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El reciente confinamiento ha supuesto un completo trastoque de nuestros hábitos diarios y, por supuesto, la lectura no ha sido una excepción. De repente nos hemos visto con un montón de tiempo libre extra, eso sí, combinado con altas dosis de estrés. Esto ha hecho que, a pesar de tener tiempo de sobra, muchas personas no hayan sido capaces de leer nada. Otras, en cambio, han conseguido completar sus retos de lectura anuales mucho antes de la llegada del verano. Después de todo, los libros son una forma reconocida de reducir el estrés, así que para muchos este tiempo ha supuesto un redescubrimiento de la alegría de leer.

Lo primero que he dicho es que el confinamiento nos ha dejado un montón de tiempo libre extra, pero lo cierto es que hay quienes durante la cuarentena han gastado enormes cantidades de energía en actividades como videollamadas o tareas domésticas, que dejaban por en medio una interminable y caótica secuencia de intervalos cortos. Para muchos, ha sido un descanso poder desarrollar la habilidad de escapar a mundos de ficción a través de la lectura cada vez que tenían unos minutos libres. Al fin y al cabo, se sabe que solo seis minutos de lectura pueden ayudar a reducir el estrés hasta un 68%. Y si los libros fueron útiles para sobrellevar esa incómoda situación, ¿por qué no incorporarlos de forma definitiva en nuestro día a día?

Porque ahora que el confinamiento ha terminado y que poco a poco vamos volviendo a la normalidad, el verdadero desafío consiste en mantener el ritmo de lectura o, al menos, en incluir este hábito dentro de nuestra nueva rutina diaria. Intervalos cortos y diarios de seis minutos, ampliables a diez minutos o a media hora, son suficientes para comenzar a experimentar los beneficios de la lectura. Cómo conseguirlo no es tan difícil siempre y cuando se tengan en cuenta algunas recomendaciones.

En primer lugar, habría que analizar los hábitos de lectura que hemos tenido durante el confinamiento. ¿En qué momento del día hemos disfrutado más con la lectura? ¿Era por la mañana temprano, antes de que toda la familia se despertara, o por la noche, cuando todos estaban ya en la cama? ¿Qué día de la semana es el ideal para una sesión de lectura interminable? ¿Dónde hemos leído más? ¿En el dormitorio, en la sala de estar, en la terraza o en el jardín? ¿Qué otros detalles han sido importantes en esos momentos, como una taza de té o de café? La idea es encontrar el momento, el lugar y las circunstancias ideales para leer y tratar de incluirlo en la rutina lectora.

La pandemia nos ha obligado a cambiar nuestros hábitos de lectura en muchos sentidos. Sin la posibilidad de visitar bibliotecas ni librerías, de acceder a libros impresos, nos hemos tenido que acostumbrarnos a leer en digital. ¿Por qué no incorporar este tipo de lectura a nuestra nuevo hábito lector? Comprar, tal vez, un Kindle, probar con algún audiolibro, descargar libros digitales gratuitos para leerlos desde la tablet o, por qué no, incluso atreverse a leer un libro en el móvil. Ni hay que pasarse al cien por cien al digital ni eso significa traicionar al papel. Combinar la lectura de libros impresos y digitales hacen que un lector sea más flexible y que pueda estar más preparado para leer en cualquier circunstancia. Usar distintos formatos permite llevar adelante diferentes lecturas: un determinado libro para la noche, antes de dormir; otro para la sobremesa, después de comer; una lectura para el domingo por la tarde; y una aplicación en el móvil para hacer lecturas cortas cuando se dispone de poco tiempo o para disfrutar de un audiolibro, por ejemplo, mientras se da un paseo.

Además, al leer varios libros al mismo tiempo, es más fácil abandonar un título cuando se te ha atragantado o no te gusta, evitando perder un tiempo que podrías estar usando con otras lecturas más valiosas. Por qué empeñarse en terminar aquellos libros que se hacen tan pesados que te impiden mantener el ritmo de lectura o que estás deseando acabar para quitártelos de encima. Si nos gusta leer y hemos disfrutado de la lectura durante el confinamiento, que la vuelta a la normalidad no signifique volver a una rutina en la que los libros no tienen el protagonismo que merecen.

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