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A lo largo de la historia, la cultura occidental se ha debatido entre Rousseau y su idea de que el hombre es bueno por naturaleza, y Hobbes, que afirmó categóricamente que el hombre es un lobo para el hombre. Muchos han sido los pensadores y las obras que han reflexionado sobre esta dicotomía y han tratado de darle forma, aunque pocas lo han hecho de forma tan rotunda y deslumbrante como El señor de las moscas de William Golding. Una treintena de niños y adolescentes, en plena etapa de formación psicológica y cultural, llegan como náufragos a una isla desierta, libres de la autoridad y de las responsabilidades del mundo adulto. En este escenario, a priori utópico, tendrán que sobrevivir por su cuenta. La conclusión de Golding está clara: en este contexto los niños no tardan en perder la inocencia y, tras dar rienda suelta a sus instintos más salvajes, acaban convirtiéndose en una manada de lobos que se devoran unos a otros.

Ahora bien, partiendo de que la novela de Golding es ficción, ¿qué posibilidades habría de que esto sucediera en la realidad? Quiero decir, si un grupo de jóvenes llegaran como náufragos a una isla desierta y tuvieran que luchar por sobrevivir, ¿acabarían como en El señor de las moscas o, por el contrario, conseguirían mantener una sociedad justa y equilibrada? ¿Hobbes o Rousseau? Esta misma pregunta se la hizo el pensador Rutger Bregman, que ha escrito libros sobre historia, filosofía, economía y divulgación. Está claro que nadie va a dejar a su suerte a un puñado de adolescentes en una isla desierta para ver cómo se comportan, pero lo cierto es que no es necesario, porque, de hecho, ya ha ocurrido. La ficción que Golding planteara en 1954 se hizo realidad, eso sí, salvando las distancias, doce años después. El propio Bregman descubrió por casualidad ese poco conocido acontecimiento navegando por Internet y después de exhaustivo proceso de investigación dio con el capitán que había encontrado a los niños en la isla desierta. Ni corto ni perezoso, fue a entrevistarse con él para conocer el suceso de primera mano. Toda esta historia la cuenta en su ensayo Humankind: A New History of Human Nature.

El capitán se llamaba Peter Warner y vivía en mitad de la nada, a tres horas de coche Brisbane, en la costa este de Australia. Cuando Bregman se entrevistó con él tenía 90 años. Primero hablaron sobre su vida. Warner le contó que su padre tenía una empresa de radio que le había convertido en uno de los hombres más ricos y poderosos de Australia. Él, en cambio, quiso escapar del negocio familiar para vivir aventuras en la mar y durante los siguientes años los pasó navegando de Hong Kong a Estocolmo o de Shanghai a San Petersburgo. Después de ser nombrado capitán compaginó el trabajo de contable en el negocio familiar con los frecuentes viajes a Tasmania, donde tenía una pequeña flota pesquera. Fue esto lo que le llevó a Tonga, que es donde descubrió a los niños náufragos en 1966. Warner recordaba a la perfección cómo habían decidido tomar un desvío y pasaron cerca de ‘Ata, una minúscula isla deshabitada y olvidada. Al mirar a la lejanía observó restos de un fuego, y a continuación vio a un niño, desnudo y con el pelo por los hombros, y vio a varios niños más detrás, todos gritando a pleno pulmón.

Sí, lo que Warner le contó a Bregman comparte una inquietante similitud con el descorazonador final de El señor de las moscas. Una vez a bordo del barco, los niños pusieron al corriente a Warner de todo lo que les había sucedido. La historia es quizá un poco menos espectacular que la que fabuló Golding, pero cuenta con el añadido de que fue verdad. En lugar de una treintena de niños, fueron seis los jóvenes que llegaron a la isla, y su aventura duró unos quince meses.

El señor de las moscas verdadero comenzó en junio de 1965. Sus protagonistas fueron seis niños, todos alumnos de un estricto internado católico en Nukalofa: Sione, Stephen, Kolo, David, Luke y Mano. El mayor tenía 16 años y el más joven 13. No habían llegado hasta ‘Ata después de sobrevivir a un accidente de avión sino porque eran estudiantes en un internado de Nuku‘alofa, la capital de Tonga, y se habían echado al mar en un bote de pesca robado simplemente porque estaban aburridos y querían escapar a Fiji, o incluso a Nueva Zelanda, en busca de emociones fuertes. Lo único que llevaban en su viaje eran dos sacos de plátanos, unos pocos cocos y un pequeño quemador de gas. A ninguno de ellos se les ocurrió llevar un mapa ni una brújula. Salieron por la noche, a escondidas, y nadie se dio cuenta de que se habían escapado. Pero los muchachos cometieron un grave error: se durmieron. Horas más tarde se despertaron en medio de una tormenta. Todo estaba oscuro y el viento hizo trizas primero las velas y después el timón. Estuvieron ocho días a la deriva, sin comida y sin agua. Se las apañaban para recoger un poco de agua de lluvia con cáscaras de coco ahuecadas y repartían con equidad las raciones, un sorbo por la mañana y otro por la noche.

Al octavo día, por fin, vieron tierra en el horizonte. Habían llegado a ‘Ata, que no era un paraíso tropical de palmeras gigantes y playas interminables, sino solo un enorme montón de rocas inhabitables. A pesar de eso, los chicos consiguieron asentarse en él, construyendo un pequeño huerto, un almacén de agua de lluvia con varios troncos de árboles ahuecados, una zona con fuego permanente y incluso un gimnasio con pesas y una pista de bádminton. Todo lo habían hecho con un viejo cuchillo y muchas ganas. Decidieron trabajar por parejas, repartiendo las tareas de la isla en el huerto, la cocina y hacer guardias. A veces había peleas, pero cuando eso ocurría las solucionaban imponiendo tiempos muertos. Parte del día lo pasaban tocando música. Kolo había fabricado una guitarra improvisada con un listón de madera, media cáscara de coco y seis cables de acero destacados de la barca destrozada. Durante todo el verano apenas llovió y los muchachos se desesperaron por la sed. En algún momento trataron de construir una balsa para huir, pero el oleaje la destrozó.

En un principio sobrevivieron pescando, comiendo cocos y algunas aves pequeñas. Más adelante consiguieron llegar a la cima de la isla y allí descubrieron un antiguo cráter volcánico que había estado habitado un siglo antes. Gracias a eso pudieron añadir a su dieta plátanos y gallinas, que se habían estado reproduciendo de forma salvaje en el último siglo. Lo peor de todo fue que un día Stephen se resbaló desde un acantilado y se rompió una pierna. Sus compañeros fueron a rescatarlo y, más tarde, trataron de curarle la pierna como pudieron con palos y hojas. A partir de ese momento, Stephen quedó exento de trabajar.

Finalmente, el domingo 11 de septiembre de 1966, fueron rescatados. Cuando el capitán Warner usó la radio para comunicar su hallazgo, nadie podía creer que aquellos chicos a los que todos daban por muertos siguieran con vida. Más tarde, el médico local expresó su asombro por el buen estado de salud de los muchachos, incluyendo la pierna curada de Stephen. Cuando los niños llegaron a Nuku‘alofa tuvieron que rendir cuentas por el bote que habían robado. Warner, que tenía contactos en el mundo de la televisión gracias a la empresa de su padre, llamó al director de la cadena Channel 7 de Sydney y le convenció para que rodaran una película sobre lo que les había sucedido a los niños con ellos como protagonistas. Gracias a eso pudieron pagar el dinero que costaba el bote y pasar página.

Cuando los chicos regresaron a Tonga nadie podía creerlo. Casi toda la isla de Haʻafeva, unos 900 habitantes, había salido para recibirlos. Warner fue proclamado héroe nacional e incluso recibió un mensaje del rey Taufa‘ahau Tupou IV invitándolo a una audiencia. Además de agradecerle el rescate la concedió la oportunidad de abrir un negocio y de empezar una nueva vida en Tonga. Así que Warner renunció al negocio familiar, se hizo con un barco nuevo y contrató a los seis muchachos como tripulación, para que pudieran cumplir su sueño de ver mundo. De hecho, todavía en el momento en que se entrevistó con Bregman mantenía una estrecha amistad con uno de ellos, Mano, que vivía a solo unas pocas horas, algo que Bregman aprovechó para ir a visitarlo y conocer su versión.

Aunque El señor de las moscas es un libro mundialmente célebre, su versión real es un suceso muy poco conocido. Y la realidad, a diferencia de la ficción, es una historia de amistad y lealtad, de lo fuerte que puede llegar a ser un individuo cuando se apoya en otros. Una historia de esperanza en el ser humano.

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