituarnos en el contexto histórico que precedió al secuestro de Moro. 

Los años 70,significaron  para Italia un tiempo de plomicie y violencia generalizada. Se produjeron atentados de sesgos ideológicos contrarios, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. 

Tras las revueltas estudiantiles y obreras del 68, muchos militantes se desencantaron y dejaron de estar identificados con el PCI, que dados sus constantes desmorones ideológicos y su asunción del eurocumunismo, un revisionismo y una traición a la clase trabajadora, no colmaba  ni mucho menos las aspiraciones del proletariado. Esto provocó el surgimiento y posterior desarrollo de organizaciones como las BR. 

Paralelamente, Aldo Moro y el líder del PCI Enrico Berlinguer, trabajaron para la consecución de un gran pacto entre los dos grandes grupos del parlamento, lo denominaron » Compromiso histórico» y se convertiría en la puerta de entrada de los comunistas en el organigrama del gobierno, algo insólito en la Europa occidental. 

Este hecho encendió todas las alarmas ya que, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se debatía en una guerra fría sin cuartel. El Secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger amenazó con tomar medidas al respecto, cortocircuitando en lo posible el pacto que Moro y Berlinguer pensaban fraguar. 

Cabe destacar, que durante la guerra fría, miles de agentes durmientes financiados e instruidos por la CIA, estaban preparados para intervenir si fuera necesario y en caso de que alguno de los países de la orbita occidental se apartará de los planes y estrategias políticas convenidas desde los centros de poder del capital,a estos grupos paramilitares se les otorgó un nombre en clave,  la» Red Gladio». 

En suma, y si tenemos en cuenta estos prolegómenos de finales de los 60 y década de los 70,podriamos deducir que

Aldo Moro intentó por todos los medios salvar el sistema político y partitocrático surgido de la postguerra,favoreciendo el llamado «compromiso histórico» entre los demócrata cristianos y los comunistas. 

Precisamente esto, es lo que desató la caja de los truenos, de forma que tanto sectores e instituciones nacionales, entre las que se encontrarían las Brigadas Rojas y la logia P2, e internacionales, como lo eran la secretaría de estado de la Casa Blanca con Kissinger al frente y la Red Gladio, eran claramente partidarios de eliminar a Moro al verle como un obstáculo para sus fines políticos. 

En palabras del periodista Sandro Provvisionato, Aldo Moro tenía que morir, y para ello se fraguó una trama oculta formada por las BR, y los diferentes órganos de un paraestado que desde hacía dos décadas venían realizando actos criminales, mafiosos, socavando los cimientos mismos de la sociedad italiana,y no eran otros que la camorra, la logia P2 y la Red Gladio. 

Para concluir, una reflexión nada más. Desde hace dos o tres décadas, la clase obrera, de la que me siento parte, ha venido sufriendo una serie de ataques y constantes golpeos contra su integridad y su dignidad, por eso comprendo muy bien el surgimiento de las Brigadas Rojas, por eso, no me cuesta entender que en su momento se desmarcaran del PCI, de su revisionismo vergonzante, de un sindicalismo que ha aceptado las reglas del juego capitalista, abandonando así a los más débiles. En el mismo sentido,soy capaz de asumir la misma rabia y el inmenso dilema que ante injusticias tan grandes, se nos presenta, el del uso de la violencia. 

Que esto no se entienda como una apología del terrorismo o de las Brigadas Rojas, que aunque infiltrada por la P2 y los servicios secretos, ejecutaron a Aldo Moro en un acto de venganza y justicia proletaria. No hago un llamamiento a formular juicios políticos  ni a condenar a nadie a la muerte. Llamo, por contra, a un debate, a una reflexión filosófica, a una deliberación profunda sobre el dilema de la violencia,porque todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido tentados. 

Cuando uno es víctima de la explotación laboral, de una estructura de mal como la capitalista, cuando es reiteradamente, objeto de maltrato y desprecio, el uso de la violencia en legítima defensa se convierte en el gran dilema de la vida. 

 

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